Tengo una amiga de cuyo nombre me acuerdo pero no revelaré que ocupa un cargo de responsabilidad en una extensa e importante red de bibliotecas públicas. Como a muchos otros profesionales del sector, lo que le preocupa no es tanto saber si los dispositivos digitales acabarán matando a la estrella del papel como si las bibliotecas como instituciones públicas que ponen al servicio de la ciudadanía un conocimiento vegetal, tendrán o no sentido en el siglo XXI. ¿Cómo seguir justificando las inversiones en infraestructuras, personal y dotaciones, cuando las salas tienden a estar vacías salvo en el momento en que se convierten en salas de fiestas para acoger el guateque de los exámenes o cuando la liviandad del acceso a los contenidos digitales parace haber sustituido de un plumazo a la pesadez de la memoria en papel?

Las bibliotecas son, para empezar, una pieza fundamental del sostenimiento de las sociedades democráticas, y eso al menos por dos razones fundamentales: porque son el espacio, remedando a la ancestral
Biblioteca de Alejandría, donde se atesora la diversidad de opiniones y puntos de vista sobre los más diversos aspectos de nuestra convivencia, donde podemos formarnos un juicio maduro y bien informado sobre los más diversos aspectos que atañen a nuestra coexistencia, donde cabe que construyamos ordenadamente una opinión crítica sobre los asuntos que competan a nuestra vida en sociedad. Hace falta recordar que esto no es una obviedad cuando en países como Cuba, Venezuela, China, Argelia, Rusia o muchos otros mencionados en los informes de la
IFLA y su
Committee on Free Access to Information and Freedom of Expression, siguen persiguiendo sistemáticamente la diversidad del pensamiento y ahogando a las bibliotecas que se empeñan en defenderlo. Su presidente, Alex Byrne, nos recordaba: "los bibliotecarios y los trabajadores de la información están obligados a continuar luchando contra la persecución y el castigo de aquellos que expresan sus opiniones y de aquellos que intentan proporcionar acceso a la información, por mucho que pudiéramos encontrar repugnantes sus opiniones o su información".

En el capítulo de las razones fundamentales, además, la promoción de la lectura y de las actividades relacionadas con ellas sigue siendo una actividad insustituible, junto a la que deben ejercer la familia y la escuela: nuestra convivenia necesita de las palabras, nuestra coexistencia pacífica está hecha de debate y de discusión, de desavenencias razonables y razonadas, nuestra democracia necesita de las palabras y, en consecuencia, de las actividades que promueven, estimulan y aconsejan su uso.
Lectura y democracia van de la mano.

Cierto es que el giro digital es un hecho incontrovertible y que la introducción y uso de dispositivos digitales de toda naturaleza será una cuestión de tiempo. También, que en la era del acceso se difuminan las fronteras entre los catálogos antaño incomunicados de forma que a mayor conectividad, menor diferenciación, y que las bibliotecas deben redefinir su lugar en esa maraña de oferta informativa abriéndose a la cooperación y la colaboración. Pero más allá de todo eso, en contra de lo que pudiera parecer, su labor será determinante en este nuevo universo ligado a la memoria digital: si es cierto que los nativos digitales son usuarios regulares y aún expertos de determinadas herramientas, son, según los
recientes estudios sobre usos y costumbres de esta población, analfabetos digitales. La labor de alfabetización y dinamización digitales que las bibliotecas deberán ejercer es decisiva para que aprendan a distinguir la calidad de la información, su fiabilidad; que aprendan a interrogar adecuadamente a la web, sin monosílabos; que entiendan su arquitectura y sus sistemas de filtrado y clasificación, también de censura y ocultamiento; que aprendan a sosegar sus impulsos de lobos navegantes de la red para apreciar la complejidad de los argumentos allí expuestos.

Y necesitaremos, además, que las bibliotecas y sus bibliotecarios sean celosos conservadores de nuestra memoria vegetal, tal como acuñara el término Umberto Eco en la
conferencia inaugural de la Biblioteca de Alejandría, y esto no por un mero afán de conservación arqueológico, sino porque nuestro cerebro lector se forjó en la lectura sucesiva y progresiva de argumentos ordenados en pos de una coherencia y sentido determinados. Se trata, por tanto, de salvaguardar la memoria vegetal de nuestra especie, un tipo de racionalidad específico, una identidad individual y colectiva características.
Las bibliotecas son hoy más necesarias que nunca porque garantizan la diversidad que constituye las sociedades democráticas; anima a la lectura como factor fundamental del crecimiento de juicios ilustrados; alfabetiza a la sociedad digital y garantiza el acceso plural y libre al conocimiento; conserva nuestra memoria vegetal, el fundamento de nuestros cerebros lectores.
Espero que mi amiga esté algo más tranquila... (hoy, a las 12.00, en el
Liber 09, en Madrid, trataremos estos y otros asuntos en la mesa sobre
Bibliotecas y libro electrónico).