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jueves, 11 de enero de 2007

O cuarta razón para no ser historiador (ni estudiar historia): Porque hay una competitividad enfermiza por las cuotas de poder y los escasos trabajos que ofrece el sistema.

Razón derivada de las razones 2 y 3. Si el mercado de trabajo privado es, a priori, reducidísimo (con excepción del educativo), y si el mercado de trabajo de la investigación es pequeño y controlado por una aristocracia que no rinde cuentas ni políticas ni económicas, el resultado es que los empleos en la investigación surgen con cuentagotas.

Ahí entran dos factores. Por un lado el factor tiempo, ya que si entre oferta laboral y oferta laboral pasan años nos encontramos con un atasco de candidatos. Y ese es el segundo factor, porque, ¿cómo distinguir al “mejor” candidato, al “namber güán” del “namber chu”? Verbigracia: si sale un puesto de investigador o de profesor en un departamento en el que no salía nada desde hacía 2 años podemos tener, internamente, una lista de candidatos que van desde el hijo del catedrático, al profesor asociado que cobra una miseria, al investigador que trabaja en otro sitio pero que colabora, al doctorando brillante, al becario recién incorporado… y seguramente todos con un currículum bastante respetable o hasta brillante. Añádase que la oferta de trabajo tenga publicidad y vengan candidatos de otras regiones, y hasta extranjeros, como pasa en Estados Unidos. 

Una para todos, y todos para una. Y todos ansiosos, después de hacer méritos y esperar durante años.

A la hora de elegir al candidato primarán, por supuesto, los criterios de pertenencia a una élite, los de vasallaje al poderoso que controla el centro que convoca la plaza, y favores y deudas pasados. Pero eso queda al nivel de los que toman las decisiones. ¿Qué sucede al nivel de las hormiguitas, es decir, del suyo y del mío? Pues una competitividad enfermiza. 

Muchísimas personas que hayan estado varios años en un departamento universitario habrán pasado la misma experiencia que yo. No se sabe por qué razón pero de repente te haces enemigos. Antiguos compañeros de estudios de repente te niegan la palabra, o te tratan con lejanía, con cuidado, cuando tú no has cambiado de manera de ser. Lógico: eres su competencia. Y al enemigo, ni agua.

Si un día hiciésemos un blog de surrealismo en la investigación (o una novela, porque hay material), el tema del cambio de personalidad daría para mucho. Yo llegué a tener una compañera (muy mediocre, además) que fue empezar el doctorado (sin beca) y, de repente, cambiar de vestuario para vestirse de “historiadora”. Había que distinguirse de la masa, porque si quería ser élite, como la mujer del César, había que parecerlo. Esto puede parecer gracioso, pero ¡oh sorpresa!, pasados los años esta personaje fue fiel vasalla de un jerifalte departamental que medio amañó una oposición en la que él era tribunal para darle el puestecito de funcionaria que deseaba. Hoy da clases de “cultura escrita”, y se casó con otro compañero de su departamento que también de repente dejó de dirigirme la palabra, y al que el mismo jerifalte medio enchufó de funcionario en la misma oposición. Endogamia de libro. 

Tengo más batallitas. Cuando era becario de investigación el ambiente de trabajo cuando nos juntábamos 3 ó 4 en el seminario era tenso: cada uno a lo suyo, midiendo las palabras al máximo, desde el becario predoc, al postdoc, al profesor asociado, al contratado a tiempo parcial. Como los boxeadores que miden la distancia y el terreno. Cada uno a lo suyo, guardándose sus ases en la manga, defendiendo su territorio, no sea que diera pistas a la competencia. El summun era la comida de navidad del departamento, cuya asistencia era obligatoria porque si no se “enfadaba” el gran catedrático. Allí todos que si paz y amor, y en el fondo todos tensos porque no nos tragábamos entre nosotros, había que seguir guardando bien las cartas, y encima estaba el gran jefe supremo presidiendo y de él podía depender tu futura colocación.

En ese ambiente “Radio Macuto” es la principal fuente de información. Vienen rumores no se sabe de donde, y cuando llega a tus oídos lo que se dice de ti te quedas anonadado. Generalmente se te difama, se te acusa de tonterías, y todo para que tu nombre quede manchado y no entres en una posible lista de candidatos para una eventual plaza. Vale todo con tal de eliminarte de la competencia. De mi dijeron, por ejemplo, que era muy malo porque no fui, con el resto de la pandilla del departamento, al entierro del padre de un compañero becario con el que apenas tenía relación. Pero claro, o estás en el rebaño o eres la oveja negra. 

De locos.

Resultado: grupos enfrentados e individualismo. En un entorno en el que se supone que se juntan muchos cerebros brillantes en vez de colaborar competimos hasta la muerte. Y, juntos, en el camino, nos destruimos. 

Y así le va a nuestra disciplina. Mientras en las ciencias priman los equipos de trabajo en las humanidades, y no digamos la historia, prima el trabajo individual. Los proyectos colectivos, por esa falta de confianza, son inexistentes en España: no hay grupos de trabajo de historiadores, ni asociacionismo, ni empresas, ni grupos de presión, ni colegios profesionales que nos organicen. Los congresos son largas colas de ponentes que dicen uno a uno “lo que he hecho yo”. Son frecuentes los comentarios mi investigación, mis fuentes … mi plaza. Ni para luchar por nuestros derechos nos juntamos (una honrosa excepción son los "precarios", en el que apenas hay historiadores). En resumen, no hacemos nada memorable, solo colaboramos para la mediocridad.

Nuestra patético sentido de la competencia se hace todavía más miserable cuando comparamos la situación de las ciencias históricas con lo más dinámico e innovador de la ciencia y de la técnica que hay en la actualidad: la Red.
 

Esta era emergente se caracteriza por la innovación colaborativa de mucha gente que trabaja en comunidades privilegiadas, al igual que la innovación en la era industrial se caracterizaba por el genio individual

Irving Wladawsky-Berger, Vicepresidente de estrategia tecnológica e innovación de IBM. Citado en Th. Friedman, The World is Flat. A Brief History of the 21st Century, 2005, p. 93.

 

“¿Qué es una persona creatiligente? En primer lugar, las personas creativas e inteligentes deberán querer serlo, es decir, tener ganas y voluntad de apasionarse por las cosas interesantes que les rodean y colaborar en sus procesos de cambio e innovación. (…) También necesitarán una buena dosis de autoconocimiento que posibilite superar sus puntos más débiles y que permita robustecer redes de contacto emocional y social a su alrededor. (…) Tendrán que ser conscientes, más que nunca, de la importancia de la interdisciplinariedad. Ser ingeniero, economista o psicólogo está muy bien, pero los auténticos cracks se moverán en un terreno pantanoso: tecnología, humanidades, ciencia, arte, tendencias, viajes, hábitos, lecturas, Internet (…) La creatiligencia será propia de personas que sepan escuchar a los demás: stakeholders, clientes, proveedores, amigos, enemigos… Además, será extraordinariamente importante que sepan establecer redes de cooperación, más allá de la aburrida y muchas veces inútil competitividad exacerbada que ha caracterizado el pasado siglo.”

Franc Poti, profesor de EADA (Escuela internacional de Alta Dirección y Administración de empresas de Barcelona). Cita de “¿Creatiligencia? Explorando las complejas relaciones entre creatividad e inteligencia”, If. Revista de innovación 48 (diciembre 2006) , pp.30-33 (cita p. 33).

 

El futuro será de coordinación de individuos creativos.”

Alfons Cornellá, “La aceleración como estado mental colectivo”, If. Revista de innovación 49 (enero 2007) , pp.17-23 (cita p. 23).

 

Mientras la Red, Internet, bulle de brillantes proyectos colaborativos (Wikipedia, Linux, software libre, Del.ici.ous) donde la gente, unida, crea riqueza y difunde cultura, libertad y democracia, nosotros, como bien dice Franc Ponti, seguimos viviendo en el siglo pasado.

10:13 | gestionado por Miguel Ángel López Trujillo | Enviar comentario (0)