La industria editorial tradicional está basada en un modelo de producción ligado, inevitablemente, a procesos cuyo impacto ambiental fueron en su momento tolerables, porque no existía opción alternativa, pero hoy cabe repensarlos y apostar por soluciones no solamente sostenibles, que sería lo más sencillo, sino reusables, por respuestas globales que comprendan toda la cadena de valor del mundo del libro como un flujo que debe comenzar y acabar en el mismo punto, en el de la reutilización de los materiales inicialmente empleados. Existen antecedentes en otras industrias más complejas que la del libro que están aplicando la filosofía del
Cradle to cradle, de la cuna a la cuna, del origen de vuelta al origen, idea desarrollada por el científico alemán
Michael Braungart que podría servir como fundamento para reflexionar sobre el modelo productivo de la edición en el siglo XXI.

La cuestión no es solamente utilizar papel ecológico sino saber cómo se ha obtenido la pasta y qué sucederá al deshacernos del periódico que ya hemos leído, porque, seguramente, tanto en la obtención química de la pasta como en las tintas con las que fueron impresas sus páginas, existan restos de materiales potencialmente venenosos para el medioambiente. Cuando un periódico se convierte en papel higiénico, algo que puede parecernos hoy el colmo del buen comportamiento ecológico, en realidad estamos utilizando cerca de tres millones de litros de agua en producirlo. Deberíamos aspirar, pensándolo con los ingenieros papeleros y con toda la industria concernida, en papeles y tintas que, cuando los tiráramos, con perfecta inconsciencia, fueran inocuos para la naturaleza.


La industria editorial, en su conjunto -como todas las industrias, en realidad-, no debería seguir pensando en términos de beneficios privados y de riesgos socializados, porque de esa manera las contabilidades -como ha demostrado repetidamente
José Manuel Naredo- nacionales no podrán cuadrar nunca. La economía de mercado debe ser repensada en su conjunto y para ello es necesario pensar en una re-evolución industrial.

El impacto, por ejemplo, de un modelo de distribución basado en el abastecimiento y devolución continuo de millones de libros, en un ir y venir sin razón alguna, genera ineficiencias económicas y daños medioambientales que solamente se sostienen porque nadie se atreve a romper con el modelo tradicional, no porque nadie se haya dado ya cuenta de que no cabe seguir mandando y recogiendo libros sin tasa ni tregua.

Y otro tanto cabría decir de la manera en que se piensa la tirada de un libro por parte de los editores, que siguen pensando, en una gran mayoría, que una producción de ejemplares por debajo de unas cuantas miles de unidades no es otra cosa que una forma de
edición clandestina y vergonzante, porque seguramente no quieren acabar de entender que la era de las tiradas masivas e indiscriminadas se ha acabado, porque no es ni económica ni ecológicamente sostenible, no es eficiente para nadie. La gestión digital de nuestros contenidos editoriales traerá, quizás, cierta racionalización a nuestros procedimientos tradicionales.

Tampoco los fabricantes de soportes electrónicos, por mucho que en su propaganda se prensenten como una alternativa ecológica y como adalides de la repoblación forestal, explican que en una pantalla fabricada seguramente en China hay zinc, plata, cobre, niquel y bismuto, además de otros cuatro mil componentes químicos, y que el transporte en avión no parece ser de los que menos impacto provocan. Los cementerios electrónicos, además, dada la temporalidad acelerada de los soportes digitales, son cada vez más basureros irrecuperables que contaminan lejos de nuestras conciencias.

Queda todo o casi todo por hacer, y quizás en el primer
curso sobre Ecoedición que se anuncia para el próximo mes de septiembre -además de otras iniciativas en ciernes-, pueda empezarse a discutir racionalmente sobre la re-evolución ecológica de la industrial editorial.