El hecho de que una agencia de la importancia de
la de Carmen Balcells haya
recopilado los derechos para la explotación digital de los contenidos de sus más excelsos repersentados y haya llegado a un acuerdo con un (aparentemente)
único canal de distribución electrónica,nos anuncia que el futuro de la edición digital de los contenidos literarios puede estar más cerca que nunca y que los ensayos y tanteos para su comunicación y distribución electrónicas han comenzado en serio, con los cambios y transformaciones en los órdenes de la distribución, comercialización, producción y lectura que entrañarán.

La tesis archiconocida sobre la que se basa este blog y las indagaciones que procura en el terreno de la cultura escrita es que el futuro del libro es plural y que esa multiplicidad depende de dos factores fundamentales: la naturaleza del contenido digitalizable y la manera en que se consume o utiliza. De ahí que en algunas ocasiones haya defendido la hipótesis de que los contenidos que no se deterioran al ser fragmentados, que no pierden significado o, incluso, que lo incrementan cuando son sucesivamente vinculados a contenidos adicionales (como los de naturaleza académica, científica o profesional, también los de referencia y consulta), serían más susceptibles de ser digitalizados y, por tanto, de ser distribuidos y consumidos digitalmente. Siendo consecuentes, la conjetura dice que aquellos otros contenidos que no ganan nada significativo quebrándose, que exigen, más bien, ser leídos íntegramente siguiendo un orden ligado a la sucesión de las líneas escritas y el orden de los capítulos, y que pueden ser disfrutados de manera plenamente autónoma, serían menos indicados para ser digitalizados y leídos en soportes digitales que incitan a una lectura diferente.

Puede, sin embargo, que el tiempo de sostener mi tesis haya pasado o esté en trance de hacerlo. No pasaría nada, porque un blog no es otra cosa que un laboratorio de ideas a medio cocinar que valida o refuta sus hipótesis a medida que la realidad va imponiendo los hechos, pero aunque eso pudiera suceder, sigo pensando que existen dudas razonables que nos pueden seguir haciendo pensar que la explotación estrictamente digital de contenidos literarios es de una naturaleza distinta a la del resto de los contenidos. Me atreveré a enunciar, por eso, argumentos a favor y en contra de mi propia suposición. Comenzaré por las ventajas obvias:
1. Cualquier clase de contenido se produce ya digitalmente;
2. Su distribución digital es inmediata, no produce gastos adicionales de ninguna índole, y el concepto de agotado o descatalogado desaparece;
3. En todo caso, es un canal complementario o alternativo, no necesariamente exclusivo;
4. Los costes generales para los editores se abaratan, al poder prescindir de todos los gastos asociados a la producción, comercialización y distribución, al menos en gran medida;
5. Los precios para los compradores se reducen y la oferta, potencialmente, es ilimitada;
6. Los autores reciben, en concepto de derechos, una cantidad muy superior a la que obtienen por la venta de sus libros en papel;
7. Los nativos digitales, las generaciones nacidas en contacto permanente con los medios de producción y comunicación digital, encuentran en esta clase de intercambio y circulación de contenidos algo complemente natural, porque es su soporte connatural.

Y, sin embargo, ¿qué dudas razonables seguirían persistiendo? ¿Por qué ese cambio, más allá de las resistencias gremiales y las inercias empresariales, no cristaliza?:
1. Los libros electrónicos han demostrado su evanescencia, su mortalidad. La primera generación de libros electrónicos desapareció en muy pocos años y buena parte de los actuales también lo hará;
2. Algunos de los libros electrónicos que luchan por perdurar son de tecnología propietaria, en contra del principio que el libro sentó hace cinco siglos: formatos y códigos abiertos, interfaz consistente y duradero, dispositivos textuales adecuados a los procesos de racionalización humanos;
3. El significado de un texto depende de su expresión formal, de su encarnación material, de su representación espacial. El hecho de que un libro electrónico no sea todavía capaz de manejar esas "sutilezas" formales hace que todos los textos sean el mismo texto y que, por tanto, los significados se entremezclen, se confundan;
4. Un libro electrónico no tiene más remedio que forzar el formato original de un texto, uniformizarlo, deformarlo, desfigurarlo, y en esa operación inevitable algo intangible se pierde por el camino. La cuestión no es tanto la de su potencialidad (pueden acoger textos en diversos formatos), como la de su idoneidad para hacerlo;
5. Los jóvenes de la generación digital conviven con absoluta naturalidad con esos nuevos soportes, pero no sabemos todavía a qué clase de cerebro lector abocan las operaciones que están realizando. Puede que mejores, o quizás no;
6. Desde luego, a los que manejamos ejemplares en papel de determinadas obras, nos sigue pareciendo (me permito generalizar) que el papel encuadernado entre cartones preserva la identidad e individualidad de la obra completa, y mientras ese concepto de obra integral siga teniendo sentido, seguiremos acopiando ejemplares en papel;
7. El libro en papel está construido de tal forma que respeta el orden del discurso, el orden sucesivo de su racionalización, y está diseñado para amparar un tipo de relación que el libro electrónico todavía no puede propiciar: un tipo de relación íntima, introspectiva, silenciosa, entre el lector y el contenido, de manera que tanto nuestra disposición corporal, física, como intelectual y anímica, está determinada por esa relación casi fraternal entre el soporte y el lector.
Hay más razones, de uno y otro lado, pero me detengo aquí, consciente de que, quizás, más pronto que tarde, tenga que eliminar el plural de futuros, aunque eso ocasionaría, al menos, una indeseada usurpación de dominios...