Claude Levi-Strauss, uno de los padres de la antropología, cumple 100 años. Su bibliografía es innumerable y su trabajo, afincado en el estructuralismo más clásico, nos ha ayudado a comprender la plasticidad del ser humano, de su cultura y de su cerebro. En
Palabra dada, un compendio de artículos que resumen muchas de sus inquisiciones, Levi-Strauss habla de la manera en que el cerebro "salvaje", en que el pensamiento salvaje, todavía no alfabetizado, construye mediante técnicas mnemotécnicas y agregación de fragmentos diversos propio del amante del bricolaje, un relato mítico de la realidad. Del pensamiento salvaje al pensamiento digital hay un siglo de vida de la que Levi-Strauss es testigo, pero todavía nos falta un científico de su talla capaz de enunciar la manera en que nuestro nuevo cerebro trabaja.

"En resumen" -decía Levi-Strauss en "Orden y desorden en la tradición oral"-, "intentamos definir por sus caracteres distintivos lo que sería una historia sin archivos, escrita según las tradiciones orales de varias familias cuyos antepasados vivieron aproximadamente los mismos acontecimientos. De esta historia común de derecho aun cuando también de hecho, cada una no detentaría más que ciertos fragmentos y, para colmar sus lagunas, tomaría prestadas a las otras, imponiéndoles su perspectiva propia, acontecimientos análogos a aquellos en los que, según ella, sus miembros pudieron participar antaño. Así se constituirán, materia prima de la historia, lo que podríamos denominar acontecimientos-tipo: no rigurosamente auténticos, pero tampoco completamente falsos", una especie de sindicación de contenidos
avant la lettre que nuestro cerebro, en ausencia de escritura y de fijación de la memoria sobre un soporte distinto al del hemisferio izquierdo, encargado de velar por la retentiva verbal, practicaría de manera natural.

Levi-Strauss caracterizaba a esta clase de procesamiento, en
El pensamiento salvaje, como el de un
bricoleur juguetón que ensamblara piezas tipo en una estructura narrativa cuyo fin principal fuera generar sentido, proyectar sobre el mundo una malla de significados con los que orientarse.
"El gran paso que separa a los seres humanos de los animales es el lenguaje", diría algo más tarde
John Searle, catedrático de Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Berkeley: "la gran diferencia entre la civilización y las formas más primitivas de sociedad humana" -aquellas que Levi-Strauss exploró, "es el lenguaje escrito... no solamente erigió la civilización, haciéndola posible, sino que la constituyó". Nuestro cerebro lector, como tantas otras veces he discutido, es fruto de esa configuración histórica.

Por eso resulta tan emocionante y singular el debate sobre la probable reconfiguración de nuestro cerebro tradicionalmente lector:
Ray Kurzweil es, seguramente, uno de los autores contemporáneos que más esfuerzo han empleado en describir el funcionamiento de nuestros cerebros digitales, de una modalidad de pensamiento muy distanciada de la que Levi-Strauss retratara, cerebros divergentes conviviendo en el tiempo, porque al lado de los
jóvenes nacidos en la era digital todavía perviven, en las remotas selvas de Malasia,
tribus nómadas sin escritura. La tesis fundamental de Kurzweil es que la aceleración de los procesos cognitivos forzada por las tecnologías digitales es buena para nuestros cerebros, que nuestras capacidades cognitivas se expandirán mediante el uso de los soportes digitales, como adminículos de una civilización sin memoria propia.
Las cuestiones que quedan por dilucidar, sin embargo, son muchas y de largo alcance, y queda por realizar un trabajo de campo etnodigital tan intenso como el que Levi-Strauss practicara en la amazonía brasileña. Ese trabajo de campo debería buscar las claves, al menos, a las siguientes preguntas:
1. ¿Cómo afectarán las tecnologías digitales y la velocidad de procesamiento de nuestras máquinas a la relación que necesariamente debe establecerse entre una palabra y un pensamiento y entre éste y la representación del mundo que nos hagamos?
2. ¿Seguirán encontrando las generaciones más jóvenes en los textos escritos tradicionales una fuente de conocimiento, placer o dolor, o les serán por completo ajenos?
3. ¿Cuál será la relación que mantengamos con el lenguaje? ¿Se alterará de alguna manera fundamental que ahora no podamos prever?
4. ¿Llevarán los nuevos hábitos de consumo de la información, basados en la inmediatez y la velocidad, a que se atrofien algunos de los viejos hábitos cognitivos relacionados con la reflexión, la concentración, la inferencia?
5. ¿No es un indicio desasosegante que los últimos estudios señalen que las jóvenes generaciones son, paradójicamente, informacionalmente analfabetas?
6. O, por el contrario, como pretende Kurzweil, ¿desarrollaremos nuevas capacidades cognitivas ahora desconocidas que nos hagan más ubicuos e inteligentes?
Feliz cumpleaños maestro.