Cabía augurar que tarde o temprano Google convertiría un servicio de acceso a contenidos escritos de dominio público,
Google Books, en una librería virtual, que transformaría su plataforma de visualización de contenidos escritos gratuitos en una plataforma de intermediación comercial capaz de retar al otro gran gigante norteamericano de la venta de libros, Amazon.
Hacia finales de este año 2009, Google Books se convertirá en lo vaticinado, una librería virtual con ambición comercial, y nosotros todavía por aquí con estos pelos.

El
acuerdo alcanzado hace unos pocos meses con los editores norteamericanos apuntaba no sólo a la satisfacción de unos derechos "presuntamente" usurpados, sino a la perspectiva clara de una explotación comercial futura. Ahora la presunción se ha hecho realidad: Google comercializará archivos electrónicos y gestionará millones de descargas, y no hay nada de comercial ni éticamente reprochable en su trabajo. Cumplen con sus objetivos empresariales, proporcionan una visibilidad exponencialmente incrementada a los editores que se asocien con su programa, y ponen en manos de los usuarios la posibilidad de acceder a contenidos antes inencontrables.
En
Mountain View Google tiene, además, un vecino interesante e interesado en el desarrollo de sus negocios:
Plastic Logic, fabricante de lectores dedicados, libros electrónicos, DELEDAs, que a no mucho tardar, imagino, querrá entablar algún tipo de relación que no sea la de mera amistad o vecindad. Desde luego, cuando uno lee un artículo cuyo título es "
Google E-Books to Plastic Logic...", no parece que puedan caber muchas dudas al respecto. Es posible -como viene diciéndome en los últimos días un profesional de la edición conocedor de los entresijos internacionales-, que las apuestas gremiales, como
Libreka, que intentan aminorar el impacto de Google Books en el colectivo profesional alemán, no sean más que esfuerzos abocados a la derrota pero, ¿queda alguna otra cosa por hacer? Si los editores o sus representantes desean una evolución al margen de Google Books o de operadores multinacionales de los que desconfían, la única estrategia plausible es la de la suma colectiva de esfuerzos a partir de la plataforma que las organizaciones profesionales proporcionan (como en el caso reciente de
ARCE).

Me preguntaban ayer de un periódico, al enterarse del acuerdo entre la
Biblioteca Nacional y Google Books, sobre mi opinión al respecto:
Robert Darnton lo hizo ya hace algunos años con las
bibliotecas de la Universidad de Harvard y la
Biblioteca Pública de Nueva York hizo otro tanto años atrás. Desde este punto de vista, nada que objetar: la Nacional obtendrá una mayor visibilidad -si cabe- y un servicio gratuito de digitalización (si bien nunca obtendrá copias de esos contenidos digitalizados). Google, a su vez, incrementará su tráfico y revestirá su actividad comecial de dignidad cultural. Hasta ahí todo bien. La pregunta que siempre queda por responder y que permanece en el fondo de la discusión es: ¿quién debe garantizar el acceso a la memoria cultural de un pais, de la humanidad entera? ¿cómo es posible que esa memoria quede hipotecada en formatos y servidores privados a los que las autoridades públicas no tienen acceso? Estas y otras preguntas del mismo cariz pueden encontrarse, largamente debatidas, en
The Googlization of everyting).
Nos encontramos ahora con una pinza que comprime lo público y lo privado en una sola e inteligente estrategia global. Me causa verdadera admiración la enorme capacidad y clarividencia derrochada por Google pero, ¿no habrá gremio, editorial o agente privado que piense que convendría hacer algo distinto? En contra de lo que mi admirado y reverenciado Jorge Herralde
declara hoy, no parece que así seamos capaces de domesticar al libro electrónico.