Una de los colectivos más afectados por la revolución digital es, qué duda cabe, la librería tradicional, apegada todavía a los viejos hábitos de promoción y comercialización predigitales. Imagino una librería en el futuro muy diferente -que por ahora me callo-, abierta a todas las posibilidades que la tecnología nos ofrece. Mientras tanto, algunos nuevos modelos de negocio, como
Symtio, se atreven a introducir, tímidamente, estanterías de contenidos digitales -libros, música, vídeos- que el usuario podrá adquirir y, mediante el código que se le proporciona, descargarlos en su dispositivo de lectura o escucha.

En el fondo el modelo de negocio tiene poco de novedoso, porque únicamente se distribuye un embalaje con el código de descarga del producto adquirido. Al menos, esí sí, amplía la oferta de la librería y deja de darle la espalda a una realidad pujante e insoslayable, la de los archivos digitalizados y la de los dispositivos de lectura dedicados.
Symtio, por tanto, funciona como un expositor que adquiere un espacio para la comercialización de productos digitalizados. Un pequeño paso en un universo de papel que se queda, a mi juicio, a mitad de camino de lo que las tecnologías digitales nos permitirían imaginar. Lo que sí parece meridianamente claro, mientras tanto, es que nuestros hábitos lectores no varían y que "
los libros no superan a la adolescencia", es decir, que existe una brecha sociológica insalvable que, una vez abandonada la adolescencia y la lectura por prescripción, convierte a aquellos que no poseían un hábito lector arraigado (por influencia y habituación, sobre todo, familiar) en no lectores definitivos y, en consecuencia, en no compradores. Las nuevas librerías, que irán acogiendo con toda seguridad progresivamente todo lo que las nuevas tecnologías tienen de positivo (escaparates virtuales, bases de datos centralizadas a los repositorios de las editoriales, impresión bajo demanda en el punto de venta, etc., etc.), se encontrarán con la más vieja y contumaz de las resistencias: la de la apatía y la desgana lectora.
Y, a todo esto: ¿alguien sabría decirme cómo va el Observatorio de la Lectura?