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lunes, 01 de septiembre de 2008

Durante este verano de calores y desidias, desenchufado del mundo, he podido constatar, sin embargo, que en la prensa internacional existe una preocupación compartida por las profundas transformaciones que los soportes digitales ocasionan en nuestros hábitos cognitivos, en nuestras prácticas lectoras. De hecho, a uno y al otro lado del Atlántico, he podido leer largos y enjundiosos artículos que se preguntan si Internet no nos estará haciendo más tontos, si, como reprochaba Sócrates en el "Fedro" a propósito de la invención de la escritura alfabética y el uso de los nuevos soportes, no estaremos alcanzando un conocimiento vacuo y vaporoso, superficial, de las cosas, en la ficción de superficialidad e inmediatez que Internet propicia.



El semanario alemán Der Spiegel de mediados del mes de agosto abría su portada preguntándose, Macht das Internet Doof?, ¿nos hace Internet tontos?. Y al mismo tiempo, al otro lado del océano, la recomendable revista norteamericana The Atlantic, se cuestionaba sin miramientos, haciéndose eco de la pregunta anterior: Is Google making us stupid?, ¿nos está entonteciendo Google?.


Ambas preguntas, más allá de la provocación periodística, son perfectamente pertinentes, porque constatan lo que los neurolingüistas llevan ya algún tiempo avisándonos y lo que los psicólogos han refrendado inequívocamente en teorías como la de la Cognitive Load Theory: nuestro cerebro es incapaz de procesar el aluvión de información que recibe cotidianamente, y la supuesta capacidad para gestionar simultáneamente varios procesos distintos es, simplemente, falsa; la configuración actual de nuestro cerebro está ligada a la práctica y ejercicio de la lectura tradicionales, sucesiva y procesual, basada en el encadenamiento de razones y la aportación de pruebas, en la reflexión retirada y recogida, solitaria y sostenida en el tiempo, no en el seguimiento intermitente y discontinuo de los enlaces de un texto digital que nos abocan a una lectura entrecortada y defectuosa, incompleta, nunca superior al 20% del texto que encontramos en una página.

¿No afectará por tanto ese tipo de lectura propiciado por los nuevos soportes a nuestras capacidades cognitivas?, ¿no nos estará embruteciendo la lógica inherente al texto digital?, es la pregunta que se formulan dos semanarios solventes, recogiendo -aunque no lo sepan-, las mismas preocupaciones que Sócrates expresaba a Fedro cuando criticaba abiertamente al texto escrito como simulacro del verdadero conocimiento, como artilugio capaz, a lo sumo, de generar vagas y falsas reminiscencias del objeto real.



Hasta tal punto parece esto cierto -aun cuando la evidencia empírica en la bibliografía profesional se ciña, por ahora, a los estudios de Maryanne Wolf-, que en los Estados Unidos, por ejemplo, el selecto Penn Club de Manhattan, organiza seminarios para profesionales y ejecutivos donde está estrictamente prohibido el uso de cualquier dispositivo electrónico que pueda alterar su atención, en la esperanza de reconstruir un entorno que favorezca la concentración y la meditación; muchas grandes empresas multinacionales, como Intel, han introducido un programa denominado Quiet time, que tiene como objeto -como si se tratara de un descubrimiento desusado y excepcional- establecer un tiempo de introspección y recogimiento obligatorio -los martes por la mañana- para que sus ingenieros se dediquen a pensar, no a contestar correos electrónicos o a perseguir confusamente un concepto en una selva inextricable de enlaces.

De lo que la mayoría se queja, precisamente, es de haber perdido la capacidad de seguir un razonamiento escrito extenso, expresado de manera sucesiva, a lo largo de las páginas de un libro o un artículo en papel, de haber perdido la competencia necesaria para concentrarse y dedicar el tiempo necesario a la elucidación de un argumento complejo, acostumbrados todos al bombardeo inclemente de los correos electrónicos, infoxicados por una marea incontenible de nueva y constante información. Es posible, como Maryanne Wolf exponía en Proust and the squid, que nuestro cerebro, como órgano plástico que es, acabe adaptándose a esta nueva demanda, convirtiéndose en un nuevo tipo de cerebro, el cerebro digital, pero, ¿qué habremos perdido por el camino?, ¿nos habrá vuelto Internet más tontos?

Y a propósito: bienvenidos a este nuevo curso.

5:21 | gestionado por Joaquín Rodríguez | Enviar comentario (4)