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Edición ecoeficiente: resideñando los futuros del libro (II)

Enviado el miércoles, 02 de septiembre de 2009 5:05

Lo cierto es que, de todos los agentes que están implicados en la cadena de producción editorial, quizás sea la industria papelera la que, contra todo pronóstico, se haya tomado más en serio la gestión eficiente de sus recursos, el uso racional de nuevas fuentes de energía renovables, el reciclado de las fibras de celulosa y, en alguna medida, la obligación de entablar un diálogo con las comunidades de donde se extraen las materias primas. La presión social y de las ONG ha sido seguramente determinante a la hora de establecer un plan de acción que insiste en la reducción progresiva de las emisiones de C02 mediante su fijación en las masas forestales, en la certificación internacional de la gestión sostenible, etc., pero aún con todo, siguen produciéndose irregularidades o deficiencias graves que deberían subsanarse. Mientras tanto, el resto de los colectivos profesionales casi no se da por aludido.


Aspapel es la Asociación Española de Fabricantes de Papel y, para no restar méritos a quien los merece, según la Memoria de sostenibilidad del año 2008, en España existe una superficie arbolada de 426528 hectáreas; el 94% de la superficie forestal gestionada por el sector goza de alguna clase de certificación; el uso de los combustibles ha abandonado el petroleo para utilizar gas natural (62%) y la biomasa creada por los propios desechos de la madera (32%); se ha utilizado un 5% menos de agua en la obtención de la celulosa, de la pasta maderera y se progresado hasta alcanzar un 60% del papel consumido recuperado para su reciclaje. Lo que no se dice, como pone de manifiesto la campaña de Greenpeace en torno a la industria del papel, es que la mayor parte de la superficie forestal es monocultivo estricto de eucalipto (355528 hectáreas) y de pino radiata (71000 hectáreas), lo que merma irreversiblemente la biodiversidad; que seguimos abasteciéndonos de pasta procedente de bosques primarios, cada vez más, extraída de Indonesia, Canadá, Finlandia y otros bosques amenazados; que los organoclorados no han desaparecido completamente; que en realidad solamente el 7% de la superficie forestal española ha recibido alguna clase de certificación internacional (FSC) por su gestión, en contra de cifras como las que ofrece Finlandia (un 95% de sus bosques); que en el uso de las energias renovables aún queda mucho camino por andar, porque apenas se han introducido fuentes solares, eólicas o geodésicas, por mencionar las más limpias; que aún siguen gastándose, aproximadamente, unos 100 litros de agua por kilo de papel yunos 500 litros por kilo de pasta, y que solamente algunas fábricas trabajan con circuitos cerrados capaces de reaprovechar y purificar esos flujos; que no existe una sola fuente de abastecimiento de fibras: la paja de arroz, el esparto o el cáñamo, por ejemplo, son fuentes igualmente válidas casi sin explorar.



Aún así, como sugería al inicio, la industria papelera, por convicción o presión social, ha tomado algunas medidas para la mejora medioambiental de su gestión, pero no conozco las del resto de la industria. En todo caso, aquellos editores, impresores o distribuidores más conscientes y concienciados, han asumido la norma ISO 14001 como un estándar suficiente de gestión medioambiental. Las indicaciones de la familia ISO 14000 no establecen, sin embargo, estándares u objetivos medioambientales propios sino que establecen métodos y maneras, digámoslo así, de ser menos malo, de propiciar una disminución progresiva de nuestra huella ecológica sobre el medioambiente, de alcanzar cierta sostenibilidad inestable. A eso los expertos lo denominan Guilt Management, la gestión de la culpa, que pasa por reducir, evitar, minimizar, prevenir. A eso solemos conocerlo como ecoeficiencia, al arte de ser progresivamente menos malos y agresivos, en una curva descendente con tendencia al infinito inalcanzable.



La adopción y puesta en práctica de la ISO 14001 por parte de algunas empresas del sector editorial, sin embargo, no suele pasar de ser, por eso, un ejercicio de expiación (depositar determinados residuos en determinados contenedores, aun cuando esos residuos no sean reciclables, porque nunca fueron concebidos para regresar a un ciclo de vida técnico, o disminuir imperceptiblemente el consumo de energía apagando los monitores, pero no repensando el flujo de energía de los edificios), pero no de contricción, menos aún de mejora.

¿Cabría pensar de otra manera, de manera más efectiva, ecológicamente efectiva, e implicar en ello a los editores por-venir? La respuesta en la tercera entrega.

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