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viernes, 14 de noviembre de 2008

De más está decir que somos lo que somos porque hablamos y porque nos relatamos lo que nos sucede y lo que acontece en el mundo que nos rodea, porque tratamos de explicarnos lo que nos ocurre por medio de las narraciones. Los griegos, dueños del arte de la memoria, eran conscientes de que la realidad se construía dialógicamente, en la confrontación oral con otros seres humanos, en la construcción solidaria de un relato del mundo. Por eso se enfadó tanto Sócrates con Fedro y su cuadrilla cuando surgió la escritura y cuando la amenaza de la consunción de la fábula o la leyenda oral se cernían sobre la civilización griega. Hoy la ciencia redescubre el vigor que la ficción tiene, la capacidad que posee para explicar el mundo mejor que cualquier otra clase de narración, porque apela, entre otras cosas, más a emociones que a principios racionales, más a la sensibilidad que a la lógica.



El estudio titulado The fiction development:  literary representation as a source of authoritative knowledge, ha sido desarrollado por la London School of Economics y por el Brooks World Poverty Institute (Universidad de Manchester) y las conclusiones a las que llega es que las narraciones de las novelas contemporáneas en torno a asuntos relacionados con la vida cotidiana en países en conflicto, retratan más precisamente, con mayor detalle y profundidad, de manera más comprensiva e invocadora, los problemas que en cada lugar acontecen, instigando más y mejor a la movilización y a la implicación de los lectores que cualquier informe oficial, reportaje, artículo académico o sesudo estudio científico.



El artículo menciona, en concreto, las obras de Harper Lee, Matar a un ruiseñor, la todavía no traducida de Rose Tremain The Road Home, y la famosa y celebrada entre los lectores españoles Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, por el retrato que realiza de la sociedad afgana.



El síntoma evidente de que todo esto debe ser cierto es que incluso los impasibles, adustos y rigurosos hombres de negocios están (re)descubriendo que resulta económica y organizativamente conveniente narrar a los empleados y subordinados en forma de relato los objetivos que se pretenden alcanzar y el papel que se atribuye a cada uno de los protagonistas de esa acción de no-ficción. Será mejor que lo cuentes. Los relatos como herramientas de comunicación. Storytelling, es el claro indicio de que, en épocas de crisis incluso los menos propicios a la prosa y el embeleso de la ficción deben recurrir a ella para convencer a sus subalternos para que arrimen el hombro.



Quizás la ambición más plena que podamos abrigar sea, siguiendo lo que Constantino Bértolo describe en La cena de los notables (corran a la librería, no se lo pierdan), convertirnos en lectores civiles: "para un lector o lectora que reúna tal perfil, el proceso de lectura deviene un mecanismo extremadamente dinámico, intenso, fértil. Dinámico porque el juego entre elasticidades y resistencias acelera las interconexiones e intercambios entre todos los aspectos de su urdimbre; intenso porque su consistencia provoca que cada uno de ellos incida y multidialogue con relevancia sobre los otros, y fértil porque esta capacidad de incidir altera, disloca y reconstruye en mayor o menor grado uno de sus elementos constitutivos, dotándole de un mejor entendimiento mental y emocional para desentrañar, como ciudadano, las claves y cifras que facilitan tanto la autodescripción como el conocimiento del entorno". A eso debían referirse los científicos británicos.

No parece que debamos temer demasiado por el futuro de la ficción, que es nuestro futuro mismo.

(felicidades Cálamo, que cumplas 25 más)

7:50 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)