Hace unos cuantos años, en el número que la (difunta) revista
Archipiélago dedicó a
Editar en tiempos de gigantes, a la batalla que los pequeños editores independientes libraban, denodadamente, por librar a las palabras de controles arteros y comerciales, Manuel Borrás, el artífice de la legendaria editorial
Pre-Textos, argumentaba que la velocidad, la celeridad en la sucesión indiscriminada de títulos y autores en las mesas de novedades, respondía más a imperativos especulativos que a los ritmos de trabajo del editor cabal: "me inquieta", escribía Borrás, "también la velocidad que condiciona nuestra actividad
empresarial en esa loca rotación de novedades que han impuesto los grandes grupos de edición. Unos libros sepultan a otros y su cantidad no está colaborando a elevar la calidad de lectura de todo aquel que honestamente se interesa por la cultura. Tengo para mí que nada urgente es en el fondo importante. Para acometer nuestro trabajo con rigor se requiere sosiego y, lo repito, saber esperar. Ningún proyecto por más que lo provoquemos saldrá mejor si no contesta al ritmo que su complejidad o sencillez nos imponga. Estamos instalados, en cambio, en una dinámica en la que la velocidad parece la garante empresarial en la consecución de resultados de rentabilidad. Nuestra editorial ha demostrado que se puede hacer una labor tan meritoria, en lo que a la difusión de la cultura respecta así como en lo que a lograr las metas de rentabilidad atañe, sabiendo actuar sobre los espacios en blanco que las grandes editoriales desatienden". En la edición de ayer del diario francés
Le Monde, Antoine Jaccottet, editor del nuevo sello editorial
Le Bruit du Temps, decía: "la edición no ama la velocidad".

El artículo aparecido en la sección de libros de
Le Monde se titula, significativamente,
Malgré la crise, des éditeurs se lancent, a pesar de la crisis, los editores se lanzan, y la pregunta que habría que responder es, claro, por qué se empeñan reiteradamente un atajo de inconsecuentes y aturdidos en dedicarse a este oficio de la edición, con la que está cayendo, además. Quizás habría que formularle la pregunta a Jesús Villena -que me envío el artículo reseñado-, gladiador de las palabras que acaba de sacar adelante un sueño juvenil, su editorial
Modus Laborandi, cuya puesta de largo oficial es la próxima semana; o quizás habría que planteárselo a Enrique Redel -compañero asiduo en los duetos radiofónicos en los que nos toca intervenir últimamente-, cuando se lió la manta a la cabeza y dio un salto de funambulista hacia
Impedimenta, una de las editoriales galardonadas con el Premio Nacional a la mejor labor editorial del año pasado; o tal vez habría que interrogar a Luís Miguel Solano para saber por qué abandonó el planeta confortable en el que habitaba para trasladarse a un
asteroide lleno de libros; o acaso habría que indagar las razones por las que José Pons prefiere el maquis editorial a la carrera diplomática, las leyendas de hadas acuáticas y
Melusinas a la verborrea cortesana; o posiblemente tendríamos que averiguar por qué Javier Santillán abandonó los oteros privilegiados de las finanzas para dedicarse a la espeleología literaria y la arqueología editorial en los yacimientos de
Gadir. En fin, paro de enumerar porque cualquier inventario será siempre injusto por incompleto.

En todo caso, en Francia se maravillan de la renovada fortaleza de los nuevos sellos editoriales que nacen cuando más arrecia la tormenta:
Le Bruit du temps, Attila,
Hélium o Koutoubia son sellos que eligen los resquicios que dejan los grandes grupos para prosperar, como líquenes que crecen en las circunstancias más adversas, como organismos excepcionalmente resistentes a todo desaliento, y capaces, como dice la Wikipedia, de colonizar muy diversos ecosistemas mediante una estrategia a la vez simple e imposible: especializarse, buscar ejes temáticos o áreas de distinción inasequibles para los paquidermos editoriales o para los correcaminos de las mesas de novedades.

Hace ya años que
Pierre Bourdieu publicó dos números indispensables para comprender la edición contemporánea (me refiero a
Éditions, éditeurs I y II), y en su reflexión sobre la dinámica del campo editorial, daba la clave sobre la fuente de la energía siempre renovada de los pequeños y florecientes editores: "será necesario", traduzco con desenvoltura y un punto de infidelidad, "describir los mecanismos y, en particular, el antagonismo entre las empresas establecidas y los pequeños editores debutantes que deben, para imponerse, regresar a las fuentes mismas de la creencia artística y a la observancia más estricta de la religión del arte, debutantes que contribuyen a mantener -para sí mismos y para los demás- la ilusión necesaria a la que todo campo obedece bajo las leyes no escritas del arte puro y perfectamente desinteresado, para comprender que la lógica del espectáculo mercantil no es ya tan pujante en la edición francesa" (o en la española, qué más da).
Gracias, una vez más, a los lentos adoradores de la religión literaria.