Hoy se celebra en Madrid las
I Jornadas Técnicas ANELE, la
Asociación de Editores de Libros y Material de Enseñanza, coordinadas por
Javier Celaya, lo que siempre es una garantía de rigor y actualidad. Si la educación está sufriendo, al menos en apariencia, una profunda transformación que va de la mano de la construcción de una escuela abierta y digital que transfigure las jerarquías de la comunicación, los métodos de transmisión del conocimiento y las reglas de su uso, no parece que los libros de texto y el ecosistema del aula puedan quedar intactos.

Por una parte, la red hace posible que miles de profesores construyan sus propios libros de texto, generando repositorios de contenidos y de objetos digales bajo licencias permisivas que admiten su difusión, uso y transformación sin límites. Esa realidad es patente en el proyecto
Connexions. Sharing knowledge, que es, quizás, el mayor libro de texto de la red, si es que puede recibir ese nombre que respondía a otra realidad textual. Su fundador y principal valedor, Richard Baraniuk, lo explica en este video de obligada consulta:
Por otra parte, nuestros jóvenes nativos digitales utilizan las herramientas digitales de una manera cualitativamente distinta a la nuestra y su ecosistema informacional no coincide ya con el de la textualidad del libro de texto tradicional o con el discurso unidireccional del profesor habitual. Experto en el manejo de las tecnologías, aunque no las comprenda ni sepa cómo acreditar la información que recibe, difícilmente renunciará a su manejo, de forma que la escuela tendrá que cambiar en parte sus hábitos comunicacionales obligada por los usos y costumbres de sus usufructuarios. El proyecto
Edutopia hace tiempo que viene investigando este cambio y sabe que se trata de algo más que de la sustitución de unos soportes por otros.
El debate que no suele mantenerse pero que está en el fondo de la discusión es si este nuevo entorno que propicia la desjerarquización, la comunicación horizontal, el juego y el ensayo, la remezcla y la fusión, es mejor o peor que los métodos tradicionales, basados en la adquisición de unos conocimientos mínimos transmitidos unívocamente y memorizados mediante la repetición. ¿Qué escuela de las dos es mejor para asegurar a sus ciudadanos la adquisición de esos conocimientos mínimos indispensables que propicien su desenvolvimiento personal y social?
Alain Finkielkraut y Paul Soriano se lo preguntaban en un libro que mencioné hace ya algún tiempo,
Internet, el éxtasis inquietante, donde denunciaban la acrítica recepción de las novedades digitales en materia educativa.

Mientras tanto, las editoriales, con más o menos secreto y más o menos acierto, se preparan. Algunas reinventan el libro de texto en papel componiéndolo como si se tratara de una página web, en un extraño movimiento de reinversión textual que resta complejidad y contenidos al libro tradicional; otros preparan sus propuestas de pizarras digitales con contenidos adaptados al nuevo soporte, más allá de la mera reproducción facsimilar del libro tradicional, explorando sus potencialidades interactivas y su capacidad de atender a las múltiples inteligencias y a la diversidad de competencias que un profesor se encuentra en el aula.
Un reto extraordinario que estas primeras jornadas técnicas pretenden, en alguna medida, comenzar a resolver.