Enviado el jueves, 10 de julio de 2008 14:53
Ayer comenzó en la UIMP de Santander el tradicional
Encuentro sobre la edición en su vigesimocuarta convocatoria bajo el título de "Las nuevas formas de edición y su incidencia en los derechos de autores y editores", tema tan atrayente como necesario. Al mismo tiempo hoy, en el diario El País, un periodista no necesariamente experto en la materia que le ha tocado cubrir, titula como resumen de los debates y del espíritu que impregna las discusiones: "
Los editores unen fuerzas frente a la apisonadora de Internet. El sector teme que la Red engulla al libro como está haciendo con el disco y el DVD", título que a estas alturas de la discusión y del conocimiento que tenemos de la historia y evolución de los soportes me atrevería a calificar, como mínimo, de desinformado.

No me parece que unir fuerzas contra Internet sea una estrategia sabia. Me parece, más bien, que se trata de saber de qué manera puede aprovecharse en un periodo de nuestra historia en el que la sustitución de los soportes es una realidad incontestable; de qué forma está transformándose la cadena de valor tradicional; en qué ámbitos temáticos de la edición es más plausible su implantación y en qué otros tardará en llegar; cuáles son las razones que hace más probable que eso suceda cuando se trata de contenidos que se enriquecen cuando se enlazan formando una red de conocimiento expandido y cuándo no ganamos nada porque el tipo de lectura a la que obliga un soporte electrónico quiebra la lógica del discurso escrito tradicional; de qué manera están transformándose categorías intelectuales hasta ahora aparentemente inamovibles, como las de autoría, obra única u original, derechos de la propiedad inteletual, etc.; por qué es bueno pensar el cambio y ensayar nuevos modelos de negocio, aunque nos equivoquemos; por qué es insostenible, en buena medida, el modelo de negocio editorial tradicional.

Sé que algunos periodistas a los que les toca cubrir acontecimientos como estos utilizan estos títulos para llamar la atención y procurarse un lugar en la redacción, pero también es cierto que ese aire de resistencia numantina resguardada de los cambios y las metamorfosis, es algo muy propio del gremio editorial. Los editores pueden empeñarse todo lo que quieran en hacer una piña contra el cambio, pero el acantonamiento, sin razonamiento, no es más que un refugio endeble y momentáneo, a merced de los vientos (que soplan en lo alto de la península de la Magdalena).