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Este retrato de Richard Heber se realizó en el año 1782, cuando contaba con tan solo nuevo años y nada hacía presagiar, todavía, que sería uno de los más fieros y tenaces bibliómanos de la historia. Su  juventud, sin embargo, no fue obstáculo para que en las cartas que remitiera a su padre desde el internado de Greenford, aludiera a su impetuosa pasión como coleccionista, que llevó al Reverendo Reginald Heber, su padre, a preocuparse por la "rápida y creciente tendencia" que notaba en su hijo y que auguraba "consecuencias perniciosas". De hecho, un año después de que se realizara este retrato, Richard pidió a su padre que atendiera una subasta en Londres donde se iban a subastar "las mejores ediciones de los clásicos de todos los tamaños", y poco tiempo después le rogó que le ayudara a adquirir los 109 volúmenes de poesía que se remataban. Una precocidad que le convertiría en uno de los bibliómanos más conspicuos de la historia.


Se calcula que la ambición coleccionadora de Herber le llevó a atesorar no menos de 150.000 volúmenes a lo largo de su vida, en diversas lenguas, omnivoramente, francés, portugués, español, griego, latín y, por supuesto, inglés, pero el bibliógrafo Seymour de Ricci calculó que esa cifra podría fácilmente doblarse hasta alcanzar los 300.000 libros. De hecho, para almacenar tan ingente y creciente cantidad de ejemplares -adquiridos en todas las subastas de Londres, esmeradamente, con atención, muchas veces a través de agentes interpuestos-, Herber adquirió ocho casas, cuatro en Inglaterra y otras cuatro repartidas por el continente europeo, en las ciudades de París, Bruselas, Gante y Amberes.



La formidable colección que a ojos de su padre (en el retrato superior) fuera el fruto pernicioso de esa pasión desenfrenada, fue también el resultado de una pequeña manía, o de un pequeño truco matemático: cada uno de los libros que Heber adquiría se debía multiplicar por tres, porque, según dejó escrito, ningún caballero "puede obrar cómodamente sin tres copias de un mismo libro. Una debe poseerla para mostrarla, y deberá conservarla seguramente en su casa de campo. Otra deberá poseerla para su propio uso y consulta; y al menos que se incline a compartirla, lo que resulta muy inconveniente, porque correría el riesgo de deteriorarse, debe poseer una tercera copia al servicio de sus amigos".

El pobre reverendo, que en los años de infancia y juventud de Richard tuvo que correr con los crecientes gastos de su hijo, le amonestaba dulcemente en sus reiteradas misivas: "no hay fin ni utilidad alguna en multiplicar la acumulación de libros", y poco después, más taxativamente, en una arenga moral privada, le reconvenía: "todas las extravagancias se originan en el gusto por adquirir cosas superfluas [...] bibliotecas superfluas que son fuente cotidiana de miseria y mendicidad". "Una pequeña colección de libros bien escogidos", le recomendaba, "es suficiente para el entretenimiento y la instrucción de cualquier hombre".

Es posible incluso que la codicia totalizadora de Heber fuera la que le llevara a proponer matrimonio a Mrs. Richardson Currer, una acreditada bibliófila que poseía una copia de The Book of St. Albans. Se le supone esa avidez porque poco tiempo antes de que propusiera ese supuesto matrimonio de conveniencia -alianza que sería rechazada por Mrs. Richardson-, Heber provocó un escándalo por su relación homosexual con un joven protegido.



Mantuvo esa pasión irreductible hasta el último suspiro de su vida. El reverendo Mr. Dyce, que le acompañó en los últimos momentos de su existencia, escribió: "pobre hombre. Ha muerto en Pimlico, en medio de su extraña propiedad, sin un amigo que le cerrara los ojos, y por todo lo que he oído estoy inclinado a creer que ha muerto con el corazón roto: ha estado enfermo durante algún tiempo, pero no se ha cuidado, y parece estar abocado a la muerte. Su pasión singular, sin embargo, ha perdurado hasta su muerte". Qué mejor tránsito, imagino yo, en contra, que el provocado por una pasión irrefenable.

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