Enviado el miércoles, 17 de septiembre de 2008 8:02
No se ha discutido todavía demasiado sobre la aplicabilidad o no del precio fijo de los libros (o del semifijo, como establece embaucadoramente la Ley española) a sus trasuntos digitales. Sin embargo, el desarrollo de los modelos de negocio futuro dependen, en buena medida, de la permisividad o no respecto a una materia extremadamente escurridiza, tanto desde el punto de vista jurídico como del económico. ¿Debemos apostar los editores por un precio fijo para los libros digitales, o conviene, por el contrario, que nos pleguemos a la Lex Amazon?

La cuestión más resbaladiza es, qué duda cabe, la jurídica: según los expertos (hablo en primera persona para no poner en boca de otros errores que hubiera podido cometer en la interpretación), los bienes digitales son distintos al resto porque, al no agotarse, no pueden tener el carácter ni la consideración jurídica de mercancía, así de sencillo. Si no son una mercadería o un artículo, porque son inagotables, ¿pueden o deben estar sujetos a una ley predigital que regular el precio de las existencias perecederas y agotables?

Cabría contravenir la suposición arguyendo que en la propia
Ley del Libro se establece la igualdad jurídica y nominativa entre cualquiera de los soportes, siendo libro tanto el electrónico como el de papel, de manera que en esa extensión queden todos los libros amparados bajo la misma ley del precio (semi) fijo. Pero claro: si la propia ley española liberaliza el precio de los libros de texto, ¿por qué deberíamos sostenerlo en el ámbito digital? ¿No cabrían toda clase de descuentos y excepciones para las bibliotecas, centros escolares o universidades que adquirieran el derecho a acceder a colecciones educativas según la modalidad de acceso que se pactara? Y, ¿quién se atreve a precisar qué contenidos editoriales pueden o no llevar la etiqueta de educativos?

La
Börsenverein des Deutschen Buchhandels (la confederación de los libreros alemanes, una institución de mucho peso en la industria editorial centroeuropea), discute acaloradamente estas últimas semanas sobre la aplicabilidad o no del precio fijo al floreciente comercio electrónico de contenidos editoriales: hay quienes alegan (como el Presidente de la editorial académica
Campus), que no sería sostenible el precio fijo en los puntos de venta tradicionales si no se mantuviera parejo su precio electrónico, con las consecuencias que su hipotética liberalización pudiera tener sobre la tupida y rica red de librerías alemanas. A propósito: en Suiza, al mismo tiempo -el verano da para leer muchos periódicos-, la
Schweizer Buchhändler- und Verlegerverband (SBVV) (la confederación de editores y libreros suizos), ha elevado al Parlamento del Estado la requisitoria del Precio fijo para los libros porque, desde mayo de 2007 en que se liberalizó, los precios han crecido un 6.8% por razones no atribuibles a la inflación, una cantidad inferior al 30.3% calculado en Inglaterra tras su abolición, pero no menos dañino.
Otros, sin embargo, como el director de la Editorial
George Thieme -especializada, también, en libro científico y profesional-, abogan por la apertura y la liberalización en un mercado en el que deben ensayarse nuevos modelos de negocio sobre un conjunto de materiales y contenidos que no se dejan etiquetar todos, fácilmente, bajo la especie de "libros electrónicos". Si el precio fijo del libro en papel tiene sentido porque permite que sobrevivan las librerías y, con ellas, las editoriales que ofertan libros de consumo no necesariamente masivo, en el entorno electrónico -dice
Spencker- carecería de sentido, porque la distribución no se realiza a través de ningún punto de venta, sino que es permanente e intangible.

Algunos más -he oído en más de una ocasión-, piensan que la razón por la que Amazon no aterriza en España es, precisamente, por la imposibilidad de aplicar el mismo descuento que aplica a los textos electrónicos en Estados Unidos -todos a 9.99 $ a través del Kindle-, y que esa cortapisa merma el desarrollo del libre mercado y de las libertades de los consumidores (quizás tenga algo que ver, también, la irrisoria cifra de lectura y venta de libros en España, ¿o no?).
Solamente hay una cosa clara en este debate, y esa es que nadie parece tenerlo todo completamente claro.