LoginRSS 2.0 Feed

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Ayer recibí un interesante comentario, firmado por un lector del blog llamado Guillermo, que proponía soluciones radicales a los problemas de la carrera académica de historiador. Su análisis era claro y diáfano. Sirve también de toque de reflexión para los dirigentes de nuestra “cosa nostra” y para los jóvenes con vocación de historiadores que me han criticado (con grandes dosis de candidez) aquí, aquí y aquí por mis opiniones.

Yo no me voy a quedar atrás: aquí van mis propias propuestas radicales.

  1. Para entrar en la carrera debe ser precisa una nota muy alta en las pruebas de acceso (selectividad u otras)
  2. Limitar la oferta de plazas universitarias públicas para las carreras de humanidades.
  3. Convertirla en una carrera técnica y durísima.
  4. Exigir un profesorado con un nivel equivalente a la dureza de la carrera, ser evaluado de manera continua, y el que no llegue al nivel, a la calle.

 
  1. Para entrar en la carrera debe ser precisa una nota muy alta en las pruebas de acceso (selectividad u otras)

Los humanidades quedan generalmente como oferta “basura” de enseñanzas universitarias para los estudiantes que no han conseguido alcanzar la nota necesaria para la carrera que realmente les interesa. El resultado es que se llenan de jóvenes que estudian historia “por estudiar algo”.

El mercado de trabajo español, y la acción de los políticos, favorecen además con estas medidas que los jóvenes sigan encerrados en la torre de marfil de los estudios hasta al menos los 23 años (si eres becario postdoctoral hasta casi los 40), evitando así que se den de bruces con la precariedad y explotación laboral, la obsolescencia de su formación, la necesidad de invertir mucho dinero en su educación vía másters, la imposibilidad de encontrar una vivienda digna, y, en definitiva, para retrasar que se quiten la venda de los ojos y que se conviertan en ciudadanos “incómodos” para el poder. 

Una nota alta de corte para entrar en la carrera de historia significaría que mucha gente poco interesada no contemplaría la posibilidad de emprender esos estudios, y sería una motivación (cruel, pero motivación al fin y al cabo) para que los estudiantes que sí pudiesen aspirar a esos puestos tuviesen una alta formación y motivación.

Ya sé que vivimos en épocas de “buenismo”, y que la LOGSE ha favorecido que los estudiantes no vivan traumas, pero el mundo profesional hoy es una jungla y puñaladas recibimos todos. Cuanto antes empiece la criba, y los que queden fuera empiecen a contemplar alternativas para su vida, mejor.

 

  1. Limitar la oferta de plazas universitarias públicas para las carreras de humanidades.

Complementaria con la anterior. No tiene sentido mantener abiertas las fábricas de parados. Si el mercado demanda 10 historiadores al año la oferta de plazas de estudio debe solamente un poco superior, o sea 15.

Y si alguien quiere estudiar historia por su enriquecimiento personal, lo que es muy legítimo, que se habiliten universidades populares o universidades de mayores para que les den conferencias y contenidos.

 

  1. Convertirla en una carrera técnica y durísima.

Hay que desterrar el estereotipo de que la historia es una carrera “bonita” porque lo que se estudia en ella son contenidos amables (el faraón tal, el rey cual) ya masticaditos, cuyo aprendizaje es coser y cantar comparado con lo difíciles que son las ingenierías. Para conseguirlo hay que convertir la carrera de historia en una carrera técnica, en la que la maestría de determinadas habilidades pese más que la asimilación de contenidos académicos.

Las habilidades técnias básicas que se deberían impartir son aprender a investigar (excavaciones arqueológicas, paleografía, epigrafía, archivística, documentación, lectura rápida, diseño de proyectos), analizar (lógica, filosofía, teoría de la historia) y comunicar (escritura de ensayos, comunicación oral y escrita, pedagogía, relaciones públicas). Otro tipo de contenidos accesorios deberían ser nuevas tecnologías (informática, internet, hardware específico), idiomas (vivos –inglés, francés- y muertos –latín, griego-), habilidades empresariales u organizativas (estrategia, trabajo en equipo, márketing para las humanidades, búsquedas de financiación, prospección de mercados). A esto cabría añadir un año de estancia obligatoria en el extranjero, y contrato en prácticas con una empresa (no valen las instituciones públicas) obligatorio y por ley, para que el estudiantes se de de bruces con el mundo real (y cobre su primer sueldo digno, y tenga un contrato y una experiencia laboral cuando salga de la universidad) y para que las empresas comiencen a darse cuenta de que los historiadores bien formados sí son rentables.

Que esto es muy duro y difícil, pues sí, pero también prepararía mucho mejor a nuestros futuros historiadores tanto como investigadores, como emprendedores, y como magníficos profesionales para trabajar en numerosas empresas.

También habría que estudiar contenidos, por supuesto, pero las habilidades profesionales tienen más valor para el mercado de trabajo y para crear nuevos contenidos. Así que hay que favorecerlas. Ser un profesional de lo que sucedió en Castilla en 1212 sólo es valorado en los estrechísimos límites de los departamentos de medieval. He aquí las bases de la endogamia universitaria, de nuestra precariedad laboral, de la inexistencia de un I+D+i de la historia, y, en definitiva, de la profunda crisis de nuestra profesión.

 

4. Exigir un profesorado con un nivel equivalente a la dureza de la carrera, ser evaluado de manera continua, y el que no llegue al nivel, a la calle.

O en otras palabras: eliminación o reducción radical de funcionarios y mediocres.

Lo primero, exigir que el profesorado tenga buena parte de las habilidades que antes he comentado: de investigación, análisis, comunicación (eso incluye las publicaciones), nuevas tecnologías, idiomas, estancias en el extranjero, y gestión empresarial. Los que no lleguen a ese nivel (hoy serían la mayoría) o se reciclan o a la calle.

Como mínimo habría que exigir que el 50% del profesorado tenga experiencia laboral demostrable con varios años en el sector privado. Quien ha mamado el duro día a día de la actividad empresarial se podrá poner en la piel de los estudiantes a los que educa. Y tendrá una actividad profesional alternativa y menos tiempo y razones para encastillarse en un departamento.

También habrá que exigirles a los profesores productividad, medida según al menos dos de estos parámetros:

-         Su propia actividad docente e investigadora

-         Incorporación de los estudiantes que eduquen a diversos sectores profesionales del mundo laboral

-         Creación de empresas, asociaciones, patentes, derechos de autor, o proyectos emprendedores e innovadores relacionados con la historia

-         Inversiones realizadas y retorno de las inversiones (en dinero, sueldos, puestos de trabajo creados, beneficios accionariales o beneficios sociales)

Quien no investigue, no cree empresas ni puestos de trabajo, no desarrolle la innovación en las humanidades, no produzca dinero o no haga una labor social mensurable, a la calle.
 

Otras propuestas radicales sugeridas en este blog:

http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/09/21/42437.aspx#54861

http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/05/31/27200.aspx#27359 

http://weblogs.madrimasd.org/historia/archive/2006/10/27/48137.aspx#48177

19:39 | gestionado por Miguel Ángel López Trujillo | Enviar comentario (2)

Vicus Albus, la asociación de investigación histórica de Vicálvaro (Madrid), cumple en 2007 25 años, y para celebrar su aniversario está tratando de sacar adelante un libro que cuente su primer cuarto de siglo de lucha por recuperar la historia y la memoria de ese rinconcito de la capital. Tenían una opción seria de conseguirlo por medio de un catedrático de historia con el que mantenían conversaciones, pero la soberbia y prepotencia del personaje han dado al traste con el proyecto.


No me extraña. Durante mis años de estancia en departamentos universitarios (y en otros centros de investigación) tuve la oportunidad de cruzarme con numerosos profesores titulares, investigadores y catedráticos con un insoportable nivel de vanidad. Desconozco la razón por la que esto es tan frecuente, aunque puedo sospechar que el haber alcanzado una alta cuota de poder en una institución, la facilidad con la que estos sujetos pueden manipular a numerosas personas, y el haberse convertido en una voz “de las que cuentan” en el reducido mundillo de los historiadores tienen mucho que ver con la emergencia de tantos engreídos. Uno de ellos, según me han informado, es el señor P. B.

Vicus Albus es una asociación de barrio, pero eso no le ha impedido llegar a unos niveles de excelencia que ya quisieran para sí otros departamentos y organizaciones. Lo más admirable es que no hay apenas historiadores profesionales, sino vecinos de Vicálvaro, amantes de su lugar, que han trabajado duro y gratis por investigar la historia del antiguo pueblo, y por conservar y hasta acrecentar su memoria histórica. Si tienen la oportunidad pásense por la asociación (c/ Villajimena 43), y tendrán a su disposición un pequeño museo amateur, una biblioteca, un archivo histórico y fotográfico con documentos sobre Vicálvaro conseguidos por toda España, bases de datos, la atención de un grupo de gente encantadora, e información sobre proyectos tan asombrosos como un atlas del antiguo municipio. Vicus Albus también ha conseguido restaurar edificios históricos, hizo presión para que la iglesia del pueblo volviera a tener reloj y retablo, ha organizado exposiciones y conferencias, visitas de colegios, y hasta a punto estuvo de crear un museo oficial con las bendiciones del propio ayuntamiento (que al final tiró el proyecto por tierra). Todo hecho por los vecinos, para los vecinos, y para el resto de la humanidad. Con un par.

Con este camino andado, y con las tablas de haber lidiado con toros más bravos, el presidente de la asociación me comentaba la anécdota del señor P.B., al que le propusieron colaborar y proveer financiación para sacar adelante el libro conmemorativo. El catedrático dijo que sí pero luego, como si de un becario de investigación se tratase, comenzó a tratar de manipular a Vicus Albus a su antojo. Pretendía dejarlos de lado y aprovecharse de ellos para hacerse un libro para su exclusivo lucimiento personal, obviando el esfuerzo colectivo que hay detrás del trabajo de la asociación.

Afortunadamente en esta ocasión “ganan” los buenos porque el malacostumbrado catedrático no puede ejercer sobre estas buenas gentes ni su influencia ni su poder. Resultado: Vicus Albus ha mandado a esparragar al “ilustrísmo” profesor, va diciendo pestes de él (pestes a las que yo deseo contribuir con este post), y el libro conmemorativo tendrá que buscarse otro patrocinador, que no escritor ni documentalista porque en Vicus Albus, aunque sean gente “sin estudios”, lo pueden hacer y de sobra.

Es más, me han comentado que lo más probable es que al final el libro ni se haga, pero por lo menos prevalece la dignidad de 25 años de trabajo. Mejor sólo que mal acompañado – nunca mejor dicho.

15:28 | gestionado por Miguel Ángel López Trujillo | Enviar comentario (3)