Fue Auguste Comte quien en el
Système de politique positive adujo que la lengua era un caudal inagotable, patrimonio común de toda la comunidad hablante, fuente inacabable de recursos comunicativos que no decrecerían nunca con el uso, antes al contrario, engrosarían su valor y su cuantía mediante su manejo y explotación. La lengua era para él un patrimonio de una naturaleza singular por cuanto eran del tipo de las "riquezas que implican una posesión simultánea sin experimentar ninguna alteración", un "tesoro universal" que todos contribuíamos a acrecentar al emplearlo, al hacerlo madurar y cambiar.

Hoy sabemos que esta ilusión del comunismo lingüístico es más bien una metáfora, una alegoría que Saussure, el padre de la lingüística, se tomó al pie de la letra al hablar de un "
tesoro depositado por la práctica de las palabras en los sujeots que pertenecen a la misma comunidad", y que el mismo Chomsky ha mantenido erróneamente al sostener a lo largo de toda su vida que existe un prototipo inalterable de competencia lingüística, un locutor-auditor ideal que conoce su lengua perfectamente. Hoy sabemos, insisto, que eso no es así y que al hablante-escuchante ideal no existe y que la adquisición de la competencia legítima en cada comunidad de hablantes es un problema sociológico que los primeros lingüistas nunca se plantearon.

En todo caso, más allá del fondo sociológico del debate sobre la adquisición y el uso del lenguaje y los niveles de competencia, la lengua es un patrimonio ineludiblemente común, un procomún que las
Academias fijan regularmente en el vano y siempre provisional intento de realizar un retrato inmóvil de una realidad en constante mutación, más aún cuando son 400 millones las personas que constituyen su comunidad de hablantes. Una de las propiedades archiconocidas de la web es la de propiciar y facilitar el trabajo colaborativo, las aportaciones misceláneas y discordes de los usuarios, de manera que la variedad y riquezas de las contribuciones pueda contribuir a generar una inteligencia colectiva superior a las destrezas individuales de cada uno de los contribuyentes singulares, aunque, qué duda cabe, siempre sea necesaria en algún momento la intervención de un profesional o un especialista que pueda poner orden y rigor en alguna discusión excesivamente desviada o discordante. Herramientas como las
wikies se convierten en plataformas digitales de gestión y creación colectiva del conocimiento y cuando tenemos entre manos a nuestra propia lengua, a sus mudanzas y evoluciones, variantes y jergas, arcaicismos y extranjerismos, puede que el paciente y detallado trabajo de las Academias no pueda abarcar tal opulencia.

La
Wikilengua cumple ahora un año (con unas cifras espectaculares que alcanzan 1.300.000 visitas y 3.800.000 páginas visitadas, 1.100.000 visitas únicas) y en pocas ocasiones la simbiosis entre una herramienta y un propósito han sido tan perfectas, porque de lo que se trata es de la gestión colectiva de un patrimonio común irrenunciable, tanto más público y más rico cuantas más aportaciones se realicen, más matices se agreguen, más voces y usos se integren. Imagino un futuro de la wikilengua como una herramienta ubicua integrada en bibliotecas y editoriales, en colegios y universidades, desde donde cada hablante y cada especialista, cada lector y cada profesional, puedan contribuir en alguna medida ha hacer realidad el sueño del tesoro universal intacto de Comte.