Steve Jobs, el CEO de Apple, la persona que ha revolucionado la manera en que escuchamos música, accedemos a ella y la compartimos, la persona que ha transformado la manera en que nos comunicamos con un dispositivo verdaderamente multifuncional, no dedicado, declaró hace exactamente un año a un reportero de
The New York Times que "la gente ya no lee". ¿Debemos comprenderla como una profecía que intenta autoverificarse para alejarnos de los libros y convertirnos en conspicuos consumidores de contenidos audiovisuales? ¿Debemos entenderla como un mero aviso larvado a la competencia, a la provisionalidad y naturaleza efímera del Kindle? ¿O debemos tomar su tajante afirmación, simplemente, como un presentimiento aciago, sin
fundamento, como la consideración gratuita de alguien que no ha
reflexionado nunca seriamente sobre la naturaleza de la lectura?

Steve Jobs se despachó sin remilgos: "no importa lo bueno o lo mal que el producto sea, el hecho es que la gente ya no leer. El cuarenta por ciento de las personas en Estados Unidos leyó un libro o menos el año pasado. La idea en su conjunto es errónea desde su inicio", termina Jobs, refiriéndose a la posibilidad de que Apple desarrollara su propio libro electrónico, "porque la gente ya no lee".

Según los datos que han podido recogerse en la pasada navidad del 2008, recogidos en un artículo publicado en
Business Week, "
Move over Kindle. E-books hit cell phones", durante el año pasado se vendieron 36,5 millones de smartphones y algunas de las principales editoriales norteamericanas, entre ellas
Random House,
Pan MacMillan,
Simon & Schuster, han comenzado a distribuir parte de su fondo editorial a través del IPhone, utilizando para ellos diferentes aplicaciones de software, como
Stanza, que ofrece 100.000 títulos en su librería dispuestos a ser descargados. De acuerdo con los datos aportados por
Readdle, las obras completas de Shakespeare han sido descargadas 300.000 veces. ¿Qué pensaría el bardo si levantara la cabeza?

En el fondo de la discusión de los colosos tecnológicos está la vieja polémica entre los dispositivos dedicados, exclusivamente consagrados a un único fin, y los no dedicados, los que con toda deshinbición aceptan acoger cualquier clase de contenido o función. Parece que en la batalla por la usabilidad y la atención (y aun cuando las cifras de ventas del Kindle hayan alcanzado en diciembre de 2008 las 380.000 unidades y el Reader de Sony las 300.000) el IPhone va ganando adeptos, voluntades y posibles lectores. Lo curioso es que los dos son modelos propietarios, y que nadie parece incomodado por ser prisionero de otros.
Enzensberger -por muy primitivas que puedan parecerles a algunos sus declaraciones- decía hace poco que el sistema operativo más consistente y duradero que conocemos por el momento es el del libro en papel, y Roger Chartier -en el último e indispensable número de la revista
Texturas-, nos recuerda dos cosas que tendemos a olvidar con mucha ligereza: que los modos de inscripción de la información determinan sus modalidades de apropiación (y no todo el mundo, en el mundo entero, dispone o dispondrá nunca de un dispositivo digital móvil y multifuncional), y que el sentido y signfiicado de las cosas escritas depende "las condiciones de construcción del significado, que están ligadas a la elección del formato, la elección de los caracteres, a la división del texto, a la presencia de las ilustraciones, etc.". ¿Podría alguien, que tenga amistad con el señor Jobs, comentarle que con o sin IPhone, seguiremos leyendo, incluso en el vetusto y longevo envoltorio de papel?