El pasado 10 de mayo Robert Darnton cumplió 70 prolíficos años. De su trabajo resalta
Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen, un libro en el que puso de manifiesto como las modalidades de la circulación de los contenidos en determinadas épocas puede contribuir a su configuración política. De hecho, el trabajo de los impresores y editores clandestinos sería determinante para el advenimiento de la Revolución francesa.

El trabajo de Darnton, sin embargo, no se ha ceñido al del historiador volcado exclusivamente sobre un sólo yacimiento de datos. Es cierto que, si yo lo hubiera encontrado, quizás me hubiera quedado encerrado en él, disfrutando del placer privado del descubrimiento y de la emoción del encuentro con voces del pasado. Me refiero, claro, a los archivos de la
Société typographique de Neuchâtel que Darnton encontró en la
Stadt Bibliothek de la misma ciudad, centenares de miles de documentos intactos de las editoriales que operaron en la segunda mitad del siglo XVIII en el área franco-suiza, pliegos referidos a editores, autores, contrabanditas, espías, ladrones de tipos, cualquier personaje relacionado de una u otra manera con el negocio editorial en aquella época, con la difusión clandestina de las ideas. Darnton llegaría a reconocer que aquel exceso era a la vez paraíso del
historiador e infierno del estudioso, porque simplemente había
demasiada información que consultar y clasificar.

En julio de 2007 Darnton fue nombrado
Director de la Biblioteca Universitaria de Harvard, y uno de sus primeros y más sonados acuerdos fue el
Harvard-Google Project, un decidido espaldarazo a la estrategia de digitalización masiva de obras en dominio público y de obras huérfanas como parte de una estrategia más amplia que pretende, según el impulso decidido de Darnton, poner la mayor parte de contenidos en abierto disponibles en la web. El
Open Collections Program es, complementariamente, el decidido empeño por compartir parte del conocimiento y la riqueza intelectual que Harvard atesora -en palabras del propio Darnton- y, en eso, meritorio heredero del aliento ilustrado de aquellos a los que Darnton estudió.

Robert Darnton no le hace ascos, por tanto, ni a las nuevas tecnologías ni a los nuevos soportes, muy al contrario, porque cualquiera que se haya preocupado por la historia del libro y su circulación sabe que nos encontramos ante un episodio contemporáneo del mismo trance en que se encontraban los editores de Neuchâtel.
Preguntado, sin embargo, sobre la capacidad que un libro electrónico tendría para almacenar toda la información necesaria para emprender una investigación similar a la que él desarrolló, dijo poco más o menos, a la altura de sus setenta años: mi libro electrónico es un conjunto de espaciosos edificios con varios pisos horizontales y verticales. Un super o un sobrelibro, el contenedor de todos los libros.
