Enviado el jueves, 19 de abril de 2007 8:52
En España los titulados universitarios son un producto maravilloso porque cumple sin chistar la regla de las 3 "b": bueno, bonito y barato. El fomento de la cutrería tiene sus consecuencias: un país cuya productividad baja, una masa trabajadora cualificada y desmotivada, y un poder político que no puede ocultar su ineficacia hasta para debatir soluciones. El notiweb de hoy nos regala el artículo de El Mundo "
Los grados de cuatro años fomentarán el mileurismo" cuya lectura, como mínimo, asusta.
Si saco a colación este texto es porque me da la impresión de que no sabemos ni a donde vamos ni lo que queremos. Pero en lo que a mi me atañe, que es el mundo de las humanidades, las cosas no pueden estar más claras.
Los sectores críticos consideran que esta filosofía [educar para más para competencias y menos para contenidos] desvirtúa la
educación superior, la deja a expensas de las demandas del mundo
laboral y reduce la capacidad innovadora de un país. Otros, en cambio,
creen que la adquisición de competencias aumenta el atractivo de los
titulados de cara al mundo laboral. Tanto es así, que las carreras de
Humanidades no han dudado en subirse al carro. «No me gustaría que se pensase que las titulaciones de letras no forman
en competencias», advierte José Fernández, decano de Geografía e
Historia de la Universidad de Sevilla.
Todos los historiadores sufrimos en carnes propias una educación saturada de contenidos y que no forma en competencias. Hasta que no estudié en las universidades anglosajonas no recibí clases específicas para aprender algo tan básico para un investigador como escribir ensayos académicos. A diferencia de otros países, en España ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo para desarrollar un sistema estándar de hacer citas a pie de página. Hablar de aprender a usar recursos electrónicos, o proponer meter en el menú de asignaturas un curso para transferir las habilidades del historiador al mundo de la empresa es poco menos que una quimera. Si mi disciplina, la Historia, no innova, es porque vive subvencionada por el Estado en su torre de marfil de los contenidos. Nadie le exige bajar a la arena de la lucha económica diaria.
La crítica de que formar en habilidades y no en contenidos fomenta el mileurismo no vale porque el mileurismo surgió y crece desde hace décadas con el sistema existente. El problema es mucho más global. De nada nos vale tener una universidad excelente si el mercado o no acepta lo que se le ofrece o no lo absorbe. La palabra clave, por muy denostada que esté hoy en día, es diálogo. Empresa y universidad tienen que dialogar. Porque no se puede consentir, en efecto, que la universidad sea la escuela donde se forma a un nuevo proletariado que por un salario miserable sirva de masa de obreros cualificados para empresarios caraduras. Pero tampoco se puede consentir que la universidad esté tan al margen de la sociedad que, como en el caso de los historiadores, nos pasemos 4 años discutiendo si los fenicios se rascaban la oreja con la mano derecha o con la izquierda, para luego ser escupidos al mercado de trabajo sin que ni siquiera un solo profesor haya dicho explícitamente qué podemos aportar a una empresa.