Ayer recibí un interesante comentario,
firmado por un lector del blog llamado Guillermo, que proponía soluciones
radicales a los problemas de la carrera académica de historiador. Su análisis
era claro y diáfano. Sirve también de toque de reflexión para los dirigentes de
nuestra “cosa nostra” y para los jóvenes con vocación de historiadores que me
han criticado (con grandes dosis de candidez) aquí,
aquí
y aquí
por mis opiniones.
Yo no me voy a quedar atrás: aquí van mis propias propuestas
radicales.
- Para entrar en la carrera debe ser precisa
una nota muy alta en las pruebas de acceso (selectividad u otras)
- Limitar la oferta de plazas
universitarias públicas para las carreras de humanidades.
- Convertirla en una carrera técnica y
durísima.
- Exigir un profesorado con un nivel
equivalente a la dureza de la carrera, ser evaluado de manera continua, y
el que no llegue al nivel, a la calle.
- Para entrar en la carrera debe ser
precisa una nota muy alta en las pruebas de acceso (selectividad u otras)
Los humanidades quedan generalmente como oferta “basura” de
enseñanzas universitarias para los estudiantes que no han conseguido alcanzar
la nota necesaria para la carrera que realmente les interesa. El resultado es
que se llenan de jóvenes que estudian historia “por estudiar algo”.
El mercado de trabajo español, y la acción de los políticos,
favorecen además con estas medidas que los jóvenes sigan encerrados en la torre
de marfil de los estudios hasta al menos los 23 años (si eres becario
postdoctoral hasta casi los 40), evitando así que se den de bruces con la
precariedad y explotación laboral, la obsolescencia de su formación, la
necesidad de invertir mucho dinero en su educación vía másters, la
imposibilidad de encontrar una vivienda digna, y, en definitiva, para retrasar
que se quiten la venda de los ojos y que se conviertan en ciudadanos
“incómodos” para el poder.
Una nota alta de corte para entrar en la carrera de historia
significaría que mucha gente poco interesada no contemplaría la posibilidad de
emprender esos estudios, y sería una motivación (cruel, pero motivación al fin
y al cabo) para que los estudiantes que sí pudiesen aspirar a esos puestos
tuviesen una alta formación y motivación.
Ya sé que vivimos en épocas de “buenismo”, y que la LOGSE ha
favorecido que los estudiantes no vivan traumas, pero el mundo profesional hoy
es una jungla y puñaladas recibimos todos. Cuanto antes empiece la criba, y los
que queden fuera empiecen a contemplar alternativas para su vida, mejor.
- Limitar la oferta de plazas
universitarias públicas para las carreras de humanidades.
Complementaria con la anterior. No tiene sentido mantener
abiertas las fábricas de parados. Si el mercado demanda 10 historiadores al año
la oferta de plazas de estudio debe solamente un poco superior, o sea 15.
Y si alguien quiere estudiar historia por su enriquecimiento
personal, lo que es muy legítimo, que se habiliten universidades populares o
universidades de mayores para que les den conferencias y contenidos.
- Convertirla en una carrera técnica y durísima.
Hay que desterrar el estereotipo de que la historia es una
carrera “bonita” porque lo que se estudia en ella son contenidos amables (el faraón tal, el rey cual) ya
masticaditos, cuyo aprendizaje es coser y cantar comparado con lo difíciles que
son las ingenierías. Para conseguirlo hay que convertir la carrera de historia
en una carrera técnica, en la que la maestría de determinadas habilidades pese
más que la asimilación de contenidos académicos.
Las habilidades técnias básicas que se deberían impartir son aprender a investigar
(excavaciones arqueológicas, paleografía, epigrafía, archivística,
documentación, lectura rápida, diseño de proyectos), analizar (lógica,
filosofía, teoría de la historia) y comunicar (escritura de ensayos,
comunicación oral y escrita, pedagogía, relaciones públicas). Otro tipo de
contenidos accesorios deberían ser nuevas tecnologías (informática, internet,
hardware específico), idiomas (vivos –inglés, francés- y muertos –latín, griego-),
habilidades empresariales u organizativas (estrategia, trabajo en equipo, márketing
para las humanidades, búsquedas de financiación, prospección de mercados). A
esto cabría añadir un año de estancia obligatoria en el extranjero, y contrato
en prácticas con una empresa (no valen las instituciones públicas)
obligatorio y por ley, para que el estudiantes se de de bruces con el mundo
real (y cobre su primer sueldo digno, y tenga un contrato y una experiencia
laboral cuando salga de la universidad) y para que las empresas comiencen a
darse cuenta de que los historiadores bien formados sí son rentables.
Que esto es muy duro y difícil, pues sí, pero también
prepararía mucho mejor a nuestros futuros historiadores tanto como
investigadores, como emprendedores, y como magníficos profesionales para
trabajar en numerosas empresas.
También habría que estudiar contenidos, por supuesto, pero
las habilidades profesionales tienen más valor para el mercado de trabajo y
para crear nuevos contenidos. Así que hay que favorecerlas. Ser un profesional
de lo que sucedió en Castilla en 1212 sólo es valorado en los estrechísimos
límites de los departamentos de medieval. He aquí las bases de la endogamia
universitaria, de nuestra precariedad laboral, de la inexistencia de un I+D+i
de la historia, y, en definitiva, de la profunda crisis de nuestra profesión.
4. Exigir un
profesorado con un nivel equivalente a la dureza de la carrera, ser evaluado de
manera continua, y el que no llegue al nivel, a la calle.
O en otras palabras: eliminación o reducción radical de
funcionarios y mediocres.
Lo primero, exigir que el profesorado tenga buena parte de
las habilidades que antes he comentado: de investigación, análisis,
comunicación (eso incluye las publicaciones), nuevas tecnologías, idiomas,
estancias en el extranjero, y gestión empresarial. Los que no lleguen a ese
nivel (hoy serían la mayoría) o se reciclan o a la calle.
Como mínimo habría que exigir que el 50% del profesorado
tenga experiencia laboral demostrable con varios años en el sector privado.
Quien ha mamado el duro día a día de la actividad empresarial se podrá poner en
la piel de los estudiantes a los que educa. Y tendrá una actividad profesional
alternativa y menos tiempo y razones para encastillarse en un departamento.
También habrá que exigirles a los profesores productividad,
medida según al menos dos de estos parámetros:
-
Su propia actividad docente e investigadora
-
Incorporación de los estudiantes que eduquen a diversos
sectores profesionales del mundo laboral
-
Creación de empresas, asociaciones, patentes, derechos
de autor, o proyectos emprendedores e innovadores relacionados con la historia
-
Inversiones realizadas y retorno de las inversiones (en
dinero, sueldos, puestos de trabajo creados, beneficios accionariales o beneficios sociales)
Quien no investigue, no cree empresas ni puestos de trabajo, no desarrolle la innovación
en las humanidades, no produzca dinero o no haga una labor social mensurable, a
la calle.
Otras propuestas
radicales sugeridas en este blog:
http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/09/21/42437.aspx#54861
http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/05/31/27200.aspx#27359
http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/10/27/48137.aspx#48177