Con la perspectiva en el horizonte de la IX Feria Madrid es Ciencia, que se celebrará en el Parque Ferial de Madrid entre el 24 y el 27 de abril de 2008, hemos pensado que una interesante actividad a desarrollar, a partir de ahora mismo, sería la de estimular diversas formas de creación científica en los diferentes contextos educativos desde la Educación Infantil, ¿por qué no?, pasando por la Educación Primaria, hasta la Secundaria.

¿Pero es posible la creación científica infantil, escolar y adolescente? ¿No es la ciencia algo tan serio que se necesitan largos años de dedicación exclusiva para poder aportar, tan sólo, pequeños avances que puedan ser considerados significativos?
Evidentemente los frutos de la ciencia necesitan de una larga consagración profesional, de medios y recursos tan sólo accesibles a periodos y niveles superiores de formación. ¿Cómo no?
Sin embargo hay algunos aspectos de la creación científica que, aún partiendo de principios más elementales, resultan, en mi opinión imprescindibles para una mejor promesa de futuro. Se trata de la capacidad imaginativa de invención que es perfectamente posible estimular, cultivar y habituar en niveles formativos previos a los superiores.
Tal vez la pérdida de ingenuidad, de imaginación o de fantasía puedan resultar a la larga uno de los peores inconvenientes de la madurez madura, - porque también la hay infantil, escolar o adolescente, cada una a su correspondiente nivel -, a la hora de entregarse al desempeño científico.
Sabemos, desde Piaget, que hay una lógica y una inteligencia infantil, y que podemos identificarla y describirla en los períodos escolares y adolescentes del desarrollo.
Los más pequeños nos divierten, a veces, con sus explicaciones sobre los hechos, con los dibujos que ilustran sus aparentemente “locas” teorías. Los escolares sienten un profundo interés sobre la naturaleza del funcionamiento específico de las cosas y los adolescentes son capaces de elaborar interesantes teorías, métodos o iniciativas científicas que, con un poderoso impulso imaginativo apoyado ya en importantes conocimientos sobre los hechos, abren perspectivas insólitas a las que no les faltan, muchas veces, ni sentido ni razón.
Sí queremos impulsar la capacidad inventiva. ¡Que no inventen sólo ellos!
Buscamos inventos escolares, para ser reconocidos y premiados. Pero no nos importa tanto la naturaleza del invento, su mayor o menor necesidad o idoneidad, sino el proceso psicopedagógico que conduce de la idea al acto. De la imagen mental al objeto que la representa. Cuanto mayor sea la adecuación entre la imagen eidética y la imagen fenomenológica tanto mejor. La idea adquiere, entonces, la legitimidad de lo que ha llegado a ser, enriquecida ahora con contenidos que antes no tenía.
Recuerdo cuánto nos divertíamos de pequeños con “los inventos del TBO”, los de aquella revista repleta de viñetas que aliviaba nuestros pesares infantiles. ¿Absurdos? Probablemente, pero también ingeniosos y hasta, en más de una ocasión, pusieron en marcha lo que raramente lograban nuestros maestros de entonces, la imaginación creadora.
Con la ayuda de los profesores y profesoras, de ahora, los niños pueden aprender su lección más importante: que el pensamiento sirve para crear, para construir, para mejorar las cosas. Que la intuición que se enciende como una bombilla mágica ilumina cosas nuevas y nos hace ver caminos que nunca se nos hubiera ocurrido transitar. Para algunos alcanzar “algo acabado, cerrado en sí mismo” puede ser, no sólo una experiencia científica gratificante sino, también, una experiencia emocional cristalizadora que podría, incluso, ser decisiva para orientar la futura vocación intelectual. La educación científica puede realizar este cambio. La ley del desarrollo científico es precisamente alcanzar lo que todavía no tenemos. La ciencia viva, su especificidad, se caracteriza precisamente por ese proceso.
Por otra parte, sin su inevitable aspecto lúdico, o gozoso como diría Jorge Wagensberg (1) la inteligencia nunca habría podido desarrollarse.
De él hemos aprendido que sin el gozo intelectual, que nos proporciona placer físico de la actividad mental y sin el descubrimiento de la belleza que da armonía a la inteligibilidad, no puede haber un buen desarrollo educativo de la actividad de pensar científicamente.
El gozo intelectual existe, cada vez que se intuye, se descubre o se comprende algo. Parafraseando a Descartes podemos transformar su famosa expresión “cogito ergo sum” en “cogito ergo gaudeo”, pero también hay gozo intelectual cuando, el “puer faber”, logra transformar una idea en realidad.
Proporcionar los medios y las iniciativas para alcanzar ese gozo, eso es lo que queremos. Algo que no podríamos conseguir nunca sin contar con vuestra colaboración.
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(1) Wagensberg, J., (2007). “El gozo intelectual”, Metatemas. Libros para pensar la ciencia. Colección dirigida por J. Wagensberg. TusQuets Editores. Barcelona.
Tomás de Andrés Tripero. U. C. M.