"En un castillo de Bohemia, un hombre viejo y exiliado emplea trece horas diarias escribiendo la historia de su vida. No tiene posesiones; ha derrochado o despilfarrado todo lo que una vez tuvo. No tiene mujer, ni fortuna, ni casa, ni patria. Dio y recibió libremente, sin cálculo. Disfrutó la vida como pocos hombres -incluso menos mujeres aún- se han atrevido a disfrutarla. Se arrojó a la vida y nada requirió a cambio excepto la más insolente, la más escandalosa de las recompensas: el placer". Así comienza uno de los libros que más bella y ponderadamente ensalza la figura demasiado a menudo incomprendida, por denigrada o idolatrada, de Giacomo Casanova,
Casanova. The art of happiness, escrito por Lydia Flem, para que no se achaque a mi naturaleza rijosa las alabanzas que a continuación prosiguen.

Sí, debo confesarlo: en el panteón selecto de mis héroes y heroínas Casanova ocupa un lugar principal, y no solamente porque fuera el principal cultivador y maestro de lo que
Onfray denomina una libido libertaria o porque fuera la principal encarnación del eros liviano que el filósofo francés tan convincentemente ensalza en
La fuerza de existir. Dejo ese homenaje para otra ocasión y otro sitio. Casanova fue, además del amante dadivoso y entregado que todos conocemos por las leyendas deformadoras que pasan de mano en mano, un amante incondicional de los libros, un escritor contumaz capaz de recrear la vida y el placer mediante las palabras y un traductor no menos notable de algunas obras clásicas.

Con sesenta años, después de una vida plena, se preocupó por buscar un colchón mullido para su vejez y lo encontró en el castillo de Dux, en la antigua Bohemia hoy parte de la
República Checa, del francmasón Conde Joseph Karl von Waldstein, que le acogió y dio empleo como bibliotecario. No demasiado tiempo antes, Casanova había pasado algunos días en la
biblioteca de
Wolfenbuttel, donde fue exquisitamente atendido y de la que escribió más tarde -en el cuarto volumen de la autobiografía de Aguilar que guardo como oro en paño en mi variopinta biblioteca- una de las más bellas páginas sobre la felicidad y su extraordinario parecido con el trato cercano con los libros:

"Pasé ocho días en esta biblioteca, de donde no salía más que para volver a casa, en la que no pasaba más que la noche y el tiempo necesario para las comidas, y puedo contar aquellos ocho días entre los más felices de mi vida, pues no me ocupé de mí mismo ni un solo instante; no pensaba en el pasado ni en el porvenir, y con el ánimo absorto en el trabajo, no podia percibir la existencia del presente. Posteriormente he pensado algunas veces que quizás las delicias de la vida de los bienaventurados sean algo parecido. Y hoy día veo que para haber sido en este mundo un auténtico sabio en lugar de un auténtico loco, no hubiera necesitado más que el concurso de bienpocas circunstancias, pues, para vergüenza de casi toda mi vida, me veo ahora obligado a publicar una verdad que a mis lectores costará trabajo creer; es que la virtud ha tenido siempre para mí muchos más atractivos que el vicio, y que no he sido malo, cuando lo he sido, sino por ligereza, cosa que, sin duda, muchas gentes de bien considerarán muy reprochable. Pero, ¿qué me importa? El hombre, en sus relaciones íntimas o morales, no tiene que dar cuenta de sus acciones más que a sí mismo aquí abajo [...].

Quizás fuera esa experiencia de la plena felicidad y de su inmanencia terrenal, acompañado de buenos y selectos libros, la que le llevó a aceptar sin titubeos el empleo de bibliotecario, del que no existe, desafortundamente, información puntual sobre su desempeño, apenas una recreación escueta que ha servido a los profesionales de las biblioteca para reclamar el atractivo de su profesión (
Casanova was a librarian. A light-hearted look at the profession). Se sabe, eso sí, que su principal ocupación fue la de recrear mediante las palabras la intesidad feliz de su vida, la de solazarse en los placeres de antaño mediante su evocación escrita, acompañado de libros.
"Casanova sueña mientras está sentado enfrente de la ventana, con la pluma en la mano. Reflexiona sobre los padecimientos del envejecimiento. Prevé su muerte inminente, un pensamiento que le aflige" -nos cuenta, recreando también aquella situación, Lydia Flem- "porque ama la vida con todo su corazón y está profundamente apegado a la vida de los sentidos [...] Es solamente gracias a sus numerosos trabajos literarios y a su correspondencia con algunos de los más sabios hombres de su tiempo, que todavía es el caballero de curiosidad enciclopédica que habla en público en cortes y salones [...] Confinado en su habitación, solo frente a su mesa de trabajo día tras día, Casanova copia y recopia su último manuscrito, sin descanso. Pule pulcramente su prosa..." y, de esa manera, reconquista el placer, y la felicidad.

"Los hombres, en este país" -había escrito Casanova en su viaje a Madrid (volumen V de la versión de Aguilar)- "tienen la mente limitada por un sinfin de prejuicios" y, además, físiciamente, "los hombres son más feos que guapos, aunque hay numerosas excepciones", así que aunque prejuicioso y contrahecho, solamente espero alcanzar la atrevida recompensa del placer que procuran los libros y las bibliotecas, escribiendo y reescribiendo asiduamente las páginas de este blog.