Enviado el lunes, 20 de julio de 2009 9:17
En la Feria del Libro de Turín del año 2000 George Steiner leyó un famoso texto titulado "
Los que queman los libros" (recogido, luego, en
Los logócratas), que comenzaba diciendo: "Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable". El viernes pasado Amazon borró de manera unilateral y sin previo aviso alguno de los contenidos que miles de lectores habían adquirido previamente, en un acto tan legal como artero e innoble. La entrada del blog
TechCrunch de ese mismo día decía: "Amazon: ¿por qué no vienes a nuestra casa y quemas también nuestros libros?".

La realidad no parece conformarse con los hechos y realiza sus acciones a través de sublimes metáforas: los libros que Amazon borró de los Kindle de sus clientes fueron
1984 y Rebelión en la granja, dos de las distopías más famossas del siglo XX que nos avisaban sobre los execrables recursos del poder para dominarnos. ¿Habrá elegido Amazon esos dos títulos para recordarnos las perpetuas asechanzas del poder omnímodo? Según los
términos legales que nadie lee cuando adquiere un contenido en la web o cuando utiliza un servicio gratuito, cuando un usuario descarga un fichero electrónico para su Kindle, según establece la claúsula de "Uso del contenido digital", lo hace de manera no exclusiva, de manera que la interpretación sobre la durabilidad o estabilidad del contenido adquirido en el soporte digital parece ser revocable o, al menos, para los inventores del dispositivo, discutible. Las razones esgrimidas desde Amazon para justificar esa acción autoritaria es que el editor no poseía los derechos de comunicación y reproducción digitales y ellos optaron, como matachines digitales, por retirar el contenido.

En un fragmento de Rebelión en la granja, con los animales congregados antes un carro con letrero que se afanan en descifrar, puede leerse:
Los animales se agolparon junto al carro.
- ¡Adiós, Boxer!, gritaron a coro, ¡adiós!
- ¡Tontos! ¡Estúpidos! exclamó Benjamín saltando alrededor de ellos y
pateando el suelo con sus cascos menudos. ¡Tontos! ¿No veis lo que está
escrito en los lados de ese carro?
Eso apaciguó a los animales y se hizo el silencio. Muriel comenzó a
deletrear las palabras. Pero Benjamín la empujó a un lado y en medio de
un silencio sepulcral leyó:
- "Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola,
Willingdon. Comerciante en cueros y harina de huevos. Se suministran
perreras". ¿No entienden lo que significa eso? ¡Lo llevan al
descuartizador!

Quizás, si leyéramos los acuerdos legales de aquellos que nos venden tecnologías propietarias para descargar contenidos digitales cayéramos en la cuenta que entre las condiciones legales aparece un párrafo que dice, poco más o menos: Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola,
Willingdon. Comerciante en cueros y harina de huevos. Se suministran
perreras". Qué distopía tan perfecta... cuánto le hubiera gustado a Orwell.