O
cuarta razón para no ser historiador (ni estudiar
historia): Porque hay una competitividad enfermiza por las cuotas de poder y
los escasos trabajos que ofrece el sistema.Razón derivada de las razones 2 y 3. Si el mercado de
trabajo privado es, a priori, reducidísimo (con excepción del educativo), y si
el mercado de trabajo de la investigación es pequeño y controlado por una
aristocracia que no rinde cuentas ni políticas ni económicas, el resultado es
que los empleos en la investigación surgen con cuentagotas.
Ahí entran dos factores. Por un lado el factor tiempo, ya
que si entre oferta laboral y oferta laboral pasan años nos encontramos con un
atasco de candidatos. Y ese es el segundo factor, porque, ¿cómo distinguir al
“mejor” candidato, al “namber güán” del “namber chu”? Verbigracia: si sale un
puesto de investigador o de profesor en un departamento en el que no salía nada
desde hacía 2 años podemos tener, internamente, una lista de candidatos que van
desde el hijo del catedrático, al profesor asociado que cobra una miseria, al
investigador que trabaja en otro sitio pero que colabora, al doctorando
brillante, al becario recién incorporado… y seguramente todos con un currículum
bastante respetable o hasta brillante. Añádase que la oferta de trabajo tenga
publicidad y vengan candidatos de otras regiones, y hasta extranjeros, como
pasa en Estados Unidos.
Una para todos, y todos para una. Y todos ansiosos, después
de hacer méritos y esperar durante años.
A la hora de elegir al candidato primarán, por supuesto, los
criterios de pertenencia a una élite, los de vasallaje al poderoso que controla
el centro que convoca la plaza, y favores y deudas pasados. Pero eso queda al
nivel de los que toman las decisiones. ¿Qué sucede al nivel de las hormiguitas,
es decir, del suyo y del mío? Pues una competitividad enfermiza.
Muchísimas personas que hayan estado varios años en un
departamento universitario habrán pasado la misma experiencia que yo. No se
sabe por qué razón pero de repente te haces enemigos. Antiguos compañeros de
estudios de repente te niegan la palabra, o te tratan con lejanía, con cuidado,
cuando tú no has cambiado de manera de ser. Lógico: eres su competencia. Y al
enemigo, ni agua.
Si un día hiciésemos un blog de surrealismo en la
investigación (o una novela, porque hay material), el tema del cambio de
personalidad daría para mucho. Yo llegué a tener una compañera (muy mediocre,
además) que fue empezar el doctorado (sin beca) y, de repente, cambiar de
vestuario para vestirse de “historiadora”. Había que distinguirse de la masa,
porque si quería ser élite, como la mujer del César, había que parecerlo. Esto
puede parecer gracioso, pero ¡oh sorpresa!, pasados los años esta personaje fue
fiel vasalla de un jerifalte departamental que medio amañó una oposición en la
que él era tribunal para darle el puestecito de funcionaria que deseaba. Hoy da
clases de “cultura escrita”, y se casó con otro compañero de su departamento
que también de repente dejó de dirigirme la palabra, y al que el mismo
jerifalte medio enchufó de funcionario en la misma oposición. Endogamia de
libro.
Tengo más batallitas. Cuando era becario de investigación el
ambiente de trabajo cuando nos juntábamos 3 ó 4 en el seminario era tenso: cada
uno a lo suyo, midiendo las palabras al máximo, desde el becario predoc, al
postdoc, al profesor asociado, al contratado a tiempo parcial. Como los
boxeadores que miden la distancia y el terreno. Cada uno a lo suyo, guardándose
sus ases en la manga, defendiendo su territorio, no sea que diera pistas a la
competencia. El summun era la comida de navidad del departamento, cuya
asistencia era obligatoria porque si no se “enfadaba” el gran catedrático. Allí
todos que si paz y amor, y en el fondo todos tensos porque no nos tragábamos
entre nosotros, había que seguir guardando bien las cartas, y encima estaba el
gran jefe supremo presidiendo y de él podía depender tu futura colocación.
En ese ambiente “Radio Macuto” es la principal fuente de
información. Vienen rumores no se sabe de donde, y cuando llega a tus oídos lo
que se dice de ti te quedas anonadado. Generalmente se te difama, se te acusa de
tonterías, y todo para que tu nombre quede manchado y no entres en una posible
lista de candidatos para una eventual plaza. Vale todo con tal de eliminarte de
la competencia. De mi dijeron, por ejemplo, que era muy malo porque no fui, con
el resto de la pandilla del departamento, al entierro del padre de un compañero
becario con el que apenas tenía relación. Pero claro, o estás en el rebaño o
eres la oveja negra.
De locos.
Resultado: grupos enfrentados e individualismo. En un
entorno en el que se supone que se juntan muchos cerebros brillantes en vez de
colaborar competimos hasta la muerte. Y, juntos, en el camino, nos destruimos.
Y así le va a nuestra disciplina. Mientras en las ciencias
priman los equipos de trabajo en las humanidades, y no digamos la historia,
prima el trabajo individual. Los proyectos colectivos, por esa falta de
confianza, son inexistentes en España: no hay grupos de trabajo de
historiadores, ni asociacionismo, ni empresas, ni grupos de presión, ni
colegios profesionales que nos organicen. Los congresos son largas colas de
ponentes que dicen uno a uno “lo que he hecho yo”. Son frecuentes los
comentarios mi investigación, mis fuentes … mi plaza. Ni para luchar por nuestros derechos nos juntamos (una honrosa excepción son los "precarios", en el que apenas hay historiadores). En
resumen, no hacemos nada memorable, solo colaboramos para la mediocridad.
Nuestra patético sentido de la competencia se hace todavía
más miserable cuando comparamos la situación de las ciencias históricas con lo
más dinámico e innovador de la ciencia y de la técnica que hay en la actualidad:
la Red.
“Esta era emergente
se caracteriza por la innovación colaborativa
de mucha gente que trabaja en comunidades privilegiadas, al igual que la
innovación en la era industrial se caracterizaba por el genio individual”
Irving Wladawsky-Berger, Vicepresidente de estrategia
tecnológica e innovación de IBM. Citado en
Th. Friedman, The World is Flat. A
Brief History of the 21st Century, 2005, p. 93.
“¿Qué es una persona creatiligente? En primer lugar, las
personas creativas e inteligentes deberán querer serlo, es decir, tener ganas y
voluntad de apasionarse por las cosas interesantes que les rodean y colaborar en sus procesos de cambio e
innovación. (…) También necesitarán una buena dosis de autoconocimiento que
posibilite superar sus puntos más débiles y que permita robustecer redes de contacto emocional y social a
su alrededor. (…) Tendrán que ser conscientes, más que nunca, de la importancia
de la interdisciplinariedad. Ser ingeniero, economista o psicólogo está muy
bien, pero los auténticos cracks se
moverán en un terreno pantanoso: tecnología, humanidades, ciencia, arte,
tendencias, viajes, hábitos, lecturas, Internet (…) La creatiligencia será
propia de personas que sepan escuchar a
los demás: stakeholders, clientes, proveedores, amigos, enemigos… Además,
será extraordinariamente importante que sepan establecer redes de cooperación,
más allá de la aburrida y muchas veces inútil competitividad exacerbada que ha
caracterizado el pasado siglo.”
Franc Poti, profesor de EADA (Escuela
internacional de Alta Dirección y Administración de empresas de Barcelona). Cita de “¿Creatiligencia? Explorando las complejas relaciones entre
creatividad e inteligencia”, If.
Revista de innovación 48 (diciembre 2006)
, pp.30-33 (cita p. 33).
“El futuro será de
coordinación de individuos creativos.”
Alfons Cornellá, “La aceleración como estado mental
colectivo”, If.
Revista de innovación 49 (enero 2007)
, pp.17-23 (cita p. 23).
Mientras la Red, Internet, bulle de brillantes proyectos
colaborativos (Wikipedia, Linux, software libre, Del.ici.ous) donde la gente, unida, crea
riqueza y difunde cultura, libertad y democracia, nosotros, como bien dice
Franc Ponti, seguimos viviendo en el siglo pasado.