Tras 25 años de historia la revista
Archipiélago, que he codirigido junto a Amador Fernández-Savater los últimos siete años, cierra. Nos ha costado, pensarán algunos, pero finalmente lo hemos conseguido. No creo, sin embargo, que se trate de un mérito personal ni de un fenómeno aislado que haya que tomar exclusivamente como un destino individual fruto de la mala gestión -que también-, sino como una secuela o derivación inevitable y previsible de los profundos cambios que están afectando, simultáneamente, a los soportes de la escritura, a las modalidades de transmisión del conocimiento, al surgimiento de nuevos agentes intermediadores en la web que proporcionan contenidos de alta calidad, a las formas de comunicación que las comunidades de usuario están construyendo y al sempiterno atraso de las revistas culturales, al menos de la que yo dirigí, que prefieren asirse a las precarias evidencias tradicionales antes que asumir los riesgos que la revolución que vivimos nos deparan.

En el
II Seminario Internacional de Edición Profesional para Revistas y Publicaciones Seriadas, que se ha celebrado en Bogotá estos últimos días, los principales editores de revistas culturales advirtieron: "las
publicaciones deben fortalecer cada vez más sus ediciones electrónicas
como fórmula para sobrevivir ante el retroceso de la prensa escrita", y el responsable de la revista mexicana
Gatopardo adujo, sin titubeos: "La gran pregunta de las revistas es qué va a pasar con el Internet, que va a tomar el papel principal".

En los últimos años, los que nos veníamos dedicando al dudoso negocio de la propagación de la cultura y el pensamiento, veíamos que los fundamentos sobre los que se soportaba nuestra actividad se desintegraban: los puntos de venta tradicionales de las librerías desaparecían para dejar sitio a novedades editoriales de mayor rotación, más venta y más generosos márgenes comerciales; los distribuidores nos huían o, aún permitiéndonos conversar con ellos, extraviaban nuestras revistas en el fondo de la cartera de novedades que llevaban a las librerías, conscientes de que los márgenes que podríamos dejarles eran completamente residuales; los suscriptores tradicionales, varones por encima e de los 45 años, con un capital cultural contrastado y un poder adquisitivo aún mayor, guardaban cierta fidelidad a los principios que les llevaron a financiar aventuras intelectuales de este tipo, pero como el héroe de la canción de
Sabina, hoy "sufren de exceso de colesterol si fluctúan los tipos de interés. Y tienen un adoquín, en su despacho, del muro de Berlín". Por nuestra parte, en todo caso, nunca hemos sabido seducir a los jóvenes universitarios para que se convirtieran, como relevo generacional, en renovados lectores de revistas culturales. Y eso seguramente responde a que ni los contenidos que generamos, ni la manera en que los difundimos ni la forma en que interactuamos, corresponden a los lenguajes que ellos manejan. Las revistas no han comprendido que la transición al soporte digital de las ediciones de nuestras revistas, que podrían convivir perfecta y casi obligatoriamente con el formato en papel para aquellos lectores que lo prefirieran, no era, no es, una moda tecnofílica que haya de seguirse de manera acrítica, sino la única respuesta cabal a una revolución trascendental que afecta a cuatro órdenes fundamentales de nuestra cultura escrita: los soportes de la escritura, la cadena de valor editorial, las formas de autoría y las modalidades de la propiedad intelectual, los usos y prácticas de la lectura.

Además de eso, por si fuera poco, la compra institucional para las bibliotecas públicas, que suponía una pata más de esta silla inestable sobre la que nos hemos sentado en desequilibrio tanto tiempo, amenaza con disgregarse para engruesar las arcas de los departamentos de cultura de las diferentes Comunidades Autónomas que tengan competencias transferidas. La publicidad, casi no hace falta que lo diga, que suponía un ingreso adicional y necesario, ha dejado de llegar a muchas de nuestras revistas, no solamente por los efectos globales de la crisis económica, sino porque, simplemente, nuestras revistas, por su escasa circulación y eco, habían dejado de ser escaparates atractivos para las marcas anunciantes, algo más que comprensible.

Como en todas las largas marchas a través de un periodo de convulsiones o transición, será necesario reinventarse, reconceptualizarse, para sobrevivir, fijándose en que no se trata exclusivamente de un asunto de soportes o formatos, sino de la manera en que se crea, difunde y usa la cultura.
Archipiélago nació en el año 1983, en gran medida, para imaginar una sociedad distinta tras la larga y oscura marcha a través de la dictadura, pero ahora no hemos sabido conducirnos a través de la larga y tortuosa marcha que nos ha tocado vivir, la de la revolución digital. Nos ha costado siete años, casi ocho, pero lo hemos conseguido. Gracias a todos los que han apoyado, de una u otra forma, esta formidable y apasionante aventura. Hasta otra (revolución).