Ayer recibí un
comentario de
pepe-nosoycajal- a uno de mis últimos posts que, aparte de darme ánimos, hizo un maravilloso retratato sobre el verdadero mundo de la investigación en España. Todo lo que dice es cierto, yo también lo he vivido, pero muy pocos tienen el valor de contarlo.
Léanlo, y espero que a alguno se le caiga la cara de vergüenza. Y a los jóvenes, que conste que les avisamos.
Como decían en Blade Runner: "he visto cosas que vosotros no creeríais". He visto a un señor de cuarenta años llorar porque no le habían concedido la beca postdoctoral que le hubiese permitido poder continuar pagando la hipoteca de su chalet adosado. He visto cuatro áreas de dos departamentos universitarios copadas por 3 matrimonios de profesores y una pareja que al final no se casó. He visto a profesores universitarios con 12 años de experiencia cobrar menos de 600 euros al mes. Y lo más grave: he visto a magníficos investigadores dejarse la juventud formándose en el extranjero, aprendiendo idiomas, publicando libros, llevando a cabo difíciles investigaciones, enseñando en inglés, regresar a España y ser despreciados por los mandamases del sistema. Muchos hoy han abandonado la profesión. A nadie le importa un bledo.
Soy historiador. Y sé investigar. Por eso uno de los textos que más me han impactado es la introducción del libro de J. V. M., La celtización del Tajo superior estudios de arqueología (1992). En ella, su autor (con el que estuve excavando desde los 17 hasta los 21 años, y que luego me mandó a freír espárragos) “denunciaba” que no tenía salida la joven generación de arqueólogos que estaba formando. Años después esa “joven” generación de arqueólogos echaba pestes de su “mentor”; la mayoría fue abandonada al acabarse las fuentes de financiación (becas y presupuestos públicos) y terminaron dejándolo todo, otros incluso pusieron una querella al “caballero” por insultos y amenazas del antiguo “profesor”. Yo lo he visto. Y hasta hoy no lo había escrito. ¿Y por qué tiene trascendencia esto? Porque el tiempo pasará, a JMV y a sus “chicos” se los llevará el polvo. Y a mi también, con mis recuerdos. Y el tiempo seguirá pasando, y sólo quedará la introducción de La celtización del Tajo superior. Y quienes la lean en el siglo XXII pensarán “¡qué gran tipo era JMV que luchaba por sus chicos! ¡y qué mala era la sociedad que dejaba tirados a los profesionales de la arqueología!”.
En un mundo de hipocresía nuestros testimonios valen, y mucho. De ahí que me decida a contarlos. Si quieres ser investigador te espera el ser zarandeado por los mandamases, el humillarte ante tu señor, y la más que probable defenestración a los treinta y pico. Vale, merece la pena ser culto, y nuestra profesión, y toda la ciencia, es sabiduría. Pero resulta que cuando llega una determinada edad tienes todo el derecho del mundo a tener una carrera profesional, a tener un sueldo, a tener un reconocimiento por tu trabajo anterior, y, lo más importante, a tener un futuro. Desgraciadamente para muchos historiadores, y para muchos compañeros de otras disciplinas, el futuro pasa por abandonarlo todo cuando aún estás a tiempo y dedicarte a algo que dé dinero, más que nada porque sin dinero no se puede vivir en nuestro mundo. Llamadme frustrado, llamadme rencoroso, pero vive Dios que no quiero ser ese espectro vergonzoso que comentaba pepe-nosoycajal-, que con cuarenta años deambula perdido en los congresos con la melancolía del que pudo ser y ya nunca será, y rodeado de tiernas ovejitas que los jerifaltes no dudarán en enviar al matadero para zampárselas.