Si hay algo que nos distingue del resto de los géneros sobre la tierra es que el humano posee la innata tendencia a relatar lo que le sucede, aún lo que imagina, de manera compulsiva y recurrente, a lo largo de los siglos, sin desmayo. Hay quienes creen que ese rasgo de narrador y cuentista perentorio es fruto de una ventaja adaptativa fruto de la evolución, la capacidad de llamar la atención de nuestros oyentes, de ordenar el mundo en categorías comprensibles, de inyectarle un sentido del que seguramente carece. Todo eso, tal como afirma Brian Boyd en un libro indispensable,
On the origin of stories. Evolution, cognition and fiction -que evoca el título del antecesor al que alude,
el origen de las especies-, acaba transmutándose en una ventaja adaptativa que se inscribe en nuestros genes, de manera que no solamente somos
sapiens sapiens (al menos algunos de entre nosotros), sino, sobre todo e inicialmente,
fabulatores.

No hizo falta el alfabeto para que, desde el arte parietal y las representaciones rupestres, los seres humanos transmitiéramos artísticamente ideas, conceptos, esperanzas y, sobre todo, ordenación social. Los primeros relatos mitológicos, los de las sociedades totémicas, son, sobre todo, relatos de naturaleza social que pretenden hacerse pasar por relatos de naturaleza natural, donde los protagonistas son siempre agentes naturales o especies animales en las que los humanos se encarnan, proyectando su orden social en la naturaleza o, incluso, en el cosmos, para que no cupiera duda de su persistencia. En todo caso, la aparición del alfabeto contribuyó de manera definitiva a fijar la memoria colectiva antes fiada a
fórmulas mnemotécnicas y, con eso, a que nos conviritéramos en animales alfabéticos.

Hasta tal punto está nuestro cerebro influenciado por la estructura atómica del alfabeto -un conjunto de signos sin significado cuyos sonidos son arbitrarios pero que son capaces de representar la complejidad del mundo-, que eso sirve a matemáticos como
Giuseppe Longo, del CNRS francés, para decirnos que el alfabeto impone el paradigma que está en las bases de la ciencia occidental: los componentes elementales de la construcción del conocimiento deben ser muy simples -tal como pensaron Demócrito, Aristóteles o Descartes-: la inteligibilidad de la realidad física es posible por la descomposición del mundo en átomos. Nuestra manera de pensar, de percibir, de concebir incluso las herramientas con que analizamos la vida, están basadas en el alfabeto: así lo cuenta, extraordinariamente, en
Critique of computational reason in the natural sciences, donde reclama una nueva manera de abordar la portentosa complejidad de lo simple (en la física cuántica y la biología, sobre todo). Mi amigo
Domenico Fiormonte, editor digital italiano, me puso en la pista de este portento.

En el mal traducido
Cómo aprendemos a leer, de la muy a menudo mencionada en este blog Maryanne Wolf, ya se nos decía que nuestro cerebro es lector, fabulador basado en el alfabeto, por tanto, y que la misma estructura y morfología de nuestro cerebro refleja ese hecho: áreas interconectadas y neuronas recicladas con el fin de que aprendamos a leer los relatos que nos transmitimos a lo largo de los siglos. Cambiar esa estructura y las interconexiones construiídas a lo largo del tiempo es posible. De hecho ya ha ocurrido en varias ocasiones a lo largo de la historia, pero Wolf nos advertía en su libro de que no tiráramos al niño con el agua del baño, porque perderíamos mucho más de lo que ganaríamos.

En realidad todo esto quiere servir como introducción al siguiente párrafo: "las personas que son regularmente bombardeadas por varias fuentes de información electrónica, no prestan atención, controlan su memoria o cambian de una tarea a otra tan bien como aquellos que prefieren completar una tarea tras otra". Eso lo ha comprobado empíricamente el
Laboratorio de la Memoria de la Universidad de Standford. En la reciente nota de prensa titulada "
La multitarea tiene un coste mental", los científicos norteamericanos confirman lo que la neurolingüista ya había adelantado: "es imposible procesar más de una cadena de información al mismo tiempo. El cerebro no puede hacerlo". En el conjunto de pruebas a los que se sometieron a los grupos de control, aquellos que se distinguían por ser multitarea, no fueron capaces de filtrar la información relevante, de retenerla u organizarla mejor y, tampoco, de cambiar de una tarea a otra cuando era requerido. Sus niveles de rendimiento fueron sistemáticamente más bajos que los de aquellos que realizaban una tarea tras otra. Lo más llamativo es la conclusión a la que llegan: "los investigadores están todavía investigando si los
chronic media multitaskers nacen ya con una incapacidad innata para concentrarse o tienen dañado su control cognitivo por su expreso deseo de hacer varias cosas al mismo tiempo. Los investigadores están convencidos de que la mente de los
multitarea no fuciona tan bien como debiera".
Llegados aquí, no me parece por tanto descabellado resucitar una vez más el viejo debate: ¿es de verdad más rica la lectura digital, hipertextual, que la vieja lectura sucesiva y lineal? El cerebro del Homo Fabulator contrataca.