Hace unos días estuve con mi amiga Ch. La chica pasa ya los cuarenta, con un currículum académico como la Biblia de largo. La pobre lleva muchos años currándoselo en una revista científica e investigando para que una prestigiosa universidad de Madrid por fin la dé un empleo digno. Desgraciadamente siempre han pasado por encima de ella personajes con más enchufe, así que para poder ganarse el pan Ch. ha tomado una decisión que a priori parece absurda: volver a empezar el doctorado.
Pero de absurdo no tiene nada. La historia está en que Ch. es de Historia Antigua, y ahora va a empezar el doctorado en Filología Clásica con un director de tesis que debe tener un currículum poco mejor que el de ella. El truco está en que los cursos de doctorado se los van a aprobar casi sin ir, y la tesina y tesis se cumplirán con un libro basado en las investigaciones que ella lleva haciendo tras más de diez años de ejercicio profesional.
El objetivo no es ni más ni menos que tener un diploma fresco para poder aspirar a una beca posdoctoral (¡otra más!), que como todos sabemos sólo se pueden pedir durante los dos años posteriores a la obtención del título de doctor. Como Ch. tiene un currículum como un papiro de largo seguro que la obtendrá, y podrá vivir dos años más como un reina cobrando una pasta y haciendo lo que le gusta. Si tiene suerte hasta con el nuevo estatuto del becario incluso llegará a cotizar a la Seguridad Social.
Vergonzoso.
Hace unas semanas uno de los dirigentes de los Becarios-Precarios lo dijo bien claro: no hay una carrera investigadora. Y si eso es sangrante en pocos sitios lo es más que en las carreras de letras. La sociedad nos desprecia, el mercado de trabajo nos da la espalda, nosotros mismos no sabemos vendernos, y para guinda del pastel nuestro mundo "natural", el de la investigación académica, ni siquiera contempla una carrera profesional organizada de principio a fin. Ch. es con todo una afortunada, porque si quieren otro día les cuento cuantos compañeros de carrera la altura de los treinta y tantos tacos han abandonado la profesión porque sus becas y doctorados les condujeron a un abismo del que ahora pugan por salir. A alguno le he oído decir: "¿por qué no me hice fontanero?".