Hoy aparece en el suplemento
El Cultural del diario
El Mundo un reportaje titulado "Internet se apodera del libro", afirmación que yo prefiero incluir entre interrogantes. Daniel Arjona, el periodista encargado de realizar la crónica -un artículo, por otra parte, bastante ecuánime- me pidió que contestara a una serie de preguntas para incluir mi punto de vista. La brevedad y estrechez del formato de la prensa -más aún el de la televisión o el de la radio- recortan, inevitablemente, la extensión con la que uno contesta, y normalmente no ha lugar a enmendar o matizar las afirmaciones vertidas. Solamente es posible contextualizar o ampliar los extractos seleccionados, que suelen perder parte de su significado, cuando uno dispone de su propio medio de comunicación.
1. Afirman desde
Google España que la inicial prevención de autores y editores ante su plan de
digitalización masiva de libros, ha dado paso al interés, tras el acuerdo
firmado en Estados Unidos. ¿Es así, cuál es su visión de la situación actual?
Claro, pero en realidad habría que replantear el enunciado
de tu pregunta, porque lo que deberíamos saber, en primer lugar, es si esa
compensación es legalmente procedente o es solamente una manera de intentar
acallar la algarabía editorial.
Hasta donde yo sé -y estoy, obviamente, dispuesto a
retractarme las veces que haga falta-, no puede haber infracción alguna de la
Ley de Propiedad Intelectual por el mero hecho de digitalizar un contenido
escrito. Otra cosa sería que ese contenido digitalizado se comunicara y
reprodujera pública e interactivamente, en cuyo caso sí que hubiera sido
necesario recabar estrictamente los permisos -de editores, de autores-, para
consumar tal acto. La cuestión, sin embargo, es muy diferente: se digitalizan
unos textos que, bajo ningún concepto, son comunicados ni reproducidos pública
ni digitalmente, no más allá de lo que la cita permita, no más extensamente de
lo que pueda mostrarse en una página de resultados donde se destaque el término
buscado en su contexto. Más todavía: en España sería perfectamente legal, tal
como establece la Ley de Propiedad Intelectual, que los textos se hubieran
digitalizado, con o sin permiso de los editores originales, si su destino
hubiera sido mostrarlos en bibliotecas universitarias para cumplir con sus
fines de estudio e investigación.
2. ¿Son pertinentes
las reclamaciones de CEDRO por la supuesta digitalización de las obras de sus
asociados?
No me parece que interponer una demanda a Google por una
actividad perfectamente lícita vaya al fondo del problema. En todo caso se
conforma con desagraviar agravios inexistentes con remuneraciones consoladoras.
De lo que se trata, más bien, como señalaba Robert Darnton hace pocos día en el
New York Review of Books, es de si
podemos conformarnos con que el acceso a la cultura y a la memoria cultural de
la humanidad pase exclusivamente por las manos de una sola entidad privada que
puede sufrir todas las eventualidades a las que una sociedad que cotiza en
bolsa está sometida. Sin que los demás -editores, bibliotecarios, autores,
autoridades vinculadas a la cultura- asuman responsabilidad de ninguna clase en
una cuestión que tiene que ver, sobre todo, con la conservación y el acceso,
cuestiones que nada tienen que ver con eventuales y esporádicas recompensas
económicas para restañar heridas inexistentes.
El debate es, más bien, cómo imaginarnos e inventarnos una vida después de
Google, en la que dar a Google lo que le pertenece, y los editores y los
lectores lo que necesitan y les conviene, sin arreglos y avenencias que cierren
en falso un debate mucho más trascendental que el del dadivoso óbolo.
3. ¿La defensa de los
derechos de los autores de libros en el mundo digital podría basarse en este
modelo?
No, no creo que se estén defendiendo los derechos de autor
cuando Google realiza compensaciones por copias que no se difundirán
públicamente. Es más, no creo que tenga nada que ver con los derechos de autor
sino, más bien, con el afán legítimo de Google de contentar a los editores y no
perder la oportunidad de seguir desarrollando el modelo de explotación en el
que su firma está basado: la oferta de servicios gratuitos financiados por la
publicidad contextual, la compra de espacios privilegiados de visibilidad y las
participaciones porcentuales que pueda extraer de la venta de determinados
productos de los que hayan hecho de intermediarios. Lo que están entregando a
los editores no son otra cosa que anticipos.
4. ¿Podrá evitar el
libro el intercambio y la descarga masiva que han dejado tocadas a las
industrias de la música y el cine?
En Google no hay descarga masiva gratuita. Esa es una
falacia que, además, conduce a ocultar el verdadero debate, que es, en todo
caso, cuál sería el modelo más adecuado de compensación económica por copia privada
en el caso que el editor quisiera proteger a ultranza el copyright (cosa
absolutamente legítima) o, al contrario, si el modelo de exhibición y descarga
libre de contenidos editoriales puede ser un modelo de negocio en sí mismo,
como afirman grandes editores norteamericanos como Tim O’Really.
5. ¿Existe el peligro
de un sesgo cultural, anglocéntrico, en el proceso de digitalización?
Claro, aunque yo no lo llamaría peligro sino riesgo de que
escasa representación del resto de las culturas escritas. En los estudios
cibermétricos de varios especialistas puede verse que Google tiene sesgos en
sus indexaciones y que, además, es obvio y patente que el grueso de su
digitalización es en lengua inglesa, pero esa no es la culpa de Google, no
culpemos a la firma norteamericana por hacer bien lo que le parezca oportuno.
En todo caso tendríamos que preguntarnos por qué no existen más que escasas
iniciativas (la Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes, por ejemplo) de digitalización masiva de
nuestro patrimonio cultural y escrito.
6. ¿Le preocupa que
Google pueda convertirse en el futuro en el único intermediario global entre el
autor y el lector? ¿No parece que se está creando una situación “monopolística”
global de imposible vuelta a atrás? O en otras palabras, ¿podemos confiar en
que Google “no haga el mal”?
Sin duda, pero insisto en que Google no es responsable de la
inoperancia o de la desidia de las autoridades públicas europeas o de la falta
de visión de futuro de la empresas editoriales y de sus representantes
gremiales. ¿De qué vale quejarse de que Google acabe convirtiéndose en el
intermediario por antonomasia cuando no conseguimos, entre nosotros, crear una
plataforma conjunta digital donde los editores puedan depositar sus contenidos
para que sean distribuidos y comercializados digitalmente, sin que existan ya
agotados ni descatalogados y sin que se desperdicie conocimiento ni dinero.
Google es una empresa que cotiza en el Nasdaq así que hará lo que tenga que
hacer para que sus accionistas ganen lo que pretenden y para que sus cocineros
sigan dándoles de comer tan bien, como nos enseñan todos los reportajes, pero
no son ellos los responsables, insisto, sino aquellos otros que solamente
critican una actuación sin contrarrestarla. Google se puede efectivamente
convertir el intermediario global si los editores no se dan cuenta que ellos
siempre han sido intermediarios, pero que ahora no son los únicos, ni siquiera
lo más atendidos o cualificados, y que tiene que contraatacar en el mismo
terreno y con las mismas herramientas.