Lo he aprendido ya muy mayor, pero es una de las lecciones más importantes de mi vida.
Cuando estudiaba en la universidad solo tenía una palabra en mi mente: vocación, vocación, vocación. Mientras hacía el doctorado la palabra era investigar, investigar, investigar. Y cuando con mi flamante currículum me lancé a buscar trabajo la palabra que empezó a formarse en mi mente fue
mercado, mercado, mercado.
Solo relacionándome con el mercado comprendí que el 90% de lo que había
estudiado no tenía más valor en el mundo real que un tenue barniz de
"cultura". Pero es que además solo relacionándome con el mercado
comprendí, como hoy me ha confirmado
este brillante artículo, que
la economía española premia el cutrerío y la especulación, mientras que castiga el esfuerzo y la productividad.
En nuestra educación deberían incluirse clases sobre "el mercado".
Imagínense la cara del profesor explicando a futuros historiadores o a
otros investigadores como iba a ser su futuro profesional:
ausencia
de puestos de trabajo de calidad tanto en la administración pública
como en las empresas, contratos precarios o inexistentes, funciones
inferiores a la preparación, sueldos inferiores 1000 euros, proyectos
erráticos y mal financiados, pleitesía ante las autoridades del
sistema, sistemas de promoción endogámicos y basados en el trato de
favor. Y todo esto porque el mercado español solo explota el
ladrillo y los productos de consumo, las empresas son o pymes cortitas
o grandes bancos, telecos y
utilities, y las universidades están, literalmente, fuera del mercado.
¿Qué creen que harían tras esa clase los futuros historiadores, los
futuros químicos, los futuros investigadores? Pues harán antes de los
30 lo mismo que hemos hecho muchos después de esa edad: abandonarlo
todo y cambiar a una profesión "de mercado". Al menos tendrán carrera
profesional, contrato estable, y sueldo decente. Que le den a la
investigación, a la innovación, a la productividad. Está bien
sacrificarte por tu profesión, pero llega un punto en que estás harto
de que te tomen el pelo.
El día que los historiadores hablemos del mercado será el día en que nuestra profesión deje de ser un fracaso.