Uno de los primeros problemas que suele encontrar un gestor de proyectos es que sus competencias no están bien definidas. Quizá la ambigüedad de la palabra “gestión”, a la que en español se le puede dar muchos significados distintos tenga parte de la culpa. El término inglés “management” es, en esta ocasión, más claro.
En general, un grupo de investigación, un departamento de I+D de una
empresa o el consorcio que lleva a cabo un proyecto conjuntamente tiene
una serie de necesidades de gestión que vendrán dadas en la mayor parte
de los casos por la complejidad organizativa de las actividades en las
que participa. A bote pronto, podríamos distinguir rápidamente entre
gestión de los aspectos técnicos del proyecto y de los aspectos no
técnicos.
El gestor de proyectos debe ser capaz de comprender todas las
actividades de I+D llevadas a cabo, lo que le permitirá coordinar las
diferentes actividades, interactuar con especialistas de las distintas
áreas y encontrar las sinergias entre los diferentes participantes.
Del mismo modo, el gestor de proyectos debe hacerse cargo de ciertas
actividades transversales, como son la representación del consorcio o
proyecto, la comunicación y difusión de sus actividades o la estrategia
de propiedad intelectual.