El Centro de Iniciativas Emprendedoras de la UAM (CIADE) ha tenido una iniciativa valiente, innovadora, sorprendente y necesaria. A partir de este cuatrimestre los estudiantes de ciencias humanas podrán cursar una asignatura de libre elección para conocer el mundo del emprendizaje, familiarizarse con el entorno empresarial y animarles a crear su propio negocio. Desconozco el éxito que tendrá esta propuesta, pero es sin duda un soplo de brisa fresca en el rancio ambiente de nuestras disciplinas. Ante la patética situación de los humanistas (escasa innovación científica, carrera investigadora imposible, mercado de trabajo precario, poder de castas oligárquicas, etc.) el emprendizaje es una de las pocas salidas que nos quedan.
No es fácil ser empresario de las letras. Convertir nuestros conocimientos en algo con valor en el mercado nos va a exigir un tremendo esfuerzo de adaptación e imaginación, además de estar expuestos a sufrir rechazo e incomprensión. La alternativa es sin embargo peor: prolongar a base de becas una improbable carrera investigadora que se estrellará con muchísima seguridad a partir de los 30 años. Casi todos los que hemos seguido el camino oficial nos hemos planteado entre los 30 y 35 años qué hacer: o aceptar la precariedad laboral o abandonar nuestra profesión, olvidarnos de que hemos publicado libros e investigado en el extranjero, y dedicarnos a trabajar desde cero en otra cosa.
El camino del emprendizaje es un punto de vista alternativo. Es más, me atrevería a decir que es un “sano” punto de vista. Primero, y por razones prácticas, porque pondrá en contacto al alumno con el mundo real, en el que no vale tanto la investigación como el dinero (dejémonos de hipocresías: los humanistas dejan de investigar a los treinta y tantos por dinero, y además es legítimo). Segundo, porque poner en contacto a los estudiantes con el mundo empresarial acelerará lo inevitable: tarde o temprano trabajaremos en empresas, así que cuanto antes conozcamos y dominemos ese mundo, mejor.
Lo más importante, sin embargo, es que el emprendizaje obliga a acercar nuestros conocimientos al mundo de los no especialistas, y esto es algo tremendamente necesario para un mundo tan cerrado como el nuestro. La investigación pura, y la comunidad científica que la crea, tiene una trascendencia social mínima a pesar de ser financiada generosamente con presupuestos públicos. Convertir los resultados de esa investigación en productos comerciales es devolver en parte a la sociedad el dinero que ha invertido en nosotros. Y si eso no lo hacen profesores ni catedráticos lo tendremos que hacer los emprendedores.
Todo está por hacer en el emprendizaje en humanidades. Nos falta imaginación para crear servicios nuevos, valor para encontrar clientes a quienes venderlos, conocimientos para desarrollar nuestro propio marketing, dinero y vista para estudiar el mercado y solucionar sus carencias con nuestros productos. Tendremos que cambiar radicalmente el chip y enfrentarnos a dificultades máximas, pero motivados por una gran recompensa: independencia. Independencia del asfixiante mundo académico, de sus castas directivas y de sus líneas de investigación obligatorias. Independencia para encontrar los ingresos económicos que otros caminos nos niegan. Y finalmente independencia para innovar, para elegir nuevos caminos a los marcados, y para desarrollar productos que transfieran nuestros conocimientos a la sociedad.
Podemos ser a la vez investigadores, humanistas y empresarios. Podemos a la vez trabajar por amor al arte y cobrar dignamente por ello. Podemos a la vez, e iniciativas como la del CIADE lo demuestran, estudiar historia, crear empresa, y enriquecer en muchos aspectos nuestra querida disciplina.