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lunes, 17 de noviembre de 2008

Imaginemos que Sergey Brin y Larry Page, los fundadores de Google, se quedan a vivir en Oviedo después de haber recibido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Woody Allen ya lo había hecho antes que ellos. Despreocupados de lo que pueda pasar en Mountain View, California, sede central del ingenio buscador, nadie conoce allí exactamente cómo funciona el algoritmo de búsqueda, porque Sergey nunca ha confiado el secreto a nadie y lo guarda celosamente en un su monedero. La pertinencia de las pesquisas electrónicas decrece y el éxito conexo del buscador mengua porque no es capaz de atribuir rigurosa y justamente rango y relevancia a los resultados de manera que los anunciantes -que financiaban su mantenimiento y desarrollo porque pagaban por descollar en el ecosistema de la atención y el prestigio que es Internet- prefieren invertir en videntes y pitonisas. Nuestra memoria personal y general, nuestra memoria individual y global, que había sido confiada indolentemente a una empresa privada, desaparece. Larry y Sergey se han comprado una casita en la Playa de Verdicio y no les preocupa otra cosa que la liebre con fabes.



Sé que este arranque es distinto al de la charla de Kosmopolis 08 y, también, al del ciclo La Gaya Ciencia de la Biblioteca General de Aragón, donde he tenido la suerte de intervenir en el último mes para hablar de La vida después de Google. Año I d.G., una distopía verosímil que trata de llamar la atención sobre lo que podría llegar a ocurrir, lo que podría llegar a sucederle a nuestra memoria histórica e individual, a nuestra memoria como especie, si persistiéramos en confiarla laxamente al buscador de código propietario de una compañía privada; lo que estaría en trance de ocurrirle a quienes han sido durante siglos los intermediarios que han tratado de interceder entre el conocimiento y quien haya querido acceder a él, bibliotecarios que han ordenado, clasificado y servido información y contenidos metódicamente a los lectores, confiados ahora en exceso a las facilidades y embelesos de los lenguajes naturales; lo que podría estar ocurriéndole a determinadas destrezas cognitivas de nuestra especie, en particular a los jóvenes usuarios que no poseen la competencia informacional que se les supone ni, tampoco, la competencia lectora tradicional que deberían haber desarrollado en la lectura de los libros de papel.

Pablo Odell, paladín de la cultura escrita, preocupado por su perduración y diseminación en el soporte que sea, se encargó de registrarlo:

Y para quienes hayan soportado la primera parte, aún queda una segunda:

Hoy es el día primero del I año d.G.

4:58 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (4)