Hola. Soy Miguel Ángel. Soy historiador, tengo una empresa y
el lunes hice una venta.
Sí, es posible. Es posible ser de letras y trabajar en una
empresa (o crear la tuya propia) que se dedique a ello, a "lo tuyo".
¿Y sabe por qué? Porque somos unos buenos profesionales, porque tenemos unas
habilidades y conocimientos que no crean que tiene tanta gente, porque tenemos
mercado, y porque podemos crear espléndidos productos que satisfacen las
necesidades de nuestros clientes.
En 2003, cuando empezaba a concebir el proyecto de Histania,
participé en la espléndida Biblioteca Virtual Cervantes en una tertulia virtual sobre las posibilidades de la gestión del
conocimiento histórico como una nueva fuente de negocios y empleo.
Personalmente me pareció una experiencia fallida porque un chat no es un medio ágil
para discutir de cosas serias, pero además porque el número de escépticos
superaba al de convencidos.
Y hubo sobre todo una actitud y una frase que me impactó:
Fernando V. Espinosa:
Ya estamos con la palabra negocios... ¡Brrrr!
Este señor poco más o menos venía a sostener que la Cultura
y la Historia son conocimientos tan sublimes que solamente una élite muy
seleccionada de especialistas, que trabajasen en la función pública, debían ser
autorizados a manejar tanta "sabiduría". Convertir esa fuente de
conocimiento en una fuente de dinero era poco menos que prostituir la ciencia.
No conozco personalmente a D. Fernando V. Espinosa, pero su actitud me hace
sospechar que se trata de una persona con la vida solucionada y que puede
dedicarse al disfrute de su profesión, porque si no no entiendo a que viene
censurar que algunos de nosotros pensemos en la historia también (y esa es la palabra clave) como un negocio.
Es más, creo sinceramente que debemos convertirla en un
negocio. Nuestra disciplina lo necesita para liberarla en parte del control de
las egoístas aristocracias académicas, para ofrecer una carrera profesional
digna a sus profesionales, para ayudarla a innovar, y porque le hacemos un
favor a nuestros clientes.
Sí. Vender historia es mejorar nuestra sociedad. Y el
ejemplo más claro que puedo dar es mi venta del lunes.
Mi cliente, con el que mantengo una relación que va ya para
casi 2 años, desarrolla productos culturales, pero no tiene ni los
conocimientos ni la capacidad para documentarlos con la calidad científica con
la que lo podemos hacer nosotros. El pasado lunes mantuve una reunión con el
director general y su asistente técnico en la que me reconocían que en el
último DVD que Histania les ha documentado tenían serias dificultades para
encontrar contenidos de interés que a su vez satisficieran a su propio cliente.
Lo que para ellos eran dolores de cabeza para nosotros era nuestra
especialidad, y así en pocos días tuvieron a su disposición un informe con 32
propuestas de contenidos históricos y culturales originales y de calidad para su DVD. Y lo más
importante: un problema solucionado.
Esa es mi gran satisfacción: le he resuelto un problema a un
grupo de profesionales. Donde no llegaban ellos Histania ha llegado. Y a cambio
nos han dado su dinero – y también su sincero reconocimiento. Ver la cara de
alivio de un empresario cuando le han arreglado la papeleta con un producto de
calidad no tiene precio.
Y sí. Esto es negocio. Y he ganado dinero con ello. Y voy a
ganar más.
Y mi pregunta es, ¿qué hay de falta de ética en todo esto?
¿qué hay de falta de ética en vender? Máxime cuando es un producto de calidad,
que divulga nuestra cultura, nuestra historia, que genera riqueza y que
soluciona la vida económica y profesional de una serie de personas.
A mi todo este tufillo de que la Historia no tiene que
prostituirse con los negocios me parece una excusa barata de los jefes del
chiringuito académico para seguir impidiendo el acceso de aire nuevo a su coto
particular. Pero me parece igualmente la expresión del profundo miedo de otros
compañeros historiadores, que rechazan visceralmente el reciclarse en
vendedores por una concepción absurda, reduccionista y elitista de la
“Cultura”, pero también porque en el fondo están aterrorizados de tener que
abandonar los algodones del confortable mundo académico (mis becas, mis
contactos, mis investigaciones, mis enchufes, mis alumnos que saben menos que yo y a
los que puedo controlar) para lanzarse a la jungla del mundo real donde para
ganarse los dineros hace falta mucho más talento.