La segunda entrega del más popular de los actuales libros electrónicos, el
Kindle, ya corre por la red. Más que de una nueva versión, enteramente renovada o que procure un lecturabilidad distinta, parece un simple cambio de diseño que mantiene constantes sus características principales.

Sus formas son más redondeadas, su tamaño, en conjunto, algo mayor, su parte trasera, recubierta de una placa brillante de acero, se asemeja a un IPod de gran tamaño, y sus teclas se difuminan y empequeñecen, pero ¿hay algún cambio trascendental en este nuevo prototipo que, aparentemente, se comercializará en el 2009?

En absoluto, sus propiedades fundamentales siguen siendo las mismas, sobre todo su conexión
EVDO a la red, que procura un acceso restringido a la librería como proveedor único de contenidos, como suministrador exclusivo de la abundante oferta editorial que la librería virtual distribuye. Su modelo de negocio, en consecuencia, no varía ni un ápica, no era previsible que lo hiciera, pero cuanto más tiempo transcurre desde su lanzamiento, más me pregunto a quién beneficia: los
expertos auguran unas ventas hasta el 2010 de 400-750 millones de dólares, de manera que el planteamiento estratégico parece irreprochable.

Sin embargo, ni los editores ni mucho menos los lectores -así lo aprecio yo, al menos-, disfrutan de beneficios parejos: los primeros deben aceptar descuentos que pueden alcanzar el 70% de sus ventas, porque admiten deducciones superiores en la esperanza de que el aumento de sus ventas a través de ese canal justifique el incremento del porcentaje, pero eso estaría por ver y contrastar; los segundos pueden acceder a una oferta de
187.000 volúmenes, cifra nada despreciable, pero, ¿cuál es la razón que habría de atarnos, como lectores, a un dispositivo dedicado y adherido indeleblemente a una sola marca, a una sola empresa?

El libro en papel deriva del códice, una plataforma abierta sobre la que llevan construyendo y generando sus contenidos millones de personas durante los últimos setecientos años. Sobre esa plataforma no propietaria que es el códice transformado en libro, se han concebido formatos muy diversos, se han escrito las obras más dispares, y los lectores nunca han encontrado cortapisa alguna -al menos no formal, aunque sí educativa o económica- para acceder a sus tentadoras promesas. ¿Por qué, entonces, dar un paso atrás y renunciar a la disponibilidad abierta y cuantiosa de los muchos libros, de los muchos títulos? ¿Cómo pensar en un futuro cercano en el que el único libro -por llamarlo de alguna forma- fuera una plataforma cerrada y lacrada sobre la que solamente pudiera construirse libros de un solo formato y donde solamente pudieran leerse los títulos de aquellos autores o editores que hubieran aceptado unas rigurosas y excluyentes condiciones comerciales? ¿Es esta una nueva generación del Kindle o, apenas, una nueva degeneración de la suposición básica sobre la que el libro se basa, la de su incesante apertura?