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jueves, 11 de septiembre de 2008

Este verano, leyendo las necrológicas de Le Monde (a otros les da por hacer surf), me enteré del fallecimiento a los 95 años de Pierre Berès, ese editor del sello Hermann que, mucho antes que editor, había sido recopilador temprano de autógrafos (entre los más tempranos, el del Primer Ministro Georges Clemenceau y los miembros de la Academia Francesa, allá por los años 20 del siglo anterior), librero (en su conocida Avenue de Friedland) y, sobre todo y principalmente, descubridor de tesoros bibliográficos insólitos, gracias, decían sus competidores, a una aleación bien ponderada de falta de escrúpulos, competencia bibiográfica y, sobre todo, capacidad de seducción.



No le debió faltar la capacidad de seducción si consideramos que a lo largo de su vida se casó en tres ocasiones y tuvo ocho hijos, además de dos librerías -la primera en la Rue Lafitte y la segunda, a partir de los años 30, en la L'Avenue de Friedland- una editorial y las primeras ediciones anotadas por sus propios autores del Viaje al fin de la noche, de Celine, de La Cartuja de Parma, de Stendhal (en la segunda edición que resultó de la corrección que el propio autor realizó tras las observaciones realizadas por Balzac), Los paraísos artificiales, copia personal del propio Baudelaire, la edición de 1670 de las Meditaciones pascalianas, los veinte volúmenes de La comedia humana, de Balzac, en copia dedicada a su propia madre ("a mi querida madre", parece que reza la dedicatoria, "de su devoto hijo Honoré"), Madaime Bovary, de Flaubert, en edición enviada especialmente a su amigo y lector Alexandre Dumas, poemas inéditos de Rimbaud y un ejemplar dedicado de Una temporada en el infierno a Paul Verlaine, la Enciclopedia completa de Diderot, y centenares de incunables de valor incalculable tal como puede seguirse en el catálogo de la venta de los fondos de su librería que se produjera en el año 2007. Su pieza más valiosa parece que fue Le recueil de dessins aquarellés, attribué à Pierre Gourdelle, impreso en el año 1550, con un valor de 1.4 millones de euros.



Para obtener o encontrar estas joyas -él decía "no busco sino encuentro"-, parece que Berès fue capaz, a lo largo de su dilatada vida, de desplegar la más diplomática y seductora de sus caras: adquirió, en su propio nombre o por intermediación, colecciones como la Pillone (en Londres), la biblioteca de los Duques de Mouchy, o las colecciones norteamericanas de Mortimer Schiff y Cortland F. Bishop



En los últimos años de su vida, cuando la librería que había regentado durante 75 años cerró, se subastaron durante dos años seguidos los lotes de libros que atesoraba en sus almacenes. El monto total de la venta -de casi toda la venta, porque Berès se reservaría, por ejemplo, La Cartuja de Parma, que donaría a la nación francesa- ascendió a los 35 millones de €, cifra que puede dar una idea cabal de lo que el comercio del libro antiguo y de las ediciones originales puede dar de sí, y una aproximación no menos completa a la psicología abstrusa y delirante de los individuos que entregan su vida a la búsqueda, captura, venta e intercambio de esa preciada mercancía.



Poco antes de morir, después de haber pagado 2 millones de euros por El viaje al fin de la noche y de haber organizado una suscripción popular para adquirir la primera edición de Las memorias de ultratumba, Berès dejaría enunciado su propio epitafio en las páginas del periódico donde tiempo después leí su obituario: "Me he pasado la vida leyendo libros, contemplándolos, describiéndolos. Después comercié con ellos. Y hoy los fabrico". Cuántos quisiéramos...

10:56 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (1)

Para Antonio Lafuente



Comienzo planteando mi tesis principal sin recovecos ni disimulos: un blog, un blog científico, representa hoy las virtudes de la sublevacion y de la resistencia y pretende, con su proclama de conocimiento abierto y cooperativo, volver a descubrir los principios olvidados, o abjurados, de la libertad intelectual. En un campo científico -como tú has demostrado tantas veces, reiteradamente, en Tecnocidanos- dominado progresivamente por intereses y valores ajenos a su lógica de funcionamiento independiente, subyugado por intereses pecuniarios o monetarios que enrarecen y pervierten la lógica de la circulación y acumulación del capital que le es propio -el crédito simbólico que los pares otorgan y distribuyen-, solamente queda, como escribió Flaubert a propósito del trabajo de los novelistas en el siglo XIX, en el preciso momento de la génesis de la independencia del campo literario, "encerrarse y seguir sumido en la propia obra, como un topo".



Claro que nos encontraremos por el camino, como ya le ha pasado a alguno de nuestros más ilustres colegas, con la incomprensión, la indeferencia, incluso el franco rechazo, de la más ortodoxa de las academias y las más conservadoras de las empresas editoriales, porque ni a una ni a otras les conviene que las cosas cambien. Nuestra indeterminación objetiva -el hecho de que pocos nos reconozcan y que los blogs científicos todavía sean percibidos como un pasastiempo diletante y no como una herramienta de reflexión científica y social en abierto- nos causa, cómo no, incertidumbres subjetivas -más todavía a aquellos que, como yo, carecen de resguardo institucional-, pero ese es el precio que se paga por la libertad intelectual. Los académicos guardianes del orden no pueden ni quieren concebir un nuevo espacio donde el monopolio de la atribución del crédito y la estimación intelectuales pueda distribuirse de otra manera que no proceda de su sanción directa o del uso de mecanismos corrompidos -como el peer review del que, en tantas ocasiones, has hablado. Hoy existen, como todos sabemos, nuevos mecanismos de asignación del crédito que, en buena medida, los excluyen, sin descartar, en ningún caso, nuevas formas abiertas de revisión de la calidad y fidelidad de los trabajos, el llamado open peer review. Por su parte, los grupos editoriales, tradicionales intermediarios entre la creación de la obra y su uso y lectura posteriores, no pueden aceptar de buena gana que existan mecanismos independientes de generación y difusión de contenidos que no les tienen en cuenta.



En fin: ni tú ni yo somos Flaubert ni Baudelaire -los héroes de la independencia del campo literario en su momento-, pero nuestro trabajo en los blogs es muy similar: nos encontramos en esa fase crítica de (re)constitución del campo autónomo de la ciencia y reivindicamos el derecho a definir los principios de nuestra legimitidad -eso es, ni más ni menos, en lo que se basa el movimiento del Hard Blooging-, y al hacerlo, al intentar imponer un nuevo nomos, cuestionamos, inevitablemente, el orden intelectual, científico y editorial tradicional.

Continúa, Antonio, porque al obligar a que nos descalifiquen quienes tienen la legimitidad, revelando su incapacidad para reconocernos, hacemos aflorar los valores más propios del campo científico.

Y termino con André Breton que hoy estoy particularmente afrancesado:

Dejadlo todo.
Dejad a Dada.
Dejad a vuestra mujer, dejad a vuestra amante.
Dejad vuestras esperanzas y vuestros temores.
Sembrad vuestros hijos en el rincón de un bosque.
Dejad la presa por la sombra.
Dejad si es necesario una vida desahogada, lo que os
[presentan como una situación con porvenir.
Partid por los caminos.

5:22 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (3)