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Edición ecoeficiente: rediseñando los futuros del libro (I)

Enviado el lunes, 31 de agosto de 2009 5:12

Vuelvo, sí, con todos los síntomas de angustia postvacacional y stress postveraniego y, además, con la aguda conciencia de que tengo todavía más preguntas que respuestas, un combustible, el de la duda, más pertinaz y duradero que los residuos atómicos. Entre los temas que predominarán en el curso que tenemos por delante estarán, seguramente, el de la sustitución de los soportes, cómo no, como adelanta el último titular de la revista The Bookseller, que dedica casi todo su espacio a los litigios entre el Kindle y el Sony Reader. Pero a mí, siendo ese asunto importante, me interesan más otras cosas: la ecoedición o el impacto que la industria del papel, de la impresión y de la edición tienen sobre el medioambiente y las formas y maneras de enmendarlo y mejorarlo; los futuros de la lectura y el fundamento empírico que nos muestre cómo se está leyendo en la actualidad y qué cambios, si los hay, trae consigo el uso de los soportes digitales, los usos y costumbres, por tanto, de la lectura en pantalla y en los dispositivos dedicados; los nuevos modelos de negocio o los nuevos tipos de editoriales que surgirán en los próximos años, fruto del uso de las nuevas tecnologías y de la redifinición de todas las reglas de la cadena tradicional de valor editorial. La repercusión que eso tendrá en la formación de los futuros profesionales, cómo no; el futuro de las librerías y cómo, seguramente, su salvación esté no tanto en el rechazo de las tecnologías digitales como en el de su completa asunción. En fin, un universo de incertidumbres que me da pie para seguir un curso más con este blog.


No parece que en España la industria editorial, las artes gráficas y la impresión, la distribución y la comercialización del libro se hayan tomado todavía muy en serio el enorme impacto de su trabajo sobre el medioambiente. En esto no somos más originales que otros oficios y otras industrias, que viven la economía como si fuera un universo ajeno a aquel de donde extraen los recursos y los devuelven convertidos en basura o en, utilizando el eufemismo habitual, costes externalizados. Durante dos siglos hemos creído que pueden capitalizarse los beneficios y socializarse los perjuicios, porque hemos entendido nuestras prácticas económicas como algo ajeno al mundo del que formamos indefectiblemetne parte.



Los editores nos abastecemos de tintas y de papel, que convertimos en objetos que se reproducen industrialmente y se distribuyen mediante energías fósiles, yendo y viniendo sin sentido ni control de la imprenta al punto de venta y de allí al almacén. No hay una estimación global,  hasta donde yo alcanzo, del impacto global que el trabajo concatenado de todos estos agentes produce sobre el entorno. Sabemos, sin embargo, que la industria papelera de la que nos abastecemos es la cuarta más contaminante entre todos los tipos de industrias que existan, más incluso que la de los vuelos intercontinentales; que la industria papelera norteamericana, la primera del mundo, emite 750 millones de toneladas de C02, de las cuales 100 millones corresponden al papel; que en el mundo se consume un millón de toneladas de papel diarias, o lo que es lo mismo, 360 millones de toneladas anuales, una cifra ecológicamente insostenible; que siguen talándose bosques primarios protegidos en Indonesia, Brasil, Canadá y Finlandia, y que parte de esa pasta y madera sin certificar es consumida por la industria española, tal como denunció en su momento Greenpeace; que los pigmentos de las tintas que utilizamos son importados, cada vez más, de países como la India y China, pigmentos que contienen metales pesados y disolventes incontrolados; que utilizamos en nuestras imprentas, todavía, alcoholes isotrópicos y compuestos organoclorados, altamente contaminantes ambos, prohibidos en la mayoría de los países; que, en fin, cuando se llama la atención sobre la urgente e insoslayable necesidad de revertir estos procedimientos tradicionales, se tiene por una molestia o, incluso, por una rémora inasumible, como hace poco leía en el boletín de marzo y abril del Gremio de las Artes Gráficas en Cataluña.



En Estados Unidos existe desde hace tiempo una iniciativa singular y ejemplar denominada Green Press Initiative que pretende "avanzar en patrones de producción y consumo sostenibles dentro de las industrias editoriales, periodísticas de los Estados Unidos, y de las industrias del papel entendidas en un sentido lato. La GPI también proponee políticas innovadoras relacionadas con el papel, el cambio climático y el reciclado e incuba nuevas estrategias pioneras para la transformación del mercado". Han entendido, claro, que no hay ecoedición posible si no es vinculando a todos los agentes que participan en la cadena de valor editorial. Uno de los valiolísimos resultados de esta iniciativa es la elaboración de un manifiesto o documento vinculante, de manera estrictamente voluntaria, por el que los editores se adhieren a una relación de buenas prácticas ecológicas vinculadas con su trabajo, la mayoría de ellas relacionadas con su capacidad para determinar el origen y calidad de las materias primas con las que trabajarán. El documento, envidia por el momento inalcanzable de los editores españoles, se titula Book publisher policy template, algo así como modelo o plantilla para una política editorial.

Quizás conviniera ir echándole un vistazo, antes del próximo 21 de septiembre...

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