Nunca antes había utilizado la manida fórmula que
Geoffrey Nunberg usó como subtítulo en uno de los primeros libros editados en torno a
El futuro del libro y que Umberto Eco puso de moda en el epílogo a ese misma obra colectiva: "como recordarán, sin ninguna duda", escribía Eco, "en el
Jorobado de Notre Dame, de Victor Hugo, Frollo, comparando un libro con su vieja catedral, dice: "Ceci tuera cela" (el libro matará a la catedral, el alfabeto matará a las imágenes)", o la ilustración universal acabará con el oscurantismo clerical, añadiría yo. Sea como fuere, la metonimia en la que un símbolo sustituye a la cosa simbolizada pretendía llamarnos la atención sobre el fenómeno aparente de imparable sustitución de un soporte por otro, algo que, por lo menos todavía hoy, resulta cuestionable. Sobre todo a la luz de los últimos datos.

Sabemos, por ejemplo, que ha habido un crecimiento notable, de 2 a 1, desde septiembre del año 2008, en la descarga de archivos digitales frente a la venta de libros en papel. No es que esta cifra sea generalizable para todos los géneros sin distinción: está tomada de un editor, O'Really, que proporciona a sus lectores versiones digitalizadas de sus contenidos hace ya mucho tiempo, lectores que, además, suelen ser informáticos expertos o profesionales bien pertrechados de gadgets digitales.

Este crecimiento en el último año, sin embargo, tomado en perspectiva, adquiere un significado distinto, tal como la propia editorial analiza:

Lo que puede documentarse, en realidad, es un decrecimiento cuantitativo de las ventas de libros de informática en todos los soportes, y que las curvas parecen demostrar que la demanda en papel sigue sosteniéndose y que la pujanza de lo digital no aminora las ventas en el soporte tradicional. Así lo reconoce el
director de investigación del sello: "escrutando los datos y los gráficos puede inferirse que mientras los libros físicos de O'Really están descendiendo en comparación al año pasado, eso parece ser más bien el resultado de un descenso de la demanda en los libros de informática por causa de la recesión económica que el impacto de las ventas de libros electrónicos". Y termina su razonamiento con una alabanza de los futuros plurales del libro: "Así que, por ahora, si lo que inferimos es correcto, podéis apartar todas vuestras cruces exorcistas, porque los libros electrónicos son más una oportunidad de expandir legitimamente el mercado que un proyectil que vomitara el quiero y no puedo de Linda Blair" (el chiste con transfondo político y anglosajón es suyo).

En una encuesta cualitativa recientemente llevada a cabo por
Joe Wikerts entre sus lectores (una muestra nada neutral, por tanto, de lectores avezados en el uso de nuevas tecnologías, pero es lo que hay, de momento), arroja también resultados proclives a la convivencia de los soportes. A la pregunta "¿Compra libros en papel y libros electrónicos, o ha realizado ya la transición completa a lo digital?. La respuesta es clara: "el 75% dice que compra papel y eletrónico; solamente el 25% compra solamente libros digitales".
En esa ambivalencia, cautelosa, es donde deberá moverse la industria del libro y de los contenidos en los próximos años, en un futuro plural de contenidos fluidificados o licuados que pueden encarnarse en cualquier soporte, si bien, como traté de hacer ver y entender en el documental que emitió Informe Semanal este verano a propósito de la revolución digital y de la sustitución de los soportes, y que se tituló El Quijote digital: sigo pensando que esto no matará aquello, sino que existen espacios de convivencia que tienen que ver con los hábitos de compra y de lectura, con la lógica interna de los contenidos, con los hábitos de racionalización y la estructura de nuestros cerebros, con los principios de evaluación y percepción que utilizamos para otorgar valor en nuestra sociedad a una obra y, también, como no, con la deficiencia y carestías declaradas, todavía, de los nuevos soportes digitales, incapaces de adoptar un estándar de representación y composición de lo escrito.