Si buscan creatividad e innovación éstas florecen en el
entorno empresarial emprendedor, que se comunica por medio de blogs. Algunas
bitácoras (como ésta y ésta) no son sólo jugosas fuentes de información para
gente inquieta como yo, también son el medio para conocer y comunicarse con
personas que creen en lo que tú haces y están dispuestas a colaborar contigo
Uno de ellos es Andrés Pérez Ortega, uno de los
especialistas más importantes de España en “Personal Branding”. Mejor visiten
su web y blog, pero les resumo lo esencial de sus ideas. Los profesionales
somos hoy una commodity, un producto
“genérico” del que da igual coger éste o aquel. En román paladino: “das una
patada al suelo y te salen 100 licenciados”. El “Personal Branding” propone
desarrollar una marca de cada uno de nuestros perfiles y carreras
profesionales. Ganaremos valor al encontrar aquello
bueno que nos diferencia, lo convertimos en una marca para poderlo
comunicar rápida y sencillamente, y subiremos nuestra apreciación profesional y
nuestro precio en el mercado. Convertirnos en marca no es deshumanizarnos.
Antes al contrario: es rescatar al individuo de la despersonalización.
En uno de los últimos posts de Andrés habla de “desprogramarnos”
de todo lo que nos han enseñado, ya que mucho es mentira. Léanlo y reflexionen.
Pero yo voy a hacer otro ejercicio: ¿y si aplicamos las ideas de Andrés a
“desprogramar” toda una disciplina científica: la Historia.
Andrés nos dice: “El propósito de una Marca Personal es
aumentar al máximo las probabilidades de que te elijan. (…) Se trata de
conseguir que piensen en ti como en alguien a tener en cuenta. Por lo tanto,
una de las primeras etapas es descubrir aquello que puedes ofrecer. Encontrar
la respuesta a la pregunta ¿Y qué puedes ofrecerme por lo que merezca la pena
pagarte? Es lo que yo denomino, definir el producto. Si no tienes nada que
pueda ser útil a otros, olvídate de todo lo demás.”
Y aquí surge el problema. ¿qué ofrece hoy la Historia para que la
sociedad de hoy elija pagar por ella? Pues, prácticamente nada. Como dice
Andrés, “un listado enorme de certificados académicos y similares”.
Los que estamos en
este mundo sabemos que las ciencias históricas están hoy plagadas de “certificados”,
que la gente acepta sin cuestionárselos, hasta el punto de convertirse en clichés:
“la Historia es cultura”, “hay que saber Historia”, “el pueblo que desconoce
su historia está condenado a repetirla”, “es una asignatura ‘bonita’”, “¿eres
historiador? Jo, qué culto eres”. Bla, bla, bla. Palabrería,
porque si vas a una entrevista de trabajo y dices que eres Doctor en Historia
no saben ni qué ofreces, ni qué sabes hacer, ni por qué tienen que pagarte más
que a la señora de la limpieza.
Ya está bien de creernos los reyes del mambo porque la
sociedad “nos respete” sin saber muy bien por qué. Si hoy hay
historiadores es, en gran parte, porque el Estado los financia. Algunos son
funcionarios, otros son caciques de un departamento universitario, y a la
mayoría de nosotros nos dieron un título que es papel mojado, nos explotó como
becarios, y “¡a la puta calle!” como dice Gregorio Antúnez en Cámera Café. El mundo de la
Historia tiene que dejar de mirarse el ombligo y plantearse
de una vez por todas qué puede hacer
por el mundo de hoy. Y eso, como dice Andrés, implica “salirse del
sistema”.
En ello ando. Y lo
hago por el camino del emprendizaje, creando una empresa llamada Histania, en
la que me planteo qué puedo ofrecer como historiador a la sociedad en la que
vivo para que ésta quiera pagarme por ello. No la puedo ofrecer mis
diplomas por muchos que sean, ni el hablar dos idiomas, ni el haber sido profesor en
Estados Unidos, ni siquiera haber recibido un premio por haber hecho un gran
plan de empresa. No quiere oír como
me he convertido en un profesional de prestigio, sino qué hay en los activos que yo manejo (la Historia, el Arte, la Literatura, la Filosofía, el
Patrimonio, en suma, la
Cultura) que puedan
convertirse en riqueza. Porque señores, aunque no lo crean, la cultura es un poderoso activo: una novela
histórica puede convertirse en el guión de una película, un libro de escasa
tirada puede ser la base documental de un reportaje, un viejo archivo
administrativo puede ser un centro de información para una empresa, unas
fotografías antiguas puede ser un excelente elemento de diseño gráfico.
Y Andrés, en ese aspecto, nos da salidas: todo el mundo, hasta el conservador y
atrasadísimo mundo de la
Historia, tiene algo
valioso que ofrecer, pero está tan asfixiado por papeles mohosos y clichés
manidos que hay que desenterrarlo para que empiece a brillar. Cuando los
historiadores encontremos nuestras “joyas” nos llevaremos una enorme sorpresa: hay gente dispuesta a pagar por aquello que
merece la pena. Y lo sabrán no porque lo digan cuatro papeles emitidos por
el Estado, ni porque la gente repita, sin saber muy bien por qué, que la Historia es “importante”.
Lo sabrán porque apreciarán un valor tan
elevado en aquello que ofrecemos que muchos pensarán que pagar por nuestros
servicios no es tirar el dinero o proteger una ciencia en extinción sino,
simplemente, invertir.