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miércoles, 04 de noviembre de 2009

Claude Levi-Strauss ya no está entre nosotros. En mi particular hitparade de la antropología del siglo XX Levi-Strauss ocupa junto a sus maestros, Emile Durkheim y Marcel Mauss, la posición más eminente, sin olvidar, claro, a la cúspide que terminó de coronar cien años de ciencia social: Pierre Bourdieu. Solamente me dejo fuera de ese repertorio afrancesado la figura monumental de Max Weber. Todo lo demás han sido puras imitaciones, devaluados remedos o, en el mejor de los casos, perspicaces extensiones. No pretendo glosar la obra completa de Levi-Strauss sino recordar ahora, simplemente, aquellas páginas que dedicó en Tristes Trópicos -el relato de su trabajo de campo iniciático entre los nambiquara brasileños- a la Lección de escritura, a la reflexión sobre el papel de lo escrito en la cultura humana.



"La escritura", narraba Levi-Strauss en el capítulo mencionado, "es una cosa bien extraña", y seguiré citando por extenso. "Parecería que su aparición hubiera tenido necesariamente que determinar cambios profundos en las condiciones de existencia de la humanidad; y que esas transformaciones hubieran debido ser de naturaleza intelectual. La posesión de la escritura multiplica prodigiosamente la aptitud de los hombres para preservar los conocimientos. Bien podría concebírsela como una memoria artificial cuyo desarrollo debería estar acompañado por una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir". De no seguir leyendo a Levi-Strauss parecería que su conclusión se acercara mucho a la de expertos en el mundo antiguo como Havelock, que cifra en el surgimiento de la escritura, precisamente, tal como se recoge en La musa aprende a escribir, el desarrollo paralelo de las más altas capacidades cognitivas del ser humano.



Pero Levi-Strauss no es de la opinión de que la escritura procure la emancipación intelectual de los seres humanos o incremente el control sobre sus vidas presentes y futuras. Al contrario: "el único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases". La escritura, es el corolario de las afirmaciones y observaciones históricas anteriores, "parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación" o, más taxativamente si cabe, "la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud", así de claro. Esa sospecha de control artero del espíritu humano por parte de la escritura la heredó, claro, Jacques Derrida.



No hay duda alguna que en todas las antropologías e historias serias de la escritura que se han publicado -como la de Cardona o como la de Calvet- el vínculo entre la aparición de lo escrito y la dominación de los súbditos de civilizaciones de gran complejidad organizativa, parece incuestionable. Pero quizás, y solamente digo quizás, el peso de la estructura sobre los desvaríos de la acción (por expresar esa antigua polémica antropológica reavivada en el estructuralismo sobre el grado de libertad de los agentes respecto a la estructura subyacente), gravó demasiado la concepción de la escritura que Levi-Strauss vertió en su gran obra inicial.

Pero aunque así hubiera sido, históricamente, me gustaría pensar hoy de otra manera, como epitafio a la vida del gran antropólogo y en recuerdo de sus numerosos escritos: "el lenguaje", dice Ivonne Bordelois, "es un fermento indestructible de unidad y comunidad entre nosotros, acaso uno de los últimos que nos quedan.. La derrota de la palabra implica una ceguera letal, un leso crimen de humanidad, un craso fracaso que necesitamos conjurar por tods los medios a nuestro alcance", escribiendo, "para no descender al infieron que nos proponen nuestros enemigos". Adios maestro.

10:35 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (3)