Este verano, leyendo las necrológicas de
Le Monde (a otros les da por hacer surf), me enteré del fallecimiento a los 95 años de Pierre Berès, ese editor del sello
Hermann que, mucho antes que editor, había sido recopilador temprano de autógrafos (entre los más tempranos, el del Primer Ministro Georges Clemenceau y los miembros de la Academia Francesa, allá por los años 20 del siglo anterior), librero (en su conocida Avenue de Friedland) y, sobre todo y principalmente, descubridor de tesoros bibliográficos insólitos, gracias, decían sus competidores, a una aleación bien ponderada de falta de escrúpulos, competencia bibiográfica y, sobre todo, capacidad de seducción.

No le debió faltar la capacidad de seducción si consideramos que a lo largo de su vida se casó en tres ocasiones y tuvo ocho hijos, además de dos librerías -la primera en la Rue Lafitte y la segunda, a partir de los años 30, en la L'Avenue de Friedland- una editorial y las primeras ediciones anotadas por sus propios autores del
Viaje al fin de la noche, de Celine, de
La Cartuja de Parma, de Stendhal (en la segunda edición que resultó de la corrección que el propio autor realizó tras las observaciones realizadas por Balzac),
Los paraísos artificiales, copia personal del propio Baudelaire, la edición de 1670 de las
Meditaciones pascalianas, los veinte volúmenes de
La comedia humana, de Balzac, en copia dedicada a su propia madre ("a mi querida madre", parece que reza la dedicatoria, "de su devoto hijo Honoré"),
Madaime Bovary, de Flaubert, en edición enviada especialmente a su amigo y lector Alexandre Dumas, poemas inéditos de Rimbaud y un ejemplar dedicado de
Una temporada en el infierno a Paul Verlaine, la
Enciclopedia completa de Diderot, y centenares de incunables de valor incalculable tal como puede seguirse en el
catálogo de la venta de los fondos de su librería que se produjera en el año 2007. Su pieza más valiosa parece que fue
Le recueil de dessins aquarellés, attribué à Pierre Gourdelle, impreso en el año 1550, con un valor de 1.4 millones de euros.

Para obtener o encontrar estas joyas -él decía "no busco sino encuentro"-, parece que Berès fue capaz, a lo largo de su dilatada vida, de desplegar la más diplomática y seductora de sus caras: adquirió, en su propio nombre o por intermediación, colecciones como la
Pillone (en Londres), la biblioteca de los Duques de Mouchy, o las colecciones norteamericanas de Mortimer Schiff y Cortland F. Bishop

En los últimos años de su vida, cuando la librería que había regentado durante 75 años cerró, se subastaron durante dos años seguidos los lotes de libros que atesoraba en sus almacenes. El monto total de la venta -de casi toda la venta, porque Berès se reservaría, por ejemplo,
La Cartuja de Parma, que donaría a la nación francesa- ascendió a los 35 millones de €, cifra que puede dar una idea cabal de lo que el comercio del libro antiguo y de las ediciones originales puede dar de sí, y una aproximación no menos completa a la psicología abstrusa y delirante de los individuos que entregan su vida a la búsqueda, captura, venta e intercambio de esa preciada mercancía.

Poco antes de morir, después de haber pagado 2 millones de euros por
El viaje al fin de la noche y de haber organizado una suscripción popular para adquirir la primera edición de
Las memorias de ultratumba, Berès dejaría enunciado su propio epitafio en las páginas del periódico donde tiempo después leí su obituario: "Me he pasado la vida leyendo libros, contemplándolos, describiéndolos. Después comercié con ellos. Y hoy los fabrico". Cuántos quisiéramos...