El blasón o el emblema del Duque de Morante, también conocido como Joaquín Gómez de la Cortina, fue el de
Fallitur hora legendo, y aunque nunca conseguí cuadrar las traducciones de latín en mi época de bachillerato, debe querer decir algo así como distraer las horas leyendo, quizás engañarlas o entramparlas para que no pasaran o para que lo hicieran demoradamente. Joaquín Gómez llegó desde México a España y gastó dos tercios de su fortuna en darle solaz a su alma de bibliófilo empedernido, hasta que un escalón le jugara una mala pasada y sus huesos fueran a dar contra el mármol sobre el que se fundamentaba su biblioteca.

Hijo de un hacendado padre preocupado por el porvenir de su hijo, Joaquín Gómez de la Cortina fue enviado a Madrid desde México cuando las cosas se pusieron turbias allá por el año 1810, tan sólo dos años después de la fecha de nacimiento del ilustre bibliófilo. Alejado de las turbulencias políticas de su país de origen, el Marqués de Morante estudió leyes en la Universidad española y se doctoró doblemente en derecho canónico y civil, mientras pasaba las tardes discutiendo acaloradamente sobre intrincados asuntos filológicos con sus compañeros de tertulia, que al parecer le tenían por un hombre difícil de carácter, terco y algo avieso, que no se conformaba con diferir o esgrimir sus propios argumentos, sino que debía tener la razón sobre todas las cosas.

Como nos recuerda una
nota biográfica que puede consultarse en la red, Gómez de la Cortina -entre los brazos de su padre en uno de los pocos retratos que se conservan- tuvo tiempo para muchas cosas en su vida: convertirse en
Senador vitalicio, en Rector de la Universidad Central, en "Caballero profeso del hábito de Santiago, Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida orden Española de Carlos tercero, Gran Cruz de la Real Orden Americana de Ysabel la Católica, Gentil hombre de Cámara de S. M. con ejercicio, Ministro cesante del Supremo Tribunal de Justicia, Consejero Real de Instrucción pública, Magistrado supernumerario de la Audiencia de Madrid, Catedrático de Derecho y Magistrado del Tribunal Supremo, Catedrático de Derecho Canónico en la Universidad de Alcalá, Presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, , etc, etc".

Su biblioteca, sin embargo, era su principal pasión y ocupación: llegó a atesorar 120.000 volúmenes de los que dio detallada cuenta en un catálogo de 8 volúmenes de los que imprimió 500 ejemplares. Entre las obras que acopiaba se encontraban, a decir de los bibliófilos, numerosas obras únicas, en excelentes condiciones, de extremada elegancia y bellamente encuadernadas. Sus principales adquisiciones, el grueso de su colección, consistía en clásicos latinos (Virgilio, Horacio, Cicerón, de los que acumulaba decenas de ediciones distintas de los mismos títulos), en poetas latinos modernos (prolongación lógica y corolario lírico de los primeros), y en obras de pensadores heterodoxos, filósofos o teólogos heréticos, temas relacionados con la Reforma.

Cuando Joaquín Gómez de la Cortina tenía 60 años, su vida de apasionado bibliófilo terminó, seguramente, donde él hubiera querido: en su biblioteca. Encaramado a los peldaños de la escalera que le permitía hojear los lomos de sus amados libros, engañando al tiempo fugaz mientras leía, cayó desde el peldaño superior y sus huesos fueron a dar contra el duro suelo de mármol que pavimentaba su biblioteca. No volvió a levantarse. Su biblioteca fue en gran medida adquirida por bibliófilos franceses, y de hecho buena parte de sus volúmenes fueron puestos a la venta por
Paul Lacroix, un bibliófilo contemporáneo igualmente intoxicado por los libros antiguos.
Pasaremos las horas leyendo, engañando al tiempo traidor, para celebrar la memoria de Joaquín Gómez de la Cortina.