Me levanto con la cabeza embotada, con un jet lag considerable y con la desubicación geográfica y temporal propia de cualquier salto al otro lado del océano. Lo primero que hago es desembarcar en una librería cercana, El Virrey, extraordinaria, una verdadera librería de fondo, de las que ya no quedan en España, como para recalar en tierra conocida, en una de esas islas de sentido que dan consistencia al mundo.

Me sorprende, no por sabido menos pasmoso, la cantidad de libros importados, la excelsa representación de editoriales españolas, especialmente de las independientes. Un pequeño prodigio que explica, en alguna medida, la resistencia de las editoriales españolas.

Después de gastarme el presupuesto casi completo del viaje en menos de una hora, me voy al centro. Camino, al ritmo solemne de la banda que pauta el cambio de guardia en el palacio presidencial, hasta el Monasterio de San Francisco, y en el remanso de su biblioteca intento comprender cómo teniendo al alcance de la mano tanto y tan diverso conocimiento aquellos santos varones pudieron persistir durante tantos siglos en el oscurantismo masoquista -no se pierdan los retratos extasiados de los santos mártires atravesados por lanzas- de su religión. Me acuerdo de Onfray. Seguro que le gustaría estar aquí.

Me voy al barrio chino, a darme un baño de realidad sociológica, y entre la multitud abigarrada y variopinta veo en la puerta de un edificio venido a menos a una joven de catorce o quince años, sentada en las escaleras de entrada, leyendo ensimismada mientras espera paciente que algún cliente improbable compre alguno de los libros -de edición derivada, digámoslo así- que exhibe perfectamente ordenados en bolsas de plástico, como livianas mariposas disecadas.

Llego al suntuoso y agrisado edificio de la Biblioteca Nacional aturdido a partes iguales por la falta de sueño, el ruido del tráfico y la marea humana, una institución, hasta donde sé ahora mismo, que ha asumido las funciones de investigación sobre actividad editorial y práctica lectora que en otros lugares correspondería a la dirección general respectiva o al gremio correspondiente. En las salas de consulta a la entrada solamente hay jóvenes estudiantes realizando sus quehaceres. Me recuerdan a mí y a la Biblioteca Nacional en Madrid cuando disponía de espacios de trabajo y consulta abiertos para todo el que pretendiera acceder a parte del conocimiento que custodiaba.

Llego caminando al barrio de Quilca, también en el centro, y me sorprende, en la serendipia del turista accidental, la plétora de comercios dedicados a la venta de libros de todo tipo. Abundan los dedicados al márketing y los negocios -una buena parte de la población sueña legítimamente con el poder redentor de la educación superior y de la economía de mercado-, los libros de autoayuda -siguiendo el axioma clásico de más esoterismo cuanto más inasible sea la realidad cotidiana- y best-sellers mundiales de entretenimiento masivo. Hay muchas más cosas, sin embargo, y resulta pasmosa la cuantía de la oferta, que solamente tiene sentido en un país que lucha por acrecentar a su población letrada.

Cojo un taxi de vuelta, vencido y derrotado, y entre los pululantes vendedores ambulantes de los semáforos de la capital, encuentro que abundan los vendedores de libros. Me despierta una simpatía instintiva que intenten remediar su pobreza vendiendo esta mercancía y no otra. Aunque muchos autores y la propia industria editorial ponen el grito en el cielo por las supuestas pérdidas que ese comercio ilegal produce, no creo que exista una cuantificación veraz que lo demuestre. Sé que si se tratara de otro artículo cualquiera, se perseguiría con las leyes antipiratería en la mano. Soy consciente de ello. Pero la simpatía es así, irresponsable.

Leo hasta que se caen los ojos, intentando engañarme para acompasar mi ritmo al de la vibrante Lima. Geert Lovink dice en Fibra oscura: "Las tecnoculturas de varios continentes no pueden y no tienen por qué ser sincrónicas. En la tecnocultura a escala global ya no se habla más de superioridad de unos sobre otros". Duermo, algo menos tecnocéntrico, algo menos eurocéntrico.