Está bien que dediquemos un día al libro y que nos pongamos nuestras mejores galas para celebrarlo, como aquel lector que describía George Steiner al narrar el cuadro de Chardin,
Le Philosophe lisant, que se ataviaba cotidianamente con sus trajes más escogidos para enaltecer el encuentro diario con el libro y la lectura. Pero en realidad, como es sabido de todos, el 23 de abril es una fecha completamente arbitraria, fruto de un equívoco histórico sostenido y posteriormente ratificado, porque ni Cervantes ni mucho menos Shakespeare murieron el día de hoy hace cuatro siglos.

La historia es conocida, pero merece ser recordada: el 22 de abril de 1616 murió Miguel de Cervantes y el escribano que tenía que dar fé de su fallecimiento, perteneciente a una parroquia del barrio de Atocha en Madrid, lo hizo un día después de su muerte, el 23. La fecha del acta de defunción no se corresponde, en efecto, con la de su muerte real. Pero esa fecha tiene aún menos que ver con la de Willliam Shakespeare, que murió diez días después, el 3 de mayo (aun cuando muchos obituarios, como el de la
Wikipedia inglesa, sigan manteniendo lo contrario). Quien propaló la falacia fue Victor Hugo, que no sé exactamente a cuento de qué quiso hacer coincidir la muerte de los dos gigantes para crear
avant la lettre un día mundial del libro. Al menos eso es lo que parece, porque la
UNESCO, ni corta ni perezosa, no sólo se lo creyó, sino que asumió y ratificó el día de hoy como el de la efemérides póstuma que todos celebramos. Puestos a buscar coincidencias luctuosas que avalen una celebración, parece que el único que cumplió con el mandato de desaparecer de la faz de la tierra el día en que lo habían hecho supuestamente sus antecesores fue
Josep Pla.

Si no hay por tanto, propiamente hablando, un día del libro, ni tampoco, como celebramos en Madrid, una
noche de los libros, porque no hubo efeméride luctuosa que la ampare ni la justifique, propongo, utilizando sin rubor el clásico cuento árabe, celebrar 1001 noches de libros. Y cuando acaben, sumarle otras 1001 más y así sucesivamente, hasta que nos reunamos con Cervantes y con Shakespeare, allí donde podamos llevarnos nuestras bibliotecas y departir sosegadamente sobre lecturas compartidas. Poner el libro en boca de la gente, en la vida de la gente, en el espacio que transita la gente, como una vez hace mucho tiempo reclamó
Manuel Borrás.

Me parece bien, cómo no, que en Cataluña se iguale la belleza natural de las rosas y la intelectual de los libros y que en
Zaragoza, el enredador Paco Goyanes celebre un día de libros, borrajas y vino, el placer de las ideas y de la tierra sumados, pero en el fondo, yo me sumo, incondicionalmente, a lo que hace ya tiempo escribió Fernando Savater: "yo me atrevo a sostener que algunos habitamos la tierra como lectores y que todos el resto de lo que hacemos -incluida la poesía, en su caso- es una consecuencia de haber leído o un pretexto para seguir leyendo. El hecho de leer -ese misterio absorto- es lo más notable que me ha ocurrido en la vida, más que los dulces espasmos del amor, más que la camaradería de los amigos, más que la certidumbre horrorosa de la muerte, más que tener un hijo o asistir a muchos Derbys, yo diría que también más que la vida misma, porque el menester de vivir me parece subyugado a la ocasión de leer que lo rescata lo mismo que las peripecia de un viaje poco confortable son inferiores al paisaje deslumbrante o el irrepetible monumento artístico que recompensa nuestro desplazamiento... y ello aunque sabemos que el uno no nos hubiera resultado deslumbrante ni el otro irrepetible sin las necesarias penalidades del viaje. Ya está: sólo soy un lector. Lo demás es miseria o corolario. Y el lugar de un lector, su palacio, su aula y su palestra es la biblioteca".
Mil y una noches de libros para seguir celebrando apasionadamente cada día que sólo somos lectores.
Loor al leer.