Enviado el lunes, 09 de marzo de 2009 8:28
La escena en la que Romeo arriesga su vida entrando en la casa de los Capuletos, a través del estrecho portalón que da acceso al patio (hoy cubierto de pintadas, de chicles pegados a las paredes y de pedazos de papel sujetos con papeles adhesivos), para declarar su amor a Julieta, transcurre en una semana de marzo como la que ahora vivimos. Para ser exactos, el próximo viernes 13 de marzo, a eso de las 23.15 Pm. Pongamos que, en lugar de escribirlo a finales del siglo XVI, Shakespeare hubiera comenzado a hacerlo a mediados de marzo de 2009 y que, en lugar de escribir un texto en el que obligara a cada uno de los quince protagonistas a esperar su turno de palabra ordenadamente -tal como marcan las (arcaicas) reglas del texto escrito-, hubiera escogido Twitter para cada uno de ellos se expresara a su antojo, sin las cortapisas que la ordenación del material escrito establece. De hecho, si el mismo Romero hubiera dispuesto de un teléfono móvil, a buenas horas iba a haberse jugado el pellejo subiendo a un balcón...

El experimento de programar 3000 líneas de texto que se sirven y actualizan cada 15 minutos procede de una iniciativa de los
laboratorios del periódico londinense
The Times. Si nos hacemos seguidores de Romeo o de Julia o, por qué no, de la enfermera (la confidente de Julieta), registrándonos en Twitter, podremos seguir sus devenires digitales, comentar sus decisiones e, incluso, reconducir su proceder. Si tuviera un amigo que se llamara Romeo y me enviara un mensaje a las 23.15 del próximo viernes diciéndome que se iba a subir a un balcón en Verona, lo más seguro es que le contestara diciéndole que dejara los estupefacientes y los hipnóticos.

Si por mi respuesta algo arrebatada y vehemente, fruto del cansancio del trabajo semanal (y de las pocas luces, sin duda), no tuviera lugar el encuentro amoroso más famoso de la literatura universal, no dispondría de tiempo suficiente en mi vida para arrepentirme. Pero esa es, sin duda, una de las potencialidades de la literatura electrónica, tal como todos los teóricos reclaman: la de un lector que abandona la pasividad, la holganza y la inmovilidad y se convierte en un coautor potencial, en un cocreador consciente del poder de intervención que las herramientas electrónicas ponen en sus manos.
Roland Barthes imaginaba -antes de que el hipertexto y los soportes digitales existieran- a un lector-autor capaz de cuestionar la aparente inmovilidad del texto escrito mediante su implicación dinámica en el desarrollo del argumento. Claro que por entonces no contaba con la posibilidad de hacerse seguidor de Romeo en Twitter.

En la versión que correo por la red el director de casting ha elegido a un minino candoroso y suplicante como doble de Romeo. No sé si da la talla para el personaje que debe representar, un joven noble arrojado y valeroso que busca las dulces recompensas del amor clandestino. En fin, tampoco estoy muy seguro de que intentar reescribir o reconducir el argumento de una obra maestra, por mucho que la tecnología lo permita y por mucho que desde Derrida a todos nos guste andar algo descentrados, sea una buena idea. Umberto Eco lo explicaba de una manera quizás algo solemne en
La imaginación virtual: "Hay libros que no podemos reescribir, porque su función es enseñarnos
acerca de la Necesidad, y sólo si se les respeta como son podrán darnos
esa sabiduría. Sus lecciones represivas son indispensables para
alcanzar un nivel más elevado de libertad intelectual y moral". No se trata, por tanto, de la posibilidad de que podamos trastocar el argumento de Romeo y Julieta mediante el uso de Twitter, sino de pensar si resulta apropiado, conveniente, incluso justo.
Me gustaba más
Shakespeare in love...