Estamos en la sociedad de la información. Datos correctos,
bien organizados, y cómodamente accesibles pueden ser clave para tomar una
decisión importante. Y viceversa: datos incorrectos o superfluos, confusos,
imposibles de acceder pueden producir graves errores o pérdidas de tiempo
reinventando la rueda. ¿Dónde están los datos? En formato electrónico
(Internet, archivos informáticos), papel (publicaciones, manuscritos), en la
mente de las personas, en la materia física (objetos, seres vivos). ¿Un
profesional que sepa seleccionarlos, organizarlos, interpretarlos y
comunicarlos? El historiador.
La información es nuestro principal activo. Y los
historiadores somos muy buenos gestionando información. Nuestra contribución a
la sociedad, nuestras salidas laborales deben ir en gran parte por ahí.
Cada vez estoy más convencido de que el término
“historiador” se nos queda corto; “gestor de información del pasado” puede que
sea más preciso, y a lo mejor tenemos que reservar la palabra “historiador” a aquella
persona que selecciona, interpreta y comunica el pasado con una función
meramente educativa. Ambos profesionales, sin duda, utilizan las mismas
capacidades y habilidades, pero mientras que la perspectiva del segundo sólo tiene
aplicación en el mundo académico, la perspectiva del primero tiene una mayor
aplicación en el mercado y la sociedad.
Veamos dos ejemplos:
El primero me lo sugiere un inteligente comentario de Luis
Montiel a mis 10 razones para no ser historiador (cuyo tono, en efecto, es irónico). Luis viene a decir que la
grandeza y la miseria de la
Historia está en ser el Pepito Grillo de la sociedad: es la
disciplina que analiza nuestro mundo y que da toques de atención sobre los
aciertos y fallos. Por eso interesa tanto callarla.
Pues bien, una aplicación de nuestros conocimientos, y una
salida profesional, es la de ser asesores de gente que toma decisiones
(políticos, altos directivos): ser consultores estratégicos.
La segunda me la sugiere la noticia del notiweb de hoy, en
la que el historiador científico Robert P. Crease nos advierte de la cantidad
de información que se va a perder por no conservarse la correspondencia postal,
y porque no estamos cuidándonos de archivar y hacer accesible la información en
formatos digitales.
Este tema no es baladí. He estado en archivos con un tesoro
informativo en tarjetas perforadas cuya lectura hoy es imposible porque ya no
existe la máquina que las leía. Muchos de nosotros seguro que hemos perdido los
correos electrónicos que enviamos hace 5 años, y si necesitamos la información
que contenían ya no podremos acceder a ella (no es mi caso, yo me he molestado de hacer
copias). He incluso estos mismos blogs puede que no estén accesibles en 2015, evaporándose años de trabajo en el ciberespacio.
Pues bien, otra aplicación de nuestros conocimientos, y otra
salida profesional es la de gestores de información: cuidar la selección,
conservación, accesibilidad y organización de la información que producimos y produjimos. La alternativa es perder datos, como sucedió con las fichas perforadas
y como puede que le pase a nuestros archivos informáticos de hoy en día. En vez de crear cosas nuevas perderemos energías reinventando la rueda.
Estos son sólo dos puntos de partida; hay más aplicaciones
prácticas. La información organizada y disponible en centros de acceso luego
puede ser seleccionada y personalizada en función de las necesidades de
diversos clientes, que es lo que hace mi empresa Histania Consultores
Culturales a, por ejemplo, productoras de documentales.
Si queremos hacernos valer en el mundo tenemos que dejarnos
de tópicos manidos, como que la
Historia es “bonita” porque nos cuenta curiosidades y nos
enriquece intelectualmente. La
Historia es gestión de la información, profesionales de la
información, y estas habilidades sí que aportan valor y reportan dinero en la
sociedad y empresas de hoy.