Quizás por primera vez en la historia de la humanidad vislumbremos que el sueño de una verdadera República internacional de las Letras es asequible, que sobrepasa incluso los sueños dieciochescos de la ilustración, que el interés público se sobrepone al privado y que Internet es el fundamento y el agente de esa potencial emancipación. Quizás nos encontremos ahora, también, con una de las paradojas más enrevesadas e irresolubles de la historia de la humanidad: quien propicia masivamente el acceso público a la información, el mecenas, por tanto, que puede hacer realidad la ilusión de una República digital del saber, es también su principal antagonista, el principio de su frustración, aquel que monopoliza el acceso al saber que distribuye. Así lo acaba de enunciar
Robert Darnton, con absoluta claridad, sin medias tintas, sin recovecos de ningún tipo.

En
Google & the future of books, aparecido esta semana en
The New York Review of Books, no sé qué me sorprende más, si la radical apuesta por un futuro promisorio de contenidos abiertos y participación colectiva, de fomento del acceso gratuito y universal a los frutos acumulados del conocimiento humano, o el retrato ecuánime de la situación paradójica en la que Google nos sume, agente al mismo tiempo propiciador y monopolista, portero que abre y que cierra (o podría llegar a cerrar), las cancelas de la información.

"La República de las Letras dieciochesca ha sido transformada en una República profesional del Aprendizaje, y ahora está abierta a los aficionados -amateurs en el mejor sentido de la palabra, amantes del conocimiento entre el común de los ciudadanos-. La accesibilidad está funcionando por doquier gracias a los repositorios "open access" de artículos digitalizados disponibles gratuitamente, a la
Open Content Alliance, al
Open Knowledge Commons, al
Open Course Ware, a
Internet Archive, y a empresas abiertamente amaterus como
Wikipedia. La democratización del conocimiento", sentencia Darnton, haciendo tangible lo imposible, "parece estar al alcance de nuestros dedos. Podemos hacer que el ideal de la Ilustración se convierta en realidad". No es Darnton, catedrático de la Universidad de Harvard y director de la
Biblioteca Central de la esa misma institución, un ingenuo, tampoco un optimista desinformado, menos aún un pesimista resabiado. Sabe que la contraposición entre el ideal del acceso universal al conocimiento y su confrontación permanente con quienes pretenden mercantilizar a su favor su distribución. Es preciso, por eso, definir lo que está en juego y aglutinar, después, las voluntades de todos los que se tomen en serio la democratización de las condiciones del acceso al saber: "No nos podemos quedar en los márgenes, como si pudiéramos confiar en las fuerzas del mercado para que operaran en beneficio del bien común. Cuando digo "nosotros" quiero decir la gente, nosotros los que creamos la Constitución [norteamericana] y los que debemos hacer que los principios de la Ilustración que la sustentan se hagan realidad cada día en la sociedad de la información. Sí, debemos digitalizar. Pero debemos hacer algo todavía más importante: debemos democratizar. Tenemos que abrir el acceso a nuestra herencia cultural. ¿Cómo? Mediante la reescritura de las reglas del juego, mediante la subordinación de los intereses privados al bien común, inspirándonos en la primera república para crear la República Digital del Saber".

Nada se puede reprochar tecnológicamente a Google; nada a la calidad de los servicios gratuitos que ofrece; nada a la pertinencia de su motor de búsqueda o la milagrosa reconstrucción del globo terráqueo, asequible a un golpe de ratón. Lo ha hecho mejor que nadie, tanto que incluso las aparentes contrariedades se vuelven oportunidades: en el
reciente acuerdo al que Google llegó con las editoriales y autores norteamericanos para el pago por adelantado de los derechos que supuestamente había usurpado al digitalizar textos sujetos a derechos de autoría, lo que ha ocurrido es que Google se ha convertido en un monopolio ya no sólo de hecho, sino también de derecho, porque toda digitalización de contenidos escritos en los Estados Unidos pasará por sus máquinas de ahora en adelante. No habrá empresa ni iniciativa -demasiado tarde, dice Darnton, aunque estuvimos a tiempo hace años de crear una verdadera Biblioteca Nacional Digital- que pueda contraponerse, que pueda siquiera imaginarse un proyecto de digitalización de esas dimensiones colosales. Ocurre ahora que Google podría llegar a convertirse en el negocio de libros más grande del mundo, más que Amazon, porque en el acuerdo que puede consultarse en la red puede leerse que para acceder a los contenidos digitalizados sometidos a derechos se generarán dos tipos de licencias administradas por Google, una institucional y otra para usuarios corrientes, y que Google retendrá un 37% de los beneficios que puedan derivarse de esas transacciones contra un 63% que recibirán los autores o derechohabientes.

¿Es la estrategia empresarial de una empresa privada única la más adecuada para hacer prevalecer el interés y el bien común, para garantizar el acceso irrestricto al conocimiento humano? ¿
Cabe todavía imaginarse una vida después de Google? Darton concluye: "Si obtenemos el equilibrio equivocado en este momento, los intereses privados pueden sobreponerse al bien común en un futuro cercano, y el sueño de la Ilustración será tan elusivo como siempre".