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miércoles, 14 de marzo de 2007

En el post “Open Access en humanidades” del blog Tecnocidanos su autor, Antonio Lafuente se extrañaba de que el movimiento “open access” tardase tanto en calar en los humanistas. Ponía como ejemplo que el Research Council británico en humanidades no estaba muy por la labor de impulsarlo oficialmente, lo que implicaría dejar abiertos los contenidos generados por investigaciones financiadas con fondos públicos. Y si esto pasa en una nación avanzada, en España la situación es peor porque este debate es inexistente.


Les propongo un experimento: pásense por las principales facultades y centros de investigación en humanidades de España, y pregunten a los investigadores su opinión sobre el “open access” o los documentos científicos de acceso abierto. Seguramente la inmensa mayoría de los que accedan a responder dirán que qué es eso.

El mundo de la investigación en humanidades es arcaico, algo lógico si tenemos en cuenta que sus integrantes pueden ejercer su profesión sin que su empleo peligre por no estar al día ni de las últimas tendencias en gestión de información y siendo unos completos ignorantes en el uso de la tecnología. El resto de nosotros raramente nos podemos permitir ese lujo. 

Con todo hay otras razones, quizá desconocidas por Antonio Lafuente, que en mi opinión explican que el open access se les atragante a los humanistas:

La primera ya la he apuntado: la mayoría de profesores e investigadores son unos completos ignorantes en tecnología. Y no me refiero a hacer un uso avanzado del ordenador, sino a entender como los métodos de generación, transmisión, consulta y depósito del conocimiento están cambiando. Llegamos así a extremos ridículos, como el que me pasó el día de la lectura de mi tesis en 2004, cuando un miembro del tribunal me critió que consultara unos libros del XVIII en su versión original en la Biblioteca Digital Gallica en vez de haberme gastado mi dinero en haberme ido a París a consultarlos personalmente. 

La segunda causa, por hacer el chiste, es que el mundo de las humanidades es “closed access”. Y lo digo no solo porque para poder trabajar en esto haya que moverse entre élites y jerarquías cerradas, es que también la competitividad brutal del sistema no premia la colaboración sino el egoísmo.

Es frecuente no compartir ni divulgar los resultados de una investigación hasta que hayan sido publicados por miedo a que se plagien. Por poner un caso personal, hace unos años llamé a un importante personaje del Instituto del Patrimonio Histórico Español pidiendo ayuda y unos documentos para una investigación. El “caballero” no me conocía de nada, pero asumía que iba a “fusilar” el resultado de sus “años” de investigación, así que se negó a darme nada (al final encontré lo que quería yo solo, y publiqué un artículo con mejores contenidos que los suyos). En contraste con esa desconfianza “porque sí”, cuando trabajé en Estados Unidos no hubo ni una sola persona ni institución que se negara a darme información muy valiosa para mis investigaciones. Incluso hubo gente que, sin conocerme, hasta me invitó a comer para que le contara más cosas.

En resumen: los humanistas no nos fiamos ni del vecino, y si dejamos “open access” nuestros trabajos puede que los republique a su nombre y nos quite nuestra ansiada plaza.

La tercera causa proviene la naturaleza de la producción científica humanística: artículos y libros. Los libros son para vender y hacer pasta, porque ya me dirán ustedes qué otro producto creamos los historiadores. Así que el que quiera “acceso abierto” que lo compre o a la biblioteca. Y en el caso de los artículos más que el público que lo vaya a leer (porque se escriben por y para especialistas) lo importante es el público que te lo va a evaluar, porque pesan mucho a la hora de conseguir un trabajo fijo en esto. 

El tema no es baladí porque no está claro como las nuevas formas de publicación van a ser evaluadas a la hora de dar puestos de trabajo. Hoy en día vale más una publicación en papel que otra de Internet, a pesar de la escasa difusión del primer medio. Pero podemos meternos en terrenos aún más pantanosos gracias al open access. Por ejemplo, puedo liberar un artículo, otro me lo puede modificar, yo lo modifico, entra un tercero, y así, al estilo Wikipedia, tendremos un trabajo mejor fruto de la colaboración de varias personas. Y si resulta que sale una plaza, ¿quién es el autor del resultado definitivo? ¿A quien darle los puntos que pueden suponer el trabajo fijo de lo que te gusta para toda la vida?

En resumen: si liberar mi trabajo puede suponer beneficiar a la competencia, entonces open access pa su abuela. 

Esto es lo que hay, pero con todo el mundo de las humanidades en España debería plantearse este debate. Como apunta Antonio Lafuente, primero porque debería ser obligatorio para cualquier ciencia el ponerse al día con el mundo de hoy, y no estar tan vergonzosamente atrasados como estamos los humanistas. Segundo, porque es una obligación moral el poner en acceso público las investigaciones financiadas con recursos públicos, que en el caso de las humanidades deben ser cercanas al 90-100% (desgraciadamente apenas hay empresas que inviertan en investigación en nuestro sector). Y finalmente, porque en nuestro mundo de competitividad enfermiza el open access debería hacernos cambiar el chip a los humanistas y animarnos, de una vez, a colaborar entre nosotros y con la sociedad, en vez de a aislarnos y machacarnos.

7:54 | gestionado por Miguel Ángel López Trujillo | Enviar comentario (4)