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jueves, 25 de septiembre de 2008

Para disolver confusiones y sospechas: Google me parece una herramienta extraordinaria que ha puesto a nuestro alcance un volumen de información y saber humano asombroso, pero reconocer este hecho incontrovertible no merma, en absoluto, la necesidad de ponderar adecuadamente su repercusión en la manera en que buscamos, valoramos y tratamos la información que tan fácilmente adquirimos, y los efectos que eso tiene sobre nuestra manera de percibir, pensar, reflexionar y aprender y, lateralmente, la influencia nefasta que eso tiene sobre la institución escolar y, más aún, sobre las bibliotecas, el cráneo de nuestra cultura, el contenedor de todos nuestros saberes.



Durante el verano -mis lecturas del verano siguen coleando-, pude leer un artículo muy crítico con la empresa norteamericana titulado "Zu mächtig, um einfach nett zu sein", que traduzco como "demasido poderoso para ser simplemente simpático".



Como todo el mundo sabe, una de las divisas de Google es "Don't be evil", no seas malo, como si la fortaleza del gigante radicara en su bondad, en su simpatía, en su cordialidad chorreante, digo desbordante. Sin embargo, argumentaba el articulista, ¿existe algún fundamento o garantía para pensar que esa tecnología persista en el tiempo, que no sea adquirida mediante una operación hostil por otro gigante informático que pervierta su algoritmo, que no contenga un cálculo tendencioso que haga destacar a un tipo de páginas sobre otras, que una empresa privada tenga la obligación de convertirse en el garante de la continuidad de la memoria humana? Ante estas y muchas otras sospechas justificadas (no hablo de la preservación de los datos y la identidad de sus usuarios, en una lógica jurídica transnacional, por ejemplo), más valdría no tomar una mera herramienta -por muy buena que fuera- por lo que no es, la portilla y la salvaguarda privilegiadas al conocimiento humano.



En un artículo titulado "We can't let schools become book-free zones", esta vez aparecido en el celebérrimo Times Higher Education Supplement (que me enseñó a leer uno de los editores de libros de texto más importantes y desconocidos de este país, Jaime Mascaró), Tara Brabazon, una de sus columnistas habituales, avisaba sobre el devastador efecto de los buscadores sobre las dotaciones bibliotecarias e, incluso, sobre el papel de las bibliotecas escolares y universitarias en el sistema educativo inglés. "Google como excusa", razonaba la periodista a la luz de las encuestas y correos contestados por más de 600 bibliotecarios de todos los territorios de Gran Bretaña, el pretexto de que los alumnos disponen de herramientas informáticas como los buscadores que ponen a su disposición fácil y económicamente todo el conocimiento humano, de manera que las inversiones en dotaciones bibliotecarias, espacios adecuados para el estudio y la consulta o profesionales cualificados, se perciben cada vez más como redundantes, cuando no simplemente como sobrantes.

Igual que denominar al "libro" electrónico como libro es una metáfora excesiva, denominar a Internet biblioteca universal es todavía, quizás, más desafortunado. Si así fuera, si se pudieran equiparar, es posible que las biblioteca, tal como las conocemos, fueran efectivamente superfluas, pero esa comparación es falaz. Tal como mostraba en una entrada de hace unos pocos días, La generación Google, los estudios de campo llevados a cabo por la Universidad de Londres por encargo de la Biblioteca Británica demuestran que el acceso a las nuevas tecnologías no garantiza, en ningún caso, una alfabetización digital suficiente, una competencia informacional que ayude a interrogar adecuadamente, a distinguir las fuentes más adecuadas para el asunto que se busque, a diferenciarlas críticamente. Más bien al contrario: la facilidad con que se obtiene información en forma de aluvión indiferenciado, lleva a conformarse con lo primero que se encuentra, en la presunción de aparecer en las primeras páginas de resultados de un buscador es indicio suficiente de calidad.



"Google", dice la periodista del Times Higher, tras haber dialogado con un ejército de bibliotecarios insatisfechos, arrinconados, devaluados en sus conocimientos y sus funciones por autoridades ignorantes, "ha sido la excusa para reducir y eliminar servicios y personal", dejando literalmente a las bibliotecas sin libros, a las bibliotecarios sin bibliotecas, a unos y otros sin poder cumplir con sus funciones esenciales y a los estudiantes, sobre todo, huérfanos de la guía insustituible que sigue representando en nuestra era electrónica (más que nunca) el criterio cualificado de los bibliotecarios.

¿Alguien se atreve a imaginar una vida sin Google? En Kosmopolis 08 más.

8:33 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)