Aunque a los historiadores nos parezca que nuestra profesión es lo más bonito del mundo, y que sin ella no se puede vivir, la realidad es que al mundo de fuera le trae al fresco lo que hacemos.
Nuestra imagen es rancia y aburrida. Los personajes antiguos, los libros viejos, el arte del siglo XVI… todo produce un sonoro bostezo en nuestra sociedad actual, que solo quiere divertirse.
Pero es solo eso: imagen. Y en nuestra mano está cambiar lo que los demás perciben de nosotros mismos y de lo que hacemos. La clave está en
pensar de otra manera: dejar de mirarnos al ombligo, ver nuestros activos culturales desde un punto de vista radicalmente distinto (incluso “descacharrante”), y dar a la masa algo que le parezca irresistible.
Os pongo un caso real.
Ayer vendí a una empresa una visita cultural por Madrid en la que se visita el Puente de Segovia (s. XVI), la Fuente de la Cibeles (s. XVIII), la Puerta del Sol (s. XIX) y el Parque del Retiro. Podía haber soltado un rollo de lo bonito que es el arte neoclásico, o lo antiquísima que es la Puerta del Sol. Pero para la mayoría de la gente Historia + Arte = bodrio. En cambio mi cliente no dudó en comprarme la idea. Y no lo hizo porque las piedras eran antiguas y bonitas, sino porque
le plantee una visita desde un punto de vista
actual, con
inmejorable imagen pública, políticamente correctísimo,
ecologista, y con un toque del
buenrrollismo que tanto esta hoy de moda.
Le vendí una ruta sobre el agua.Voy a tranquilizar a los talibanes de la Historia: en mi visita hay rigor, hay piedras, hay arte (y mucho). No voy a contar chorradicas, me documento en libros, tesis y
hasta en la web de Madri+d. Pero a l
a gente le da igual todo eso, lo que
quiere oír son historias divertidas, y si además les hace sentirse más cultos sin esfuerzo pues mejor que mejor.
Por eso el tema del agua me pareció tan bueno. Más de moda imposible, con el bombardeo mediático del cambio climático (que cada vez me creo menos) y de la Expo de Zaragoza del año que viene. Además, ¿quién no va hoy de ecológico? Pues bien, si enseñamos Madrid no desde nuestro punto vista “historiadorcentrista” (como a mi me gusta la historia y el arte te tiene que gustar a ti) sino desde el punto de vista de lo que la gente quiere escuchar,
tendremos público, un producto, y lo más importante para nuestra profesión,
un sentido e ingresos.No voy a contar
todo el proceso de producción de esta visita, podéis consultarlo en mi otro blog,
El Blog del Google Humano. Pero sí me gustaría que quedase bien claro un mensaje:
reinventémonos. Los historiadores somos muy buenos técnicos, pero también una panda de prepotentes patéticos y soberbios que quiere imponer su punto de vista. Por eso no nos hacen caso, porque
la sociedad no quiere oír hablar ni de historias ni de piedras: quiere divertirse, aprender algo sin esfuerzo, y sentirse integrada. Por lo tanto,
ofrezcámosle contenidos que cumplan esas 3 premisas. Mi visita lo consigue, y precisamente usando los mismos activos culturales que podrían haber generado una ruta del montón.
Con esto del agua me ha salido una metáfora estupenda:
más ideas refrescantes es lo que necesita nuestra profesión para dejar de estar estancada.